San Ignacio. Loiola

San Ignacio, norte para nuestra libertad

Loyola, 1 de agosto de 2014

                        Queridos miembros de la Compañía de Jesús, queridos sacerdotes concelebrantes y fieles todos; mi saludo especial para las autoridades aquí presentes:

¿Sabíais, hermanos, que San Ignacio de Loyola celebraba su onomástica el día de San Ignacio de Antioquía, uno de los mártires más destacados del primer siglo de la Iglesia? Nosotros tenemos a nuestro Ignacio —al de Loyola— como modelo, mientras que el de Loyola invocaba a Ignacio de Antioquía… No es más que una anécdota, pero me parece interesante traerla a colación para comprender que la celebración de nuestro patrono, está llamada a superar los límites de las circunstancias y referentes temporales y locales, adentrándonos en el misterio de la Iglesia, así como en el misterio de la vida misma. Los santos no son sino señales en el camino para ayudarnos a mirar más lejos y alcanzar la meta de nuestra vida, que es la unión con Dios. Dice un refrán que “cuando el dedo apunta al cielo, el necio se queda mirando al dedo”. Es decir, nosotros seguimos a quienes siguieron a Cristo, en la medida en que nos estimulan y ayudan para que hagamos lo mismo, en el tiempo, lugar y circunstancias en que nos ha tocado vivir. Ciertamente, no estamos llamados a celebrar la fiesta de San Ignacio como meros espectadores, como quien ve llover detrás del cristal. De lo que se trata es de que nos sintamos interpelados a coger su testigo con decisión, y a emplear todas nuestras energías en el tramo del camino que a cada uno nos toca recorrer…

San Ignacio fue un hombre seducido por las narraciones de la vida de los santos, a las que pudo tener acceso durante su convalecencia en la Casa Torre de Loyola. Aquellas vidas de personas enamoradas de Cristo, despertaron en el corazón de Ignacio un vivo deseo de conversión y de imitación: “Si San Francisco lo hizo, yo lo tengo que hacer. Si Santo Domingo lo hizo, yo lo tengo que hacer”… Ahora bien, nadie se convierte a un libro, sino a lo que un libro le desvela. ¿Y qué es lo que le desvelaron a Ignacio aquellos libros piadosos? Le descubrieron que solo merece la pena entregar la vida plenamente al Rey Eterno, es decir, a Dios; dar la vida por la Verdad con mayúscula,  enamorados de su Bondad, y atraídos por su Belleza infinita.

Ahora bien, si a Ignacio se le desveló este mensaje en su aproximación a la vida de los santos, fue en gran parte gracias a la nobleza de su alma. En efecto, por lo general, se percibe aquello que se está preparado para percibir, aquello que se anhela. Y, no en vano, en medio de un mundo en profundo cambio (del Medievo al Renacimiento), Ignacio era un heredero del idealismo cristiano. Aunque fuese con una orientación mundana, Ignacio creía en la existencia de los grandes ideales. Alguien dijo que el alma de Ignacio de Loyola conjuga mucho más con el Don Quijote de Cervantes que con el Don Juan Tenorio de Tirso de Molina: Don Quijote entiende su condición de hidalgo como un deber para con los más necesitados, mientras que Don Juan la entiende como un derecho para su propio provecho. Para Don Quijote su posición noble implica una responsabilidad para hacer justicia, mientras que para Don Juan se trata de un privilegio. Don Quijote aconseja a Sancho el temor de Dios como principio de la sabiduría; mientras que para Don Juan la ausencia del temor de Dios es la condición necesaria para su libertinaje. Don Quijote de la Mancha es un hombre de honor y de palabra; mientras que Don Juan Tenorio es un tunante que se sirve de todos los que le rodean para satisfacer sus caprichos mujeriegos.

