San Sebastián 2011

San Sebastián, mártir de paz

            Queridos sacerdotes concelebrantes; queridos donostiarras y devotos de San Sebastián; estimadas autoridades, ¡y un saludo muy especial a todos los que habéis querido retornar a vuestro “txoko” natal con motivo de las fiestas!:

Celebramos un año más la fiesta del Santo Patrono de nuestra ciudad, que a su vez es el titular de la Diócesis de San Sebastián. Hoy es un día de alegría y de encuentro entre todos los donostiarras, sin que eso suponga que la invocación a nuestro Patrono, haya de ser entendida como un mero marco, al que acudimos como excusa introductoria de nuestras fiestas. La dimensión lúdica de la fiesta patronal es una expresión de la dimensión cultural de nuestro pueblo. Y a su vez, esa cultura está fundada y entroncada en una tradición religiosa. Decía nuestro querido Juan Pablo II, cuya beatificación ha sido recientemente anunciada para el próximo 1 de mayo, que “una fe que no se hace cultura, es una fe no suficientemente acogida”.

Fijamos nuestra mirada en San Sebastián, porque somos conscientes de que nuestra cultura tiene unas profundas raíces cristianas, y también porque en la figura de los mártires descubrimos una llamada a purificar los ideales que orientan nuestra vida.

En efecto, los mártires son el mejor antídoto contra la tibieza y la mediocridad. Decía la Madre Teresa de Calcuta que la “indiferencia” es el mayor de los males. Pues bien, la entrega que los mártires han hecho de su vida, testimonia que existen ideales demasiado grandes como para regatearles el precio. El hecho de que San Sebastián prefiriese la muerte, antes que renunciar a su fe, proclama ante el mundo no sólo la grandeza de Dios, sino también la dignidad del ser humano.

La espiritualidad martirial es inseparable de la esperanza. De hecho, aunque todos soñamos con la construcción de un mundo más justo, sin embargo, solamente seremos capaces de transformar el mundo, en la medida en que no nos dejemos arrastrar por él. Dicho de otro modo, sin la determinación y la fortaleza de los mártires, no existe auténtica esperanza.

Queridos donostiarras, con motivo de nuestras fiestas patronales, hemos solido elevar nuestras plegarias a Dios, por intercesión de San Sebastián y de la Virgen del Coro, pidiendo el “don de la paz”. Este año estamos celebrando a nuestro Patrono San Sebastián, a los pocos días de que la organización terrorista ETA haya hecho pública una declaración de tregua, y cuando aún la sociedad vasca reflexiona y debate en torno a esta cuestión. Nuestra sociedad ha experimentado unos sentimientos ambivalentes ante ese anuncio: la alegría y la esperanza por el alto de la violencia, pero también la decepción por la oportunidad perdida, cuando muchos esperaban la desaparición definitiva del terrorismo.

Todos nosotros, sin excepción, tenemos que hacer nuestra contribución a la paz: La clase política, las fuerzas de seguridad, el sistema judicial y penitenciario, los medios de comunicación, la Iglesia… y todos los ciudadanos. El mayor aporte que podemos hacer cada uno de nosotros a la causa de la paz, es vivir con intensidad y fidelidad, al servicio de la sociedad, la vocación que Dios nos ha dado a cada uno: Los políticos, en la búsqueda del bien común; los magistrados discerniendo con independencia y conforme a criterios de justicia y equidad; los cuerpos y fuerzas de seguridad, luchando honesta y eficazmente contra el crimen; el régimen penitenciario, caminando hacia una justicia restaurativa; los medios de comunicación, informando con objetividad y espíritu constructivo… ¿Y la Iglesia? ¿Qué cabe esperar de la Iglesia en el momento presente? ¿Cuál es su contribución principal en un proceso de pacificación y de reconciliación?

Sin duda alguna, la mayor contribución de la Iglesia a la paz, es la llamada a la conversión, que incluye el arrepentimiento y la petición de perdón. Es muy difícil, por no decir prácticamente imposible, alcanzar la deseada paz, sin un verdadero arrepentimiento por la violencia y los daños causados. La paz no tendría unas bases firmes si estuviese fundada en meros cálculos estratégicos de efectividad. No podemos aceptar el pensamiento de quienes afirman que la violencia tuvo su razón de ser en otro contexto, pero que en el momento presente ha dejado de tenerlo. Quienes así sienten y piensan, no sólo corrompen el mismo concepto de la paz, sino que la fundan sobre bases inestables.

