San Sebastián 2014

San Sebastián, el justo y prudente

2014

            Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes, queridos donostiarras y visitantes, devotos de nuestro Patrono San Sebastián, queridas autoridades aquí presentes:

Esta hermosísima basílica de Santa María del Coro acoge un año más la celebración de la fiesta de nuestro Santo Patrono. Desde nuestra infancia, los donostiarras hemos sido educados en la memoria de este mártir romano, militar de profesión —miembro de la guardia pretoriana del emperador Diocleciano, según parece—, que dio su vida por Cristo en el siglo tercero. Por aquello de los vaivenes y los entrecruces que se producen en la historia, ha resultado que la celebración popular de esta fiesta en nuestros días se engalana con uniformes militares que corresponden a los siglos XVIII y XIX. Aquel militar romano que vivió y murió en la Roma imperial hace mil setecientos años, y los militares que hicieron a la ciudad de San Sebastián testigo de una masacre hace 200 años, tenían en común, ciertamente, la misma profesión. Sin embargo, no es difícil intuir y deducir por sus hechos, que estaban guiados por “estrellas” muy diferentes.

En efecto, con mayor o menor consciencia de ello, en esta vida todos tenemos que optar entre dos metas: o el bien común de la sociedad, o nuestro exclusivo interés. Quienes persiguen el bien común por encima de todo, necesitan ejercitarse en las virtudes de la justicia y de la prudencia, para conjugar los intereses personales, en el contexto de una perspectiva social. Por el contrario, quienes no persiguen otra cosa que su propio interés, suelen hacer gala de imprudencia, obstinación y hasta de crueldad.

Desde la perspectiva cristiana, cabe añadir una lectura teológica a esta reflexión que hemos hecho sobre la doble meta de la historia humana. Es lo que San Agustín describió en su conocida obra La Ciudad de Dios, bajo la figura de las ‘dos ciudades’. En un pasaje inolvidable de la literatura y de la espiritualidad, dice así San Agustín: «Dos amores fundaron, pues, dos ciudades, a saber: el amor propio hasta el desprecio de Dios, fundó la ciudad terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, fundó la ciudad celestial. La primera se gloría en sí misma, y la segunda, en Dios, porque aquélla (la ciudad terrena) busca la gloria de los hombres, y ésta (la ciudad celestial) tiene por máxima gloria a Dios, testigo de nuestra conciencia».

Esta cita emblemática de San Agustín, expresada a modo de síntesis de la teología de la historia, bien merece que la ‘repasemos’ y la ‘reposemos’, hasta descubrir el sentido oculto de la historia de la humanidad: «Dos amores fundaron, dos ciudades, a saber: el amor propio hasta el desprecio de Dios, (¡Cómo no recordar tantas figuras dramáticas del siglo XX: Hitler, Stalin, Lenin…!); y el amor de Dios hasta el desprecio de sí —desprecio del amor propio, podríamos decir— (Madre Teresa de Calcuta, Juan XXIII, Juan Pablo II —estos dos últimos, próximamente serán canonizados— y tantos otros que también marcaron profundamente el siglo XX)».

Sí, queridos donostiarras: “Dos amores fundaron dos ciudades”. ¡Lo hemos  visto muy claro en nuestra propia historia! Y es que, la fe cristiana aporta elementos decisivos para el bien común. Entre otras cosas, la propia creencia en la existencia del bien común. Y es que, ¿existe el bien común?… No parece una casualidad que en nuestra cultura secularizada y laicista, prácticamente se haya dejado de utilizar este término: “bien común”. Cuando se niega la existencia de un Padre común a todos, y se enfatiza al máximo la autonomía de la persona, el bien común, en el mejor de los casos, puede ser entendido como un principio regulador necesario en el choque de intereses. La razón de ser de los estados sería la de equilibrar los egoísmos; una especie de árbitro de egoísmos. ¡A eso se limita el bien común para una sociedad sin Dios!

