San Ignacio. Basílica de Loiola

¿Qué hemos hecho del legado de San Ignacio de Loyola?

Loyola, 1 de agosto de 2013

         Querida comunidad de la Compañía de Jesús, queridos sacerdotes concelebrantes y fieles todos; mi saludo especial para las autoridades aquí presentes:

Este año celebramos la fiesta de nuestro santo Patrono, San Ignacio, con el eco todavía reciente de la Jornada Mundial de la Juventud que acaba de concluir en Río de Janeiro. He tenido ocasión de asistir a este encuentro acompañado de un pequeño grupo de jóvenes de nuestra Diócesis. Por cierto, espero poder ofrecer próximamente alguna reflexión, ahondando en el mensaje clarividente y esperanzador transmitido por nuestro Papa Francisco. Pero en esta ocasión, quisiera referirme a uno de los personajes históricos que ha estado muy presente en esta Jornada Mundial de la Juventud. Me refiero al Beato José Anchieta S.I., uno de los intercesores elegidos para la JMJ de Río, lo que significa que ha sido propuesto como modelo de imitación para toda la juventud del mundo.

Supongo que muchos os preguntaréis quién es este personaje con apellido vasco. Se trata, digamos, de un canario vasco, que nació en Tenerife en 1534, hijo de un azpeitiarra, Juan de Anchieta, originario de uno de los caseríos de este valle de Loiola en el que nos encontramos.

Siendo aún un muchacho, fue enviado a estudiar letras a la Universidad de Coimbra, de gran fama en la época, en la que destacó como uno de los mejores alumnos y como un gran poeta. Con diecisiete años ingresa en la recién aprobada Compañía de Jesús. Entre sus hermanos jesuitas destacó en seguida por su fervor y por el vigor de su ascesis. Debido a su salud quebradiza, en 1553 fue enviado a Brasil por sus superiores —para cambiar de aires—, junto con otros seis hermanos de la orden.

Con tan solo veinte años, Anchieta fundó junto al padre provincial, una aldea misional que ha llegado a ser en nuestros días la ciudad más grande de Sudamérica. Estamos hablando nada más y nada menos que de la fundación de la actual ciudad de Sâo Paulo (con más de veinte millones de habitantes en este momento). Anchieta enseñó allí gramática, tanto a los hijos de los portugueses como a los indios, y aprendió rápidamente y con toda perfección la lengua de aquella región, el tupí-guaraní, en la que escribió la primera gramática de la lengua tupí y un catecismo en este idioma, que fue el primer catecismo cristiano escrito en una lengua nativa del continente americano. También hizo el primer diccionario. El Beato José de Anchieta llegó a tener una gran actividad literaria en portugués, latín y tupí-guaraní: poesías, obras dramáticas, sermones…

Al poco tiempo, fue requerido por el Provincial de los jesuitas para ciertas tareas muy delicadas. Su primera misión importante fue la de embajador de paz entre los tamoyas, pueblo muy feroz y aguerrido, que constituía una amenaza permanente para la paz. Por espacio de cinco meses, corriendo su vida grave peligro, estuvo retenido como rehén de esa tribu. En ese tiempo predicó sin cesar el Evangelio a sus captores, y realizó entre ellos prodigios admirables.

Ordenado sacerdote con treinta y tres años, acompaña de nuevo al provincial en la fundación de Río de Janeiro, la cual tomó el nombre de “San Sebastián de Río de Janeiro”. Durante diez años fue rector del Colegio de San Vicente, en Río, y en este tiempo fundó el Hospital de la Misericordia, y no solo predicó a los portugueses, obteniendo grandes frutos, sino que se encargó también de evangelizar a nuevas tribus indígenas, algunas muy violentas. Fue nombrado Provincial de todos los jesuitas de Brasil en 1577. Aprovechando sus conocimientos de la lengua, se ganó la confianza de los indios, y consiguió que algunos le encomendaran la educación de sus hijos. Estos jóvenes indios, una vez cristianizados, fueron luego misioneros de sus padres. Las penalidades que sufrió son difícilmente imaginables.  Y para hacernos una idea de ello, basta decir que a los tres años de la ordenación sacerdotal de Anchieta, cuarenta de sus compañeros jesuitas habían sido martirizados.

Apóstol delicadísimo de los enfermos, predicador incansable, hombre tan humilde y obediente, como valiente y emprendedor… desgasta sus últimas fuerzas de amor apostólico, con entusiasmo juvenil, en la evangelización de los indios. Iba a buscarles a la selva o adonde fuera, sacando fuerzas de flaqueza. No se cansaba de llamarles a la fe en Jesucristo, invitándoles a dejar la vida nómada y a agruparse en nuevas aldeas misionales. Falleció en olor de santidad en 1587, con 53 años de edad. Fue declarado beato en 1980 por Juan Pablo II.

Y digo yo, si me permitís un comentario: Todo este ‘terremoto’ misionero lo puso en marcha el hijo de un azpeitiarra, que por tener una salud delicada, fue enviado a cambiar de aires al Brasil… Vamos, que, ¿¡qué habría pasado si hubiese estado rebosante de salud y fortaleza!?

Al asomarnos a personajes como el Beato Anchieta, no podemos por menos de volver la vista a nuestro pueblo, haciendo una autocrítica tan sincera como esperanzada: ¿Qué hemos hecho de aquel espíritu que impulsó a tantos vascos a la magnanimidad y al heroísmo, movidos por la fe, la esperanza y la caridad? ¿Qué hemos hecho del legado de San Ignacio de Loyola, nuestro gran Patrono, que ha sido fermento para regenerar la faz del mundo? ¿No tendremos que reconocer tal vez, que nuestra identidad e idiosincrasia han quedado heridas y debilitadas, en la misma medida en que nos hemos secularizado, y precisamente en el momento en que el materialismo, la frivolidad y las idolatrías políticas han pasado a ocupar el espacio que antes llenaban los grandes ideales del Evangelio?