Por el contrario, si la violencia no tiene razón de ser hoy, ¡es que no la ha tenido nunca! Es necesario  empezar por purificar todas las imágenes “idealizadas” o “románticas” que hemos elaborado en la historia de la humanidad en torno a episodios violentos. Así lo enfatizaba el polaco Adam Michnik, en su lucha no violenta contra el régimen soviético: “Quienes empiezan asaltando bastillas acaban construyendo otras. La no violencia no es una cuestión de táctica, sino de principios“. La violencia nada tiene que ver con la valentía y el arrojo, sino con la cobardía y el recelo. En el fondo, tenemos que llegar a entender que la violencia es el miedo a las ideas de los demás, combinado con la poca fe en las propias.

Para entender la gravedad de la violencia, es básico tener la capacidad de ponernos en el lugar de quienes la padecen. La máxima evangélica que nos dice “compórtate con los demás, como quisieras que se comportasen contigo” (Mt 7, 12), es un fiel reflejo de la llamada a juzgar nuestras propias actuaciones desde la perspectiva de quienes se ven afectados por ellas.

Soy consciente de que algunos juzgarán que esta aportación que hace la Iglesia, es equiparable, en términos populares, a un “empezar la casa por el tejado”. Sin embargo, creemos que el arrepentimiento, lejos de ser un sobreañadido en el tejado, forma parte de los cimientos de la paz. Mientras no cambiemos nuestra prontitud para ver la paja en el ojo ajeno, y seamos incapaces de ver la viga en el nuestro (cfr. Mt 7, 3), los esfuerzos para construir la paz, no serán otra cosa que un falso equilibrio estratégico de egoísmos.

Evocando nuevamente al Siervo de Dios Juan Pablo II, creemos que “la espiral de la violencia sólo se frena con el milagro del perdón”:

+ Por ello, y en primer lugar, no podemos pedir generosidad a las víctimas, sin mostrarles previamente un arrepentimiento sincero y coherente, acompañado de una petición humilde de perdón. Las víctimas del terrorismo no deberían ser percibidas jamás como una presencia embarazosa en un proceso de pacificación; sino que, al contrario, su necesaria participación está llamada a ser una garantía de la verdadera paz.

+ En segundo lugar, el perdón de las víctimas a sus agresores, sólo es posible desde la misericordia del Corazón de Cristo, que nos dio el mandamiento del amor al prójimo; el cual incluye también el amor a nuestros enemigos. Ahora bien, Jesús no predicó el perdón como un mero “mandato”, sino que previamente nos lo ofreció como un don, como muestra de su amor gratuito. ¡Cómo no recordar las palabras de Cristo en la Cruz, pronunciadas en favor de todos y cada uno de nosotros: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”!

Queridos hermanos, he aquí la contribución principal de la Iglesia Católica a la paz: la proclamación de la misericordia de Dios Padre, manifestada en el perdón de Jesucristo, que nos llama a nuestra conversión personal. Los instrumentos que proponemos para este camino son múltiples: la escucha de la Palabra de Dios, la oración, el examen de conciencia, la apertura a la corrección, la sensibilidad reparadora, las obras de caridad… y, por supuesto, la celebración del Sacramento del Perdón de los pecados.

Soy consciente de que estamos en una sociedad que compagina sus raíces religiosas con una fuerte secularización. Una parte de la sociedad afirma sentirse extraña al cristianismo; si bien es cierto que los cristianos no nos sentimos extraños a la sociedad. Es obvio que la predicación de la Iglesia no se impone a todos, sino que se propone a cuantos libremente quieran acogerla… Sin embargo, creemos sinceramente que las bases en las que el Evangelio funda la paz, son válidas y necesarias para el conjunto de la sociedad, más allá incluso de nuestro credo religioso.

Concluyo invocando a nuestro Patrono, San Sebastián, quien a pesar de ser un profesional de las armas, prefirió morir que matar, prefirió la fe en Dios a la gloria de los hombres, prefirió el amor al triunfo humano… Nuestras calles están hoy llenas de niños, que desfilan tocando la tradicional tamborrada. Ellos necesitan, más que nadie, de modelos y referencias morales y espirituales, que les ayuden a encaminarse por sendas de paz y de justicia. Propongámosles a San Sebastián, como modelo de aquel soldado en el que se cumplen las palabras del profeta Isaías: “De las espadas forjarán arados y de las lanzas, podaderas; ya no alzará la espada pueblo contra pueblo, ya no se adiestrarán para la guerra. ¡Casa de Jacob, en marcha! Caminemos a la luz del Señor” (Is 2, 4-5).