Sí, ya supongo que el Ignacio joven no estaría exento de las pasiones que nos empujan al egoísmo; y soy también consciente de que la figura de Don  Quijote de la Mancha no deja de ser novelesca. Pero es obvio que el de Loyola era heredero de una concepción de la vida de profunda raíz cristiana… La conversión de San Ignacio no consistió en pasar de la indiferencia, del  cinismo o del “pasotismo”, a empezar a creer en la existencia de los grandes ideales. Es un hecho que Ignacio ya era un idealista antes de su conversión en Loyola. En su caso, más bien, la conversión consistió en fijar el verdadero norte, al cual dirigir su pasión por la vida, así como al ordenamiento de su vida conforme a estos ideales.

¿Por qué insisto en estos aspectos tan particulares de nuestro Santo patrono, Ignacio de Loyola? Pues, porque pienso que el reto que la Iglesia tiene que abordar para la predicación del Evangelio es doble: por una parte, y de forma prioritaria, proclamar el kerigma; es decir, anunciar que la felicidad del hombre solo será alcanzada cuando este entregue su libertad al autor de la vida, es decir, a Dios. (Esto es lo que San Ignacio subraya en su meditación sobre el Rey Eterno).

Pero además de esto, es necesario también hacer un juicio crítico de las bases sobre las que se sustenta nuestra cultura materialista y capitalista. La cosmovisión de nuestra cultura secularizada ha dado la espalda a cualquier idealismo, de forma que nos encontramos mucho más próximos a la mentalidad  de Don Juan Tenorio que a la de Don Quijote de la Mancha.

Ni qué decir tiene, que todo idealismo —no solo el cristiano— es incompatible con el nihilismo y el escepticismo que niegan que exista una verdad objetiva. He aquí el nuevo dogma de nuestros días: no hay verdades universales, sino tantas verdades como individuos. El único ideal absoluto de esta cultura es la “libertad”, entendida como la propia elección, como el derecho a optar por cualquier cosa y en cualquier momento. Mientras que el cristianismo afirma que es la verdad la que nos hace libres, el relativismo piensa que el único criterio moral es la propia elección del sujeto, sin interferencias de ninguna clase. Es decir, mientras que el cristianismo recuerda que no hay democracia sin conciencia, el secularismo sostiene, en la práctica, que la propia democracia es la conciencia.

La crisis de ideales no suele ser reconocida por la propia cultura que la padece, y con frecuencia recurre a invocar algunos seudo valores, como en nuestros días ocurre con el llamado “derecho a decidir”. En la práctica este “derecho a decidir” se erige como la única verdad universal y objetiva: Derecho a decidir si el individuo desea seguir viviendo o prefiere suicidarse; derecho a decidir si llevar a término la gestación de un hijo o abortarla; derecho a decidir  si se acepta la propia naturaleza o se rediseña a la carta;  derecho a mantener o romper los lazos de nuestra convivencia social… Es decir, la carencia de ideales objetivos, está siendo sustituida por el endiosamiento de la propia libertad. Y, sin embargo, como decía Victor Frank: “La estatua de la libertad en la Costa Este de los Estados Unidos, necesitaría estar complementada por otra estatua —la de la responsabilidad— en la Costa Oeste”. No somos individuos sino personas. Nos somos seres aislados, sino seres sociales. De modo que el “derecho a decidir” termina allí donde existe un bien objetivo que no tenemos derecho a ignorar.

Acaso tengan hoy mayor actualidad que nunca las palabras que, tomadas del Evangelio, Ignacio de Loyola dirigió a un Francisco Javier que vivía su libertad sin norte: “¿De qué te sirve ganar el mundo entero si pierdes tu vida?”. Que traducido a nuestro lenguaje sería: ¿De qué te sirve una libertad que te conduce al abismo?

Concluyo invocando un conocido salmo que dice: “Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi camino; lo juro y lo cumpliré: guardaré tus justos mandamientos” (Ps 119, 105-106). San Ignacio ilumina nuestros pasos, al igual que otros santos iluminaron los suyos. ¡Ojalá nuestros pasos puedan iluminar también a los que vengan detrás de nosotros! Y es que nuestra libertad no es ni absoluta, ni plenamente autónoma. Es la libertad propia de los que hemos sido creados por Dios para darle gloria, y formamos parte de una historia de salvación: Es la libertad de los hijos de Dios.

