La Virgen de la Merced

Nuestra Señora de la Merced, patrona de los cautivos

Transcripción de la homilía de la Prisión de Martutene

24 de septiembre de 2012

 

Queridos presos aquí presentes y queridos funcionarios:

En primer lugar, felicidades por vuestra patrona, Nuestra Señora de la Merced. Entre todas las advocaciones con las que conocemos a la Virgen María, ésta tiene algo de especial, porque se le representa con unas cadenas rotas entre sus manos. En efecto, Ella es «liberadora de los cautivos». Es «madre de libertad». Le gusta que sus hijos sean plenamente libres.

Hace 800 años —¡ahí es nada!— se fundó la Orden de los Mercedarios, que fueron unos religiosos que asumieron el carisma de la Merced. Además de los tres votos de todos los religiosos —pobreza, castidad y obediencia—, profesaron también un cuarto voto, prometiendo entregar sus vidas para «redimir a los cautivos». Y no penséis que se trataba de una simple frase bonita; ya que la vida de estos religiosos consistía en ofrecerse como rescate para liberar a los presos cautivados durante el largo periodo de la invasión musulmana. Los moros solían apresar a los cristianos que sorprendían desprevenidos. Luego pedían un rescate a cambio de su libertad. Cuánto más importante era el preso, más dinero se solicitaba como rescate. (¡Seguro que alguno de vosotros estará pensando que no han cambiado tanto las cosas en 800 años!). Imaginaos lo que supondría para aquellos cristianos apresados que no podían pagar el rescate, ser liberados a cambio del ingreso en prisión de un religioso mercedario…

Somos conscientes de que si hoy en día alguien se presentara a la puerta de esta cárcel de Martutene diciendo que querría canjearse por alguno de vosotros, le tomarían por loco, o que en cualquier caso, nadie le permitiría hacer tal cosa. Pero eso no quiere decir que el carisma mercedario de «redimir a los cautivos» ya no tenga actualidad. No dudéis que la Virgen de la Merced está decidida a romper también hoy y aquí vuestras cadenas. ¿Y cómo puede ser eso?

En nuestro contexto, no se trata de que alguien venga de fuera a abrirnos la celda para que podamos escapar. En realidad, lo sorprendente es que la cerradura de nuestra «prisión personal» está de nuestro lado, y no por fuera. Es decir, se abre desde dentro y sólo la puede abrir cada uno de nosotros. Es verdad que los miembros de la pastoral penitenciaria, con su capellán al frente, han entrado hasta el interior de la prisión. Pero ellos no pueden sino ayudaros a que cada uno de vosotros abráis —abramos— nuestra propia cerradura desde dentro. La llave de esa cerradura que cierra el paso a nuestra libertad no es otra que nuestra propia conversión, es decir, la apertura al amor de Dios que es el único que puede cambiar el horizonte de la vida.

Pero vamos a hablar un poco de esta Virgen de la Merced, que es una madre tan dulce como recia, y que sostiene nuestras cadenas rotas entre sus manos. Lo primero que tendríamos que decir es que las auténticas madres no son las que nos lo consienten todo, sino las que tienen hacia nosotros un amor exigente. Por desgracia, hoy en día se ha puesto de moda que los padres y las madres saquen la cara a sus hijos de una manera incondicional, aunque sus hijos no tengan la razón. Es el caso típico de los padres que se enfrentan con los profesores que han suspendido o que han castigado a sus hijos. ¡Qué gran error! Estas madres quieren mucho a sus hijos, pero su amor no es ni maduro ni santo.

Permitidme que os cuente una anécdota de mi adolescencia, que creo que refleja bien cómo es nuestra Madre del Cielo, y cómo han sido y son las madres cristianas: recuerdo que desde pequeños nos enseñaron a comer de todo en nuestra familia, sin permitirnos rechazar aquello que no nos gustaba. Enseñar a un niño o a un adolescente a comer de todo requiere mucho esfuerzo y sacrificio por parte de los padres. En una ocasión vinieron a pasar un fin de semana unos primos un poco «pijines» que vivían lejos. Mi hermano Esteban —que también es sacerdote—y yo, nos quedamos perplejos al comprobar que nuestra madre les permitía comer «a la carta». Para nuestra sorpresa, cuando nuestros primos se quejaban de que algo no les gustaba, les cambiaba el plato. ¿Cómo era aquello posible? Finalmente, cuando marcharon los primos, fuimos a pedir explicaciones a nuestra madre, en un tono de «reivindicación sindical». ¿No se trata acaso de una injusta discriminación? La respuesta que recibimos cortó de cuajo nuestro lamento victimista: «Yo a ellos no les quiero tanto como para estar aquí pasando malos ratos. ¡Que les eduque su madre! Pero a vosotros os exijo, precisamente porque sois mis hijos».

En resumen, que nuestra Madre del Cielo, la Virgen de la Merced, no se limita a pasarnos «la mano por la chepa», para que nos lamentemos de nuestra mala suerte, y lloremos todos juntos un rato… ¡No! Nuestra Madre es liberadora de nuestro sufrimiento, pero no únicamente al modo de un paño de lágrimas, sino también en otro sentido mucho más profundo. Me explico: hace unas semanas estuve con un amigo médico de profundas convicciones cristianas que me dijo algo que anoté en mi agenda nada más llegar a casa, y a lo que estoy dando vueltas con frecuencia. Me dijo: «El sufrir pasa, pero el haber sufrido permanece». Es decir, el sufrimiento puntual que en este momento tanto nos agobia, va a pasar. Pero lo importante es que en nosotros quede la madurez propia de quien ha llegado a ver la vida de otra manera gracias a la perspectiva que le ha dado el sufrimiento. Lo peor no es tanto el sufrir, sino el no sacar partido de nuestro sufrimiento para nuestro crecimiento espiritual. Pues bien, éste es precisamente el cometido de nuestra Madre de la Merced. Ella no sólo nos quiere consolar, sino que nos ayuda a crecer, haciéndonos entender que el sufrimiento en nuestra vida es una auténtica escuela de humildad, de fortaleza y de misericordia.

Por todo ello me atrevo a deciros: ¡¡Aprovechad este momento que estáis viviendo, y no os limitéis a esperar a que pase!! La Pastoral penitenciaria que desarrolla dentro de la prisión tantas actividades os puede ayudar en este empeño. Sacad todo el provecho que podáis de vuestro capellán penitenciario. ¡Pero no me refiero a que os limitéis a «sacarle» tarjetas telefónicas! ¡¡Sería un error imperdonable que a vuestro capellán le «arranquéis» más tarjetas telefónicas que absoluciones de vuestros pecados!! Digamos con plena confianza y esperanza, uniéndonos a la expresión de la liturgia: ¡Ahora es tiempo de gracia, ahora es tiempo de salvación!

Disfrutad hoy mucho de vuestra patrona, la Virgen de la Merced. Es el día de vuestra Madre. Es verdad que Ella es también madre de todos los demás, pero no deja por ello de serlo ‘vuestra’ de una forma particular. Recuerdo que en una ocasión le pregunté con admiración a una mujer que tenía familia numerosa: «¿Ha tenido usted cinco hijos?» Y ella me contestó: «No, he tenido cinco veces un hijo único». Lo mismo nos pasa a nosotros con nuestra Madre del Cielo. Cada uno somos de nosotros somos el «hijo único», sin dejar por ello de ser hermanos.

¡¡Feliz fiesta de vuestra patrona, nuestra Señora de la Merced!!