 

San Sebastian, bakearen martiria

            Apaiz maiteok; donostiar eta San Sebastianenganako jaieradunok; agintari maiteok, eta bereziki festa egun handia dela eta zuen jaiotze-“txokora” etorri zareten guztioi, agur bero bat!:

Beste urte batez, gure hiriaren Patroi Santuaren eta gure Elizbarrutiko nagusia denaren jaia ospatzera gatoz. Gaur alaitasunerako eta donostiar guztion arteko batasunerako eguna dugu baina bestalde, argi izan gure Patroiarengana jotzea ezin izan daitekeela gure jaietarako sarrera-ekitaldi soila. Festa bera gure herriaren kulturaren adierazpena bait da. Eta era berean, kultura hori, erlijio usadioetan oinarriturik dago. Maiatzaren 1ean beatifikatua izango den Joan Paulo II.a Aita Santuak esan ohi zuen moduan, “kultura bilakatzen ez den fedea, ongi eta neurrian jaso ez den fedea da”.

San Sebastiani begira jartzen gara gaur, gure kultura erlijioan sustraituta dagoela badakigulako eta baita martiriek gure bizitza gidatzen duten ametsak eta idealak garbitzeko bidea erakusten digutelako ere.

Hala da, martiriak epeltasunaren eta kaskarkeriaren kontrako sendagarririk hoberena dira. Kalkutako Ama Teresak esan ohi zuen, “axolagabetasuna” dela gaitzik handiena. Hildo honetatik, martiriek beraien bizitza eman izanak argi uzten du badirela prezioaz tratuan aritzeko modukoak ez diren ideal handiak. San Sebastianek fedeari uko egin baino heriotza nahiago izanak agerian uzten du munduaren aurrean Jainkoaren handitasuna eta baita gizakiaren duintasuna ere.

Martirien izpiritualtasuna eta itxaropena bat datoz. Izan ere, gu guztiok mundu hobea eraikitzeko ametsa daukagu baina munduak berak harrastaka eramaten bagaitu ezin izango dugu mundua aldatu. Beste moduan esanda, martirien indarrik eta ausardiarik gabeko itxaropenik ez da.

Donostiar maiteok, gure patroaren festa dela eta, Koruko Ama Birjinaren eta San Sebastianen bitartez, Jainkoari otoitz egin izan diogu “bakearen dohaina” eskatzeko. Aurten, ETAk tregua iragarri duela egun gutxira ospatzen dugu gure Patroiaren eguna; euskal gizartea iragarpen horren inguruko gogoeta eta eztabaidan buru belarri dabilen unean. Gure gizartean sentimendu anitzak eragin ditu iragarpen horrek: indarkeria eten delako alaitasuna eta itxaropena daukagu batetik baina bestalde, terrorismoa behin betiko desagertuko zela espero genuenontzat, galdutako aukeraren aurrean etsipena sentitzen dugu.

Gu guztiok, salbuespenik gabe, bakearen alde egin behar dugu: Politikariek, segurtasun indarrek, espetxe eta judizial sistemek, komunikabideek, Elizak… eta hiritar guztiek. Eta bakearen alde gu guztiok egin dezakegun gauzarik handiena zera da: Jainkoak bakoitzari eman digun bokazioa, fideltasunez eta indar handiz bizitzea, beti ere, gizartearen zerbitzura. Politikariek guztion ongizatea bilatuz; epaileek askatasunez, zuzentasunean oinarritutako erabakiak hartuz; segurtasun indarrek, gaizkileen aurka, zintzo eta modu eraginkorrean borrokatuz; espetxeetako arduradunek, konpongarria den justiziaren bideari ekinez; komunikabideek, objektibotasunez eta izpiritu konstruktiboan oinarritutako informazioa zabalduz;… Eta Eliza? Zer espero dezakegu Elizarengandik une hauetan? Zein da Haren ekarpenik handiena baketze eta adiskidetze prozesuaren barruan?

Ezbairik gabe, Elizak bakearen alde egin dezakeen ekarpenik handiena konbertsioa da, damutasuna eta barkamen eskaera barne. Ezinezkoa izango da bakea lortzea, bortizkerigatik eta egindako kaltearengatik damurik ez badago. Bakeak ez ditu oinarri sendoak izango eraginkortasun estrategia baten barruan finkatzen bada. Ezin onartu dezakegu inolaz ere, indarkeria beste garai batean zilegi izan zela baina egun zilegitasuna galdu duela baieztatzen dutenen pentsamodua. Horrela uste eta hitzegiten dutenek bakearen beraren kontzeptua usteldu eta hondatzeaz gainera, oinarri ezegonkorretan finkatzen dute bakea.

Alderantziz, gaur bezalaxe, indarkeriak ez du inoiz zentzurik izan! Ezinbestekoa dugu gizateriaren historian zehar indarkeriaren inguruan eraiki ditugun irudi “erromantiko” eta “idealizatuak” alde batera utzi eta garbitzea. Sobietarren aurka borroka baketsua egin zuen Adam Michnik poloniarraren esan zuen moduan: “Gotorlekuak suntsitzeko borroka hasten dutenek, gotorleku berriak eraikitzen dittuzte ondoren. Indarkeria eza ez da taktika kontua, oinarri kontua baizik”. Indarkeriak ez du balendria eta ausardiarekin zerikusirik, aitzitik, oldarkeriarekin eta errezeloarekin bat dator. Azkenean, ulertu beharrekoa hauxe dugu: biolentzia besteen ideienganako dugun beldurra eta gure ideienganako fede eza dela.