¡Qué bueno sería que nos acercásemos al tesoro de los ejercicios espirituales de San Ignacio de Loyola! Ojalá esta fiesta de nuestro patrono sea la ocasión para que algunos de vosotros —¡o mejor, muchos!— acojáis la  llamada de Dios a realizar esa experiencia ignaciana, conocida como “ejercicios espirituales”, que comienza preguntándose por cuál es el “principio y fundamento” de nuestra vida, para concluir en la “contemplación para alcanzar amor”. ¡Que Dios os bendiga!

 

San Ignazio, gure askatasuna lortzeko iparra

Loiola, 2014ko abuztuaren 1a

             Jesusen Lagundiko kide maiteok, apaiz elkarmeza-emaileok eta fededun guztiok; jaso ezazue nire agur berezia hemen aurkitzen zareten herri-agintariok:

Senideok, ba al zenekiten Loiolako San Ignaziok bere santu-eguna Antiokiako San Ignazioren egunean ospatzen zuela? Lehenengo mendeko Elizaren martiri handietako bat izan zen Antiokiako San Ignazio. Guk geure Ignazio –Loiolakoa– dugu eredu; Loiolakoak, aldiz, Antiokiako Ignaziori egiten zion dei eta otoitz… Hau pasadizo bat besterik ez da, baina esanguratsua iruditzen zait hemen gogoratzea, gure zaindariaren ospakizunak duen esanahia ulertzeko; gure ospakizun honek, hain zuzen, denborari eta lekuari dagozkion mugak eta erreferentziak gainditzen lagundu behar digu, eta Elizaren misterioan eta biziaren beraren misterioan ere sakontzera eraman. Bidean aurkitzen ditugun seinaleak dira santuak, eta gure begirada urrutirago luzatzen laguntzen digute, Jainkoarekin bat egitea den gure bizitzako helburua lortu ahal izateko. Bada esaldi bat honela dioena: “Behatzak zerua erakusten digunean, tentela behatzari begira gelditzen da”. Hau da, guk, fededunok, Kristoren jarraitzaileei jarraitzen diegu, eragile eta laguntzaile gertatzen zaizkigulako, guk ere, bizitzea dagokigun geure garai, leku eta egoeran, haiek egin zuten gauza bera egin dezagun. Jakina, San Ignazioren jai-ospakizunean ez dugu ikusle huts izan behar, etxe-barrutik euria nola egiten ari den begira dagoenaren antzera. San Ignaziok utzi zigun lekukoa hartzera, eta era erabakigarrian hartzera, egiten zaigun deia entzun behar dugu, eta egun bakoitzean ibili beharreko bide-tartea geure ahalegin guztiz ibiltzen saiatu…

San Ignazio liluraturik gelditu zen, eriondoko susperraldian Loiolako Dorretxean eskura izan zituen santuen bizitzak irakurrita. Beren bizitzan Kristorekin maiteminduta bizi izan ziren pertsona haiek eragin berezia izan zuten Ignazioren bihotzean, eta bihotz-berritzeko eta haiek imitatzeko gogo bizia sortu zioten: “San Frantziskok hori egin bazuen, nik ere egin behar dut. Domingo santuak hori egin bazuen, nik ere egin behar dut”… Baina, bihotz-berritzea ez da liburu bati buruz egiten, liburu horrek agerian jartzen duenari buruz baizik. Eta zer da liburu elizkoi haiek Ignaziori agerian jarri ziotena? Betikoa den Erregeari bakarrik merezi duela bizitza erabat eskaintzea, Jainkoari, alegia; hori da liburu haiek agerian jarri ziotena. Bizitza hizki larriz idatzitako Egiari bakarrik eskain dakioke, beraren Ontasunaz maitemindua eta beraren Edertasun neurrigabeaz liluratua dagoelako.