La concepción cristiana es bien diferente: Nuestro punto de partida es que todos los hombres compartimos un ‘Padre común’; y, en consecuencia, existe una ‘naturaleza social’. Pongamos un ejemplo: imaginemos un padre que tiene cinco hijos. Ese padre no solo cree en el bien particular de cada uno de sus cinco hijos, sino también en que sus hijos tienen, en cierto sentido, un destino compartido; de manera que deben procurar el bien común entre ellos. El bien de cada uno de ellos tiene necesariamente implicaciones en el bien común de los hermanos, y viceversa. Lo que es bueno para mí, no puede ser malo para los otros. Lo que es bueno para los otros, no puede ser malo para mí. El bien de la persona no se puede entender al margen de la familia (y hablamos no solo de la familia biológica, sino también de la sociedad como familia). Y si en algún momento percibiésemos —como frecuentemente nos ocurre— que nuestro interés personal se contrapone al bien común, o viceversa; entonces, estaremos confundiendo el bien moral con el egoísmo.

Ahora bien, queridos hermanos, no pensemos que el bien común se identifica, sin más, con un ‘mínimo común múltiplo’, con una especie de ‘promedio’, o con un ‘pacto de circunstancias’… Al decir esto, entramos ya en el terreno de la virtud de la prudencia. Hoy en día, por desgracia, suele confundirse la tolerancia con el relativismo, y la prudencia con la cobardía. Más aún, en algunos manuales de ética se presenta la ética de la prudencia como incompatible con una ‘moral heroica’. Para algunos, San Sebastián o la Madre Teresa de Calcuta —por poner un ejemplo— no habrían sido ‘prudentes’.

Lo decisivo está en entender que la virtud de la prudencia tiene que estar puesta al servicio de la justicia. La prudencia es el paso de los principios generales a los casos particulares. Y esto, obviamente, habrá que hacerlo sin dejar de ser justo a la hora de ser prudente, y sin dejar de ser prudente a la hora de ser justo.

¿Cuál es el drama de nuestra sociedad? Pienso que el drama consiste en que la política —siendo muy necesaria— ha llegado a convertirse en el único principio rector de la existencia humana. En efecto, la política pretende decidir el bien y el mal; la política pretende redefinir la naturaleza humana y la propia familia; la política pretende determinar el principio y el fin de la vida humana; la política pretende ser la única responsable del sistema de enseñanza, etc.

Pero recordemos lo que decía San Agustín en otra de sus conocidas máximas: «¿Es sabio? ¡Que nos enseñe! ¿Es prudente? ¡Que nos gobierne! ¿Es santo? ¡Que rece por nosotros!». Santa Teresa de Jesús, un milenio más tarde, volvería a reafirmar este mismo pensamiento: «Si es docto que enseñe; si es santo que rece; si es prudente que nos dirija».

La clave, pues, está en entender que la política es el ejercicio de la prudencia social, al servicio del bien común; es decir, al servicio de la justicia. Sería un error gravísimo que un valor moral absoluto —como por ejemplo es el caso del respeto a la dignidad de toda vida humana desde su concepción— quedase sin protección de forma incondicional, en virtud de una falsa prudencia. De igual manera sería otro error gravísimo que se tensase al extremo la convivencia social, con objeto de dar cabida a todas las reivindicaciones partidistas, que siendo más o menos legítimas, no son en sí mismas ningún valor absoluto, sino cuestiones opinables y, por lo tanto, relativas. Creo recordar que fue Chesterton quien dijo aquello de: «cuando relativizamos lo dogmático, terminamos por dogmatizar lo relativo». Dicho de otro modo: cuando el ejercicio de la prudencia pretende sustituir a la justicia; o al revés, cuando la invocación de la justicia pretende hacer innecesaria la prudencia; entonces la injusticia y la imprudencia terminan por caminar juntas…

En resumen, queridos hermanos, San Sebastián fue un hombre ‘prudente’ y ‘justo’. Aunque quizá debería resumir diciendo que San Sebastián fue un hombre ‘santo’. ¿No será que la única forma de poder ser ‘prudente’ y ‘justo’, al mismo tiempo, es siendo santo? Me atrevo a decir que sí… Y por ello, concluyo animándoos a renovar la llamada a la santidad que todos los cristianos hemos recibido en el bautismo. Como dice San Pablo en su Carta a los Efesios: «Él nos ha elegido para que seamos santos e irreprochables ante Él por el amor» (Ef.1,4).

Queridos todos, oremos por la santidad de todo el Pueblo de Dios que camina en esta ciudad y en esta Diócesis. ¡Feliz fiesta de San Sebastián!