Indarkeriaren larritasuna ulertu ahal izateko, biolentzia pairatzen dutenen azalean sartu behar dugu. Hildo honetatik, oso kontuan hartu behar dugu, gure ekintzen ondorioz sufritzen dutenen ikuspegitik gure jarrera epaitzeko, Ebanjelioak egiten digun deia: “besteek zuei egitea nahi zenuketen guztia, egin zuek ere besteei: horretan datza Liburu Santuek irakatsia” (Mt 7, 12).

Jakin badakit, batzuren ustez Elizak egiten duen baieztapen hau “etxea teilatutik eraikitzen hastea” dela. Baina gure aburuz, damutasuna bakearen funtsaren zati garrantzitsua da. Bestearen begian lastoa ikusi eta gurean habea ez ikusteko daukagun joera aldatzen ez dugun bitartean (zfr. Mt 7, 3), bakea eraikitzeko ahalegin guztiak, norberekerien arteko oreka estrategia soila izango.   Joan Paulo II.a berriz ere gogora ekarrita, “biolentziaren espirala barkamenaren mirariarekin bakarrik gelditzen dela” sinesten dugu.

+ Horregatik, lehenik eta behin, ezin diegu biktimei eskuzabaltasuna eskatu aurretik benetako damutasuna erakutsi eta apaltasunez barkamen eskaera egiten ez badiegu. Hartaz bake prozesuaren barruan ezin ditugu hartu terrorismoaren biktimak enbarazoa egiten duten elementutzat; alderantziz, haien partehartzeak egiazko bakea bermatuko du.

+ Bestalde, lagun hurkoa, baita arerioa ere maitatzeko agindua eman zigun Kristoren Bihotzaren errukitik bakarrik barkatu ahal izango dituzte biktimek haien erasotzaileak. Baina izan kontuan Jesusek ez zigula barkamena “agindu” soila moduan azaldu; aurretik dohaina moduan eskaini zigun, Haren maitasun eskuzabalaren erakusgarri. Nola ahaztu Kristok Gurutzean, gu guztion eta bakoitzaren alde esandako hitzak: “Aita, barkatu itzazu, zer egiten duten ez dakitelako!”

Anai maiteok, hona hemen Eliza Katolikoaren ekarpen nagusia bakearen bidean:  gu aldatzera deitzen gaituen Jainko Aitaren errukiaren aldarrikapena. Bide horretarako proposatzen ditugun bitartekoak anitzak dira: Jainkoaren Hitza entzutea, otoitza, kontzientzia-azterketa egitea, zuzentasunari irekitzea, konponketaren aldeko jarrera, karitatea,… eta noski, bekatuen Barkamenaren Sakramentua ospatzea.

Jakin badakit erlijioan oinarrituta badago ere, sekularizazio bortitza jasaten ari den gizartean bizi garela. Gizartearen zati handi batek kristautasunetik urrun dagoela dio; hala ere kristauok ez gara gizartetik kanpo sentitzen. Argia da Elizaren predikua ez zaiela guztiei inposatzen, baizik eta aske eta libreki jaso nahi dutenei proposatzen zaie…Hala ere, benetan sinesten dugu Ebanjelioak bakearen oinarri moduan eskaintzen dizkigunak gizarte osoarentzat baliagarriak eta beharrezkoak direla, gure sinesbide erlijiosoetatik haratago.

Bukatzeko utzidazue gure Patroia den San Sebastiani, laguntza eskatzen. Armak lanbide izanda ere, Hark nahiago izan zuen hil, besteak erail baino; Jainkoarenganako fedea, gizonen aintza eta ohoreak  baino; maitasuna, giza lorpenak eta arrakasta baino… Gaur gure kaleak danborra jotzen duten haurrez gainezka izango dira. Haiek, beste inork baino behiago behar dituzte bakearen eta justiziaren bidetik joateko lagungarriak izango zaizkien eredu moralak eta izpiritualak. Haintzat, Isaias profetaren hitzak betetzen dituen eredu aproposa: “Ezpatak golde bihurtuko dituzte eta lantzak igitai. Ez da naziorik nazioren aurka altxatuko, ez dira gehiago gudurako prestatuko. Ea, bada, Jakoben herri, ibil gaitezen Jaunaren argitan!” (Is 2, 4-5).