Hala ere, gure Ignaziok mezu hau santuen bizitza hurbiletik ezaguturik jasotzea lortu bazuen, bere arimaren bikaintasunari esker izan zen. Hain zuzen, eskuarki, bilatzen eta irrikatzen duzun hura da jasotzen eta lortzen duzuna. Izan ere, Erdiarotik Errenazimendurako ibilbidean aurkitzen zen mundu-giroan bizi izan zen Ignazio, eta kristau-idealismoaren oinordeko dugu. Mundu honetako ikuspegitik bada ere, Ignaziok sinesten zuen ideal handietan. Norbaitek esana da, Loiolako San Ignazioren arimak Cervantesen Don Kixoteren antz handiagoa duela Tirso de Molinaren Don Joan Tenoriorena baino: Don Kixotek behartsuenei laguntzeko zeregin bezala ulertu zuen handiki izatea; Don Joanek, alderantziz, bere onura eta probetxurako eskubide bezala ulertu zuen. Don Kixoteri justizia egiteko erantzukizuna ezartzen zion handiki izate horrek; Don Joanentzat, ordea, berari zegokion pribilegioa zen. Don Kixotek Jainkoarenganako begirunea irakatsi zion Santxori, hori zelako jakinduriaren oinarria; Don Joanek, berriz, beharrezko jotzen zuen Jainkoaganako begirunerik ez izatea, askatasun osoa izateko. Don Kixote Mantxakoa ohorezko eta hitzeko gizon ona zen; Don Joan Tenoriok, alderantziz, bere inguruko guztiak bere zerbitzura jartzen dituen alproja hutsa zen, bere emakumezaletasuna eta gutiziak ase ahal izateko.

Egia da, Ignazio gazteak ere izan izango zituela berekoikeriara bultzako zioten bere grinak; egia da, baita ere, Don Kixote Mantxakoa eleberri edo nobela bateko pertsonaia dela. Baina, garbi dago, Loiolakoa sustrai kristau sakonak zituen bizitzako ikuspegiaren oinordeko dela… San Ignazioren konbertsioa ez zen izan axolagabekeriatik, zinismotik edota “pasotismotik” ideal handietan sinesten hastera igarotzea. Ignazio, hain zuzen, idealista zen Loiolan gertatutako konbertsiaren aurretik ere. Haren kasuan, konbertsioa egiazko iparra aurkitzea izan zen, gehienbat, bizitzako bere irrika guztia horretara zuzentzeko eta ideal handi horien arabera bere bizitza egoki antolatzeko.

Zer dela-eta ari naiz Loiolako Ignazio gure Zaindari santuaren alderdi berezi hauek azpimarratzen? Sinesturik nagoelako, Elizak Ebanjelioaren predikazioan duen erronka bikoitza delako: alde batetik, eta hau da lehentasuna duena, kerigma aldarrikatzea da; hau da, aditzera ematea, gizakiak bere askatasuna biziaren Sortzaileari –Jainkoari, alegia– eskaintzen dionean bakarrik lortu ahal izango duela zoriontasuna. (Hau da San Ignaziok Betikoa den Erregeari buruzko gogoeta egitean azpimarratzen duena).

Baina, honekin batera, beharrezko da iritzi kritikoa adieraztea gure kultura materialistak eta kapitalistak dituen oinarriei buruz. Gure kultura sekularizatuak duen mundu-ikuskerak bizkarra eman die idealismo guztiei, eta, beraz, askoz hurbilago aurkitzen gara Don Joan Tenorioren pentsaeratik, Don Kixote Mantxakoaren pentsaeratik baino.

