Nuestra Señora de la Calle

«Hablemos de María»

Queridos hermanos, ¡hablemos de María!… Hoy damos gracias a Dios porque un año más nos concede celebrar la festividad de quien es la Patrona de Palencia, la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Calle; en el marco litúrgico de la Presentación de Jesús en el Templo.

Las fiestas marianas —todas ellas— han sido y continúan siendo un marco inmejorable para numerosas manifestaciones positivas de nuestra cultura y de nuestra convivencia: reencuentros con quienes emigraron, potenciación de la buena armonía entre los ciudadanos, cuidado de las relaciones institucionales, cultivo de las tradiciones que refuerzan nuestra identidad, ocasión de dignificar y escenificar nuestro folclore…, etc. Ahora bien, por encima de todos estos elementos positivos, la fiesta de la Patrona, Nuestra Señora de la Calle, nos da ocasión para hablar de Ella: la Madre del Cielo, Aquélla que es llena de gracia… ¡la Virgen María!

Esto me trae a la memoria una tradición teresiana que se conserva en algunos monasterios de carmelitas, en cuyos locutorios suele colgar un letrero que dice: «Hermanos, o hablar de Dios, o no hablar. ¡Que en la casa de Teresa, esta ciencia se profesa!» Algo así podríamos decir nosotros en el día de hoy. Vamos a hablar de Santa María, por la sencilla razón de que, en nosotros se conjugan el amor desinteresado y el interés: la amamos con todo el corazón, como un hijo ama a su madre, y estaríamos dispuestos a dar cualquier cosa por Ella; y, al mismo tiempo, la necesitamos como el indigente necesita la limosna para ser aliviado…

Hace pocos días le escuché decir al Obispo de Segovia, que la Virgen María bien podría ser invocada como «Acueducto de la gracia». Es de suponer que esta brillante inspiración habrá nacido en el corazón de este Pastor, al observar esa obra monumental del Acueducto de Segovia, por el que la ingeniería del Imperio Romano consiguió llevar el agua a todos los habitantes de aquella villa.

Se trata de una invocación tan sencilla como significativa, que nos resulta de gran utilidad para dirigir también nuestra mirada hacia Ella, Nuestra Señora de la Calle… «¡Acueducto de la gracia!» En efecto, nuestra fe católica no afirma que María sea el agua de la gracia. Ella está llena de gracia, pero no es la gracia en sí misma. La gracia no es otra cosa que la misma vida de Dios, que se nos da y se nos ofrece a todos, para sanar nuestras heridas y para elevarnos a la condición de hijos de Dios. Nosotros no adoramos a María, como hacemos con Dios. A Ella la veneramos.

Pero una vez hecha esta puntualización, al mismo tiempo, es muy importante añadir que Dios ha querido llegar a nosotros a través de Ella. María es el conducto de su gracia, su particular «acueducto»… Todas las gracias de Dios nos llegan a nosotros, de manos de María (seamos o no conscientes de ello). Utilizando la imagen paulina del Cuerpo Místico de Cristo, podríamos decir que María es algo así como el «cuello» a través del cual Dios da la vida de la gracia a todo el «cuerpo» de la Iglesia.

Exprimiendo un poco más esta imagen, alguno podría entender equivocadamente que el agua pasa por la canalización del acueducto sin permanecer en él, como una tubería que se queda seca después de haber realizado su servicio. ¡Nada más lejos de la realidad! María no es sólo el camino por el que la gracia de Dios viene a nosotros, sino que también es la obra más perfecta, modelo de lo que Dios quiere obrar en cada uno de nosotros. Mirar a María no es sólo admirar algo inimitable, sino que es crecer en la esperanza de lo que Dios quiere realizar en nosotros. No lo dudemos, ¡no hay mejor remedio contra la baja autoestima, que nuestra devoción mariana!

Ya puestos a hablar de las invocaciones a María, me voy a referir también a la tradición oriental, donde en el himno bizantino del Akathistos, compuesto en torno al siglo VII, se la invoca como la «Despensa de la Providencia».

