La Virgen de la Merced

Fiesta patronal

de Nuestra Señora de la Merced

Transcripción de la homilía de Mons. Munilla a los presos de Martutene.

Queridos sacerdotes y voluntarios que trabajáis en la pastoral penitenciaria, queridos presos y queridos funcionarios que hoy celebráis vuestra patrona, Santa María de la Merced:

Celebramos hoy el día de la patrona de la prisiones, nuestra Señora de la Merced. Todos sabemos que María, la Madre de Jesús, es una, aunque la invoquemos con muchos nombres: Aránzazu, Guadalupe, Lourdes, Pilar, Fátima, El Carmen, La Merced… Las distintas advocaciones no son sino un signo más de la cercanía de María hacia cada uno de nosotros, que remarcan lo verdaderamente sustancial e importante: tenemos una «Madre Buena», la Santísima Virgen María, auténtico regalo del cielo, que cuida de cada uno de nosotros tal y como se lo encomendó Jesucristo desde la cruz: «Ahí tienes a tu hijo» (Jn 19,27).

Pero hoy me quiero fijar en un detalle de este evangelio que hemos proclamado sobre las bodas de Caná, que podría parecer una cuestión menor e insignificante, pero que, por el contrario, es sugerente y actual. Me refiero al siguiente versículo: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora» (Jn 2,10).

El contexto histórico en que fue pronunciada esta frase es el siguiente: los judíos solían celebrar las bodas por todo lo alto, hasta el punto de que las celebraciones duraban varios días… Al principio, para quedar bien con los comensales, los novios servían a los invitados el vino de calidad, y cuando la gente ya empezaba a estar «bebida» y dejaba de ser capaz de distinguir lo bueno de lo malo, entonces servían el vino barato y peleón… (¡el calimocho con vino de tetrabrik o de garrafón, que diríamos nosotros!).

Pero esto no es una historia pasada. Por desgracia, de alguna forma, éste sigue siendo en muchos ámbitos un proceder habitual: El mundo comienza por mostrarnos su imagen más atrayente, para que «piquemos»; y cuando ya hemos sido engañados, nos topamos con la «cruda realidad…»

Pues bien, el factor que más vulnerables nos hace ante esta estrategia engañosa, es nuestra ansiedad. Una buena parte de los errores que cometemos en nuestra vida suelen estar motivados por nuestra propia ansiedad que nos lleva a quererlo «todo», «aquí» y «ahora»…

Recuerdo una anécdota de mis primeros años como sacerdote en Zumárraga: era verano y se celebraban los mundiales de futbol. Me encontré con un conocido que bajaba al centro del pueblo, con la intención de comprar un televisor en color. Recuerdo sus palabras: «Es que en ese establecimiento me han dicho que no me pueden instalar el televisor hasta mañana, y estoy buscando alguien que me venda un televisor para poder ver el partido de esta misma noche»… ¡Me quedé pensativo al comprobar la ansiedad de quien no es capaz de esperar 24 horas para ver un partido de futbol a color, y llega a supeditar la calidad y el precio de un televisor a su ansiedad! Cuando la ansiedad es el motor de nuestras acciones, nuestra libertad queda muy disminuida. La ansiedad nos hace muy débiles y manipulables.

Por el contrario, la auténtica sabiduría radica en «saber esperar». La clave de nuestra felicidad consiste en la fe y en la esperanza, que permiten confiar en que Dios tiene reservado el «vino bueno» para el final de nuestra vida. Dicho de otro modo, los cristianos tenemos una razón muy especial para no dejarnos arrastrar por la estrategia de la ansiedad: nos preparamos para la «hora de Dios», que está por llegar.

No pensemos que lo que estoy explicando es una teoría abstracta y de difícil aplicación en nuestra vida. Todo lo contrario, se trata de algo muy práctico para nuestro día a día. Por ejemplo, me permito compartir con vosotros una experiencia personal de mi juventud. Recuerdo que nuestro difunto padre, que falleció hace unos diecisiete años, nos solía decir a sus hijos cuando íbamos a salir los sábados por la noche, que no cometiésemos el error de retrasar nuestro regreso a casa, hasta el momento que ya estuviésemos de «bajón». El insistía en que había que regresar a casa cuando uno se lo estaba pasando bien, sin esperar al bajón, y dejando para el siguiente fin de semana la continuidad de la fiesta… sin caer en la pretensión de exprimir la felicidad en una noche.

Dicho de otro modo, la frase del evangelio que hemos leído, esconde mucha más sabiduría de lo que pudiera parecer a primera vista: «Todo el mundo pone primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora» (Jn 2,10). Pienso en el caso, por ejemplo, de las personas de edad avanzada. La mayoría de vosotros sois jóvenes, pero aquí también hay algunas personas de edad avanzada. ¿Sería justo que las personas mayores pensasen que lo mejor de su existencia ya ha pasado y que ahora sólo les queda ya la decrepitud de la existencia? Sin duda, sería un gran error, algo contrario a la fe cristiana. Lo mejor de la vida, siempre está por llegar, incluso cuando somos ya ancianos… ¡Lo mejor de nuestra vida vendrá cuando llegue el cumplimiento de la promesa de Cristo de la vida eterna! El vino bueno que Dios ha reservado para el final, es el banquete de la vida eterna, que es adelantado en esta vida en la eucaristía y en la vivencia de la caridad…

La Virgen María, a la que hoy celebramos en su advocación de La Merced, nos enseña a esperar, a mantener el ritmo de nuestra espera. La imagen de la Virgen de la Merced le representa a María con unas cadenas rotas entre sus manos… ¿Qué representan esas cadenas? ¿No serán tal vez imagen de nuestra ansiedad que nos impide ser libres, y termina por atarnos a tantas esclavitudes?

¡Santa María de La Merced, Reina de la esperanza, Madre de la libertad —de la auténtica libertad—, ruega por nosotros ante tu Hijo Jesús!