Ez dago esan beharrik, ez idealismo kristaua bakarrik, baizik eta idealismo oro bateraezina dela egia objektiboa ukatzen duten nihilismoarekin eta eszeptizismoarekin. Hau da gure egunotako dogma berria: ez dagoela egia unibertsalik, baizik eta gizaki bezainbat egia dagoela. Gure kultura honetako egia unibertsal bakarra “askatasuna” da, norberak egiten duen hautaketa alegia, edozer gauza eta noiznahi aukeratu ahal izateko eskubidea. Kristautasunak esaten du libre egiten gaituena egia dela; erlatibismoak, alderantziz, uste du norberaren hautaketa dela, inolako interferentziarik gabe, irizpide moral bakarra. Hau da, kristautasunak adierazten du ez dagoela demokraziarik kontzientziarik gabe; sekularismoak, aldiz, esaten du norberaren demokrazia dela kontzientzia.

Kulturak idealen krisia nozitzen duenean, ez du hori aitortu ohi, baizik eta askotan, ustezko balio batzuk goraipatzen ditu; hori gertatzen da, esate baterako, gure egunotan, “erabakitzeko eskubidea” deritzanarekin. “Erabakitzeko eskubide” hau bihurtu da egia unibertsal eta objektibo bakarra: pertsonak bizitzen jarraitu nahi duen ala bere buruaz beste egin nahiago duen erabakitzeko eskubidea; haurdunaldia aurrera eraman edota abortatu nahi duen erabakitzeko eskubidea; nork bere izaera onartzen duen edota bere nahierara diseinatu nahi duen erabakitzeko eskubidea; gure elkarbizitza sozialaren lokarriak onartzeko nahiz hausteko eskubidea… Hau da, ideal objektiborik ez denean, norberaren askatasuna sasijainko bihurtu ohi da. Eta, Viktor Frankek zioen bezala: “Estatu Batuetako Ekialdeko Kostaldean dagoen askatasunaren irudiak beste irudi bat beharko luke osagarri Mendebaldeko Kostaldean: erantzukizunaren irudia”. Ez gara gizabanako huts, pertsona gara. Ez gara izaki bakarti, izaki sozialak gara. Horrek esan nahi du, “erabakitzeko eskubide” hori ontasun objektibo batekin –ahaztezina den ontasun objektibo batekin– topo egiten dugunean bukatzen dela.

Inoiz baino gaurkotasun handiagoa dute agian Loiolako Ignaziok Xabierko Frantziskori, bere askatasuna iparra galduta bizi zuen Xabierko Frantziskori,  esandako hitz haiek –Ebanjeliotik hartuak diren hitzak, hain zuzen–: “Zertako duzu mundu guztia irabaztea, zeure bizia galtzen baduzu?” Horrek, gure hizkerara itzulita, hau esan nahi du: “Zertako duzu askatasuna, amildegira eramaten bazaitu?

Ezaguna dugun salmo batekin eman nahi nioke bukaera hitzaldi honi: “Kriseilu da zure hitza nire oinentzako, argi nire biderako. Zin egin dut eta baiesten, zure erabaki zuzenak gordeko ditudala” (119. Salmoa, 105-106). Bizitzako urratsak argitzen dizkigu San Ignaziok, hari beste santu batzuek argitu zizkioten bezala. Gure bizitzako urratsak ere izan daitezela argigarri gure ondoren etorriko direnentzat! Hain zuzen, gure askatasuna ez da erabatekoa, ezta guztiz autonomoa ere. Jainkoak berari aintza emateko sortu gaituenon askatasuna da gurea, eta salbamen-historiaren zati gara. Hau da, Jainkoaren seme-alaben askatasuna da.

Zein ona izango litzatekeen gu Loiolako San Ignazioren gogo-jardunen altxorrera hurbiltzea! Gure Zaindariaren jai hau egokiera izan dadila zuetako batzuentzat –edota, hobeto oraindik, zuetako askorentzat–, Jainkoak San Ignazioren gogo-jardunen esperientzia bizitzera egiten digun deia onartzeko. Gure bizitzaren “oinarria eta funtsa” non jartzen dugun galdera da lehenengo egiten duena, eta “maitasuna lortu ahal izateko gogoeta” eginez bukatzen du. Jainkoak bedeinka zaitzatela!