Confieso que cuando escuché este piropo dirigido a María, me vino también a la mente otra imagen «castellana»… Castilla fue conocida como la «despensa de España», por motivo de sus inmensos trigales. Así también María es invocada como la «despensa» en la que Dios almacena sus dones, para posteriormente, repartirlos generosamente entre quienes estamos hambrientos. Refrescando un poco nuestros conocimientos de historia sagrada, a buen seguro que esta imagen de la «Despensa de la Providencia» nos terminará evocando aquel pasaje bíblico en el que José, el hijo de Jacob, que había ocupado providencialmente el puesto de primer ministro del faraón de Egipto, almacena trigo abundante para dar de comer a todos los habitantes de aquel país, a lo largo de aquellos implacables siete años de hambruna…

Sí, queridos hermanos, la Virgen María es la «despensa» de la Providencia de Dios. En este tiempo en el que Occidente vive una notable crisis espiritual, en el que el materialismo parece como si estuviese «secando» o «agotando» la vida cristiana, la Providencia de Dios nos pone ante nuestra Madre María para que redescubramos en Ella el tesoro de la fe cristiana. De forma similar a como la Madre de Jesús fue clave en aquel milagro de la conversión del agua en vino, así lo es también ahora, para transformar la indiferencia y el agnosticismo de nuestra cultura, haciendo renacer una fe viva y una adhesión firme a la Revelación de Dios, predicada por la Iglesia.

Ahora bien, no olvidemos que la labor de María no consiste exclusivamente en dar el alimento a los que lo desean y lo demandan, sino también en suscitar el hambre y la sed de Dios en los que la han perdido, en aquellos que también han perdido el sentido espiritual de la existencia.

Y, por último, me dirijo a Santa María con otra invocación que también considero muy apropiada ante una necesidad apremiante en el momento cultural en que vivimos. La tradición oriental antes mencionada, invoca a María como el «Eclipse de nuestras penas». En efecto, Ella no sólo enjuga nuestras lágrimas, como rezamos en la oración de la Salve, sino que mucho más aún, nos concede la gracia de relativizar las contrariedades de la vida.

Que no nos quepa la menor duda de que una de las principales fuentes de nuestros sufrimientos, no está tanto en las adversidades objetivas que nos sobrevienen, cuanto en la falta de esperanza para acometerlas. Es un hecho que nuestra generación tiene una tolerancia muy pequeña al fracaso. Incluso algunos psicólogos han llegado a hablar de una «generación de mantequilla»…

Por el contrario, los auténticos hijos de María son inasequibles al fracaso. No se trata de ninguna terapia de autocontrol o de dureza interior para superar el sufrimiento, sino que todo estriba en la fuerza del amor. En realidad, ¡da mucha más fuerza el saberse amado, que el saberse fuerte! No hay hombre tan cobarde al que el amor —y especialmente el amor de una madre— no le haga valiente y le transforme en un héroe.

Decía el Beato Juan XXIII que «para convertir el fracaso en triunfo, basta con entregarlo a la Virgen María como ofrenda de amor». Éste es el secreto de los seguidores de María, a la que invocamos como «Eclipse de nuestras penas». La experiencia nos demuestra que no es lo mismo perder que fracasar… Se fracasa solamente cuando se pierde «interiormente» el partido. Nuestra Madre del Cielo quiere caminar junto a nosotros, hasta que lleguemos a tener la misma experiencia de san Pablo: «Todo lo puedo en Aquél que me conforta».

Por ello, queridos palentinos, celebremos llenos de gozo y alegría esta nuestra fiesta patronal. Dice el refrán que «de la abundancia del corazón habla la boca»… Invoquemos a María. Que se grabe en lo más hondo de nuestro corazón ese «Dulce nombre de María», que brote con frecuencia de nuestros labios, que el rezo del Avemaría nos acompañe a lo largo de nuestra jornada.

Al hablar de Ella, de forma inseparable, nos estamos acordando de sus hijos predilectos, los más pobres e indefensos. En este día de fiesta, tengamos un recuerdo especial por estos hijos especialmente amados por María: los damnificados del terremoto de Haití; el soldado español fallecido ayer en atentado terrorista en Afganistán y sus compañeros heridos; tantos otros enfermos y moribundos; quienes sufren las consecuencias de la crisis económica; las familias rotas y aquellas cuyos miembros viven diseminados; los que viven en soledad; y todos aquellos que padecen sufrimientos en el más absoluto anonimato…

Santa María, Nuestra Señora de la Calle, sé —y ayúdanos a nosotros a que lo seamos también para los demás— «Acueducto de gracia», «Despensa de la Providencia» y «Eclipse de nuestras penas». ¡Que así sea!