Sin duda alguna, que esta visión crítica cuenta con excepciones muy notables. Son muchos —¡muchos más de los que algunos suponen!— quienes continúan encarnando ese mismo espíritu ignaciano de universalidad, magnanimidad, generosidad y fe. ¡No hay lugar para el pesimismo ni para las nostalgias! Pero tampoco podemos ser ingenuos ante la crisis de secularización que padecemos,  derivada del olvido —e incluso de la ruptura— de nuestras raíces cristianas.

El problema estriba en que hemos olvidado que el progreso sin raíces es ficticio. Como decía Chesterton: “El problema del progreso consiste en que no significa nada. No podemos progresar sin haber establecido los objetivos. El progreso no puede ser un objetivo en sí mismo. Es sencillamente un comparativo del que es necesario determinar el superlativo”. Y continúa con su reflexión: “Nadie puede ser progresista sin ser doctrinal… Porque el progreso, por su propio nombre, indica una dirección”.

Y he aquí la gran pregunta: ¿Cuál es la dirección? ¿Hacia dónde vamos? El auténtico progreso solo puede estar enraizado en la Tradición. Chesterton remata con la siguiente afirmación: “Cuanto más crece un árbol, cuantas más ramas le salen, más se aferra a sus raíces”.

En definitiva, la pregunta clave, es la pregunta por la ‘dirección’… que es tanto como decir que es la pregunta por la ‘meta’ de la vida… En el fondo, es la misma pregunta que Ignacio de Loyola dirigió, cinco siglos atrás, a Francisco Javier: “¿De qué te sirve ganar el mundo entero, si pierdes tu vida?”.

Ciertamente, este mundo está experimentando cambios vertiginosos; pero LA PREGUNTA —con mayúscula— es la misma de siempre; y la respuesta, al igual que Ignacio, Francisco Javier y José de Anchieta, también la encontramos en el Evangelio. La respuesta tiene un nombre propio: ¡JESUCRISTO!

 

 

LOIOLA, SAN IGNAZIO

2013ko abuztuaren 1a, homilia

         Jesusen Lagundiko elkarte maitea, apaiz elkarmeza-emaile eta fededun adiskideok, agur!; nire agur berezia, baita ere, hemen zaudeten herri-agintarioi:

Aurten San Ignazio gure Zaindari santuaren festa Rio de Janeiron amaitu berria den Gazteen Mundu guztiko Batzarraldiaren oihartzuna oraindik entzuten denean ospatzen dugu. Gure Elizbarrutiko gazte-talde txiki batekin batzar hartan egoteko egokiera izan dut. Horri buruz laster gogoetaren bat eskaintzea espero dut, Frantzisko gure Aita Santuak eman digun mezu argitsu eta itxaropentsuan sakonduz. Baina gaurko honetan, aipatu batzarraldian oso presente egon den pertsona historiko berezi bat gogoratu nahi nuke. Jose Antxieta dohatsua, hain zuzen, Jesusen Lagundikoa, Rio de Janeiroko Batzarraldiaren laguntzaile aukeratua, eta mundu guztiko gaztediarentzat eredugarri jarria izan dena.

Izango da bat baino gehiago, euskal abizena duen gizon hori nor ote den galdetuko duena. Esan dezagun kanariarra eta euskalduna zela, Tenerifen 1534an (mila bostehun eta hogeita hamalauan) jaioa, hemen Loiola aldeko baserri batean sortutako Joan Antxieta azpeitiarraren semea.

Oraindik gaztetxoa zela, Coimbrako Unibertsitatera bidali zuten ikasketak egitera. Ikaslerik onenetakoa izan zen eta olerkari edo poeta handi bezala nabarmendu zen. Hamazazpi urte zituen Jesusen Lagundi sortu berrian sartu zenean. Berehalaxe, bere anaia jesuiten artean, otoitzerako eta bizitza aszetiko gogorrerako joera berezia erakutsi zuen. Baina osasunbera zen, nonbait, eta 1553an (mila bostehun eta berrogeita hamahiruan) Brasilera bidali zuten ordena bereko beste sei lagunekin batera, giroz aldatzeko.

Hogei urte besterik ez zuen, bere Aita Probintziburuarekin batera Antxietak misio-auzo bat sortu zuenean, auzo hori gaur egun Hego Amerikako hiririk handiena izatera iritsi da. Une honetan hogei milioi biztanletik gora dituen; Sâo Paulo hiriaren sorreraz ari gara hizketan. Gramatika irakasle izan zen han Antxieta, Portugaldik joandako jendeen seme-alabentzat, baita indioen haurrentzat ere. Oso denbora gutxian ikasi zuen, ondo ikasi ere, bertako hizkuntza, tupí-guaraní deritzana. Hizkuntza horretan berak idatzi zuen lehenengo gramatika eta lehenengo kristau-dotrina. Hori izan zen, hain zuzen, Ameriketako kontinentean idatzitako lehenengo dotrina. Antxietak berak egin zuen lehenengo hiztegia ere. Eta idazle oparoa izan zen portugesez, latinez eta tupí-guaraniz: olerkiak, antzez-lanak, sermoiak… idatzi zituen.

Handik gutxira, kontu handia eskatzen zuten zeregin batzuetarako deia egin zion Jesusen Lagundiko