San Sebastian, zuzena eta zuhurra

2014

 

Apaiz maiteok, donostiar, bisitari eta hemen bildu zareten agintari maiteok:

Beste urte batez gure patroiaren festaren erdigune dugu Santa Maria basilika ederra. Donostiarrok, txikitandik ondratzen dugu hirugarren mendean Kristoren alde bizitza eman zuen soldadu erromatar hura. Eta hara nondik, egun San Sebastian gogoratzeko egiten ditugun ospakizunetan, XVIII eta XIX. mendetako soldadu jantziak erabiltzen ditugu. Agerian utzi nahi nuke orain mila zazpiehun urte bizi eta hil zen soldadu erromatar hura eta orain 200 urte Donostiaren hondamenaren testigu izan ziren soldaduek lanbide bera zutela, baina oso “izar” ezberdinak gidatzen zituen batzuek zein besteak.

Egia da, bizitza honetan guztiok hautatu behar dugula bi helbururen artean: gizartearen ongizatearen edo gutako bakoitzarenaren artean, hain zuzen. Beste edozeren gainetik guztion ongizatearen atzetik dabiltzanek ezinbestekoa dute zuzentasunean eta zuhurtasunean sakontzea, beren nahiak eta interesak gizarteari komeni zaionarekin bat egiteko. Alderantziz, euren interesa baino bilatzen ez dutenek, arduragabekerian, burugogorkerian eta bihozgabekerian erori ohi dira.

Kristauon ikuspegitik gainera, gizateriaren historian ematen den helburu bikoitz honi irakurketa teologikoa gaineratu behar diogu. San Agustinek Jainkoaren Hiria obran ‘bi hiri’ deritzona, alegia. Horrela dio San Agustinek: «Bi maitasunek bada, bi hiri eraiki zituzten: Jainkoaren mespretxurainoko buruzaletasunak hiri lurtarra eraiki zuen; eta norberaren gaitzespeneraino eramaten digun Jainkoarekiko maitasunak hiri zerutarra. Lehenak bere buruan lortzen du handitasuna gizakien aintza bait du helburu; bigarrenak, gure kontzientziaren lekuko den Jainkoa du helburu eta Harengan lortzen du handitasunik handiena ».

San Agustinen hitz hauek gizateriaren historian izan diren bi joerak azaltzen dizkigute. Hau da: «bi maitasunek bada, bi hiri eraiki zituzten: Jainkoaren mespretxuraino iristen den buruzaletasunak hiri lurtarra eraiki zuen ( honen eredu esaterako ditugu XX.mendean Hitler, Stalin, Lenin…!); eta norbera alde batera uzteraino eramaten duen Jainkoarekiko maitasunak hiri zerutarra eraiki zuen ( hemen ditugu besteak beste Kalkutako Ama Teresa, eta laster Santu egingo dituzten Joan XXIII eta Joan Paulo II.a)».

Hala da, donostiar maiteok: “Bi maitasunek bi hiri eraiki zituzten”. Gure historian bertan ere, argi ikusi dugu! Izan ere, kristau fedeak guztion ongizaterako behar-beharrezkoak diren elementuak ematen dizkigu. Besteak beste, guztion ongizatea posible dela sinestera bultzatzen gaitu. Izan ere, guztion ongizatea ba ote den zalantzan jartzen da… Erabat sekularizatutako egungo kultura laizista honetan “guztion ongizatea” hitza bera erabiltzeari ere utzi diogu. Gu guztiok Aita bakarra dugula sinesteari uzten diogunean eta gizabanakoaren autonomia azpimarratzen denean, guztion ongizatea asko jota ere, interes ezberdinen arteko talka ekiditeko elementu bilakatzen da.  Horrela, Estatuak norberekeria ezberdinen arteko bitartekari baino ez lirateke izango; hau da, norberekeriak orekatzeko tresna baino ez lirateke. Horretara mugatzen da guztion ongizatea, Jainkorik ez duen gizarte batean!

Kristauontzat aldiz, esanahia oso ezberdina da: Abiapuntua zera dugu; gizaki guztiok dugula ‘Aita bera’. Ondorioz, ‘giza- izate’ bakarra bada. Adibidez: bost seme-alaben aita den gizona. Aita horrek ez ditu seme-alaba bakoitza besteengandik aldenduta ikusiko eta ez du bakoitzaren ongizatea bakarrik izango kontuan; aitzitik, aitarentzat bostek bat egiten dute eta hartaz, seme-alaba bakoitzaren ongizateak besteena ere ekarri beharko du. Niretzat ona dena ezin izan daiteke txarra besteentzat. Besteentzat ona dena ezin izan daiteke txarra niretzat. Hau da, norberaren ongizatea ezin uler daiteke familiatik kanpo eta familia diodanean, gizarteaz ari naiz. Sarritan gertatu ohi den moduan, norberaren interesa guztion ongizatearen kaltetan doanean edo alderantzizkoa gertatzen denean; orduan, onura morala eta norberekeria nahastuko genituzke.

Hori esanda, argi utz dezagun anai maiteok, guztion ongizatea ez dela ‘gutxieneko edo batazbesteko  onura’ edo eta ‘egoera ezberdinen araberako akordioa’… Hemen, zuhurtasuna sartzen da jokoan. Gaur egun, tamalez, tolerantzia eta erlatibismoa nahasten ditugu eta zuhurtzia eta koldarkeria ere bai. Are gehiago, etikako hainbat gidaliburutan ‘zuhurtasunaren etika’, ‘moral heroikoari’ kontrajartzen zaio. Hauen arabera, San Sebastian edo Kalkutako Ama Teresa esaterako, ez lirateke inolaz ere ‘zuhurrak’.

Garrantzitsuena zera da: zuhurtziak justiziaren zerbitzura izan behar du. Zuhurtziari esker, oinarri orokorretatik kasu partikularretara mugitu gaitezke. Eta horretarako, argi denez, zuhur izaterakoan zuzen izan beharko dugu, eta zuzen izatekorakoan zuhur.

Zein da bada, gure gizartearen drama? Nire ustez, arazorik larriena hauxe dugu:  behar-beharrezkoa izanik ere, politika, gizakion printzipio gidatari bakarra bihurtu dugu. Izan ere, politikak ongia eta gaizkia mugatu nahi ditu; gizakion izaera eta familia berarena birmoldatu gura du; giza-bizitzaren hasiera eta bukaera bera zehaztu nahi ditu; irakaskuntza sistemaren arduradun bakarra izan; …

Gogoratu dezagun San Agustinen berak esan ohi zuen beste esaldi nagusietako bat: «Jakituna da? Irakats diezagula! Zuhurra da? Gobernatu gaitzala! Santua da? Egin dezala otoitz gure alde!». Mila urte beranduago, Santa Teresak berak ere azpimarratu zuen «Aditua bada irakatsi dezala; santua bada egin dezala otoitz; zuhurra bada gida gaitzala ».

          Politikak beraz, gizarte zuhurtzia guztion ongizatearen baitan jarri behar du; hau da, justiziaren baitan. Eta hori baino ez da politikaren zeregina. Akats larria litzateke, zuhurtasun faltsu baten izenean, edozein balio moral absolutu —sorreratik giza bizitzaren duintasunari zor diogun errespetua esaterako— babesik gabe gelditzea. Halaber, oker handia egingo genuke, gizartearen bizikidetasuna neurriraino tenkatuko bagenu, aldarrikapen ezberdin guztiei erantzuten saiatzeko; izan ere, aldarrikapen horiek, zilegi izanda ere, eztabaidagarriak dira, erlatiboak eta ez balore absolutua. Chestertonen hitzak dira hauek: «dogmatikoa dena erlatibizatzen hasten garenean, erlatiboa dena dogma bihurtzen bukatzen dugu ». Hau da: zuhurtasunak justiziaren lekua hartzen duenean edo eta justiziaren izenean zuhurtasuna baztertzen denean, orduan, injustizia eta zuhurtziagabetasuna gailentzen dira…

             Labur bilduz, anai maiteok, San Sebastian gizon ‘zuhurra’ eta ‘zuzena’ izan zen. Hitz bakarrean, gizon ‘santua’. Ez da ba santutasuna, ‘zuhurra’ eta ‘zuzena’ izateko bide bakarra izango? Baiezkoan nago… Eta horregatik bataiatuak izan garen kristau guztiontzat santutasunerako deia eginez bukatu nahi dut. San Paulok Efesiotarrei idatzitako gutunean dion moduan: «Kristorengan aukeratu gintuen, mundua mundu izan baino lehen, haren aurrean santu eta akatsa gabe izan gaitezen maitasunez» (Ef.1,4).

Anai-arreba maiteok, hiri eta Elizbarruti honetan Jainkoaren Herria osatzen dugun guztion santutasunaren alde egin dezagun otoitz. San Sebastian egun zoriontsua izan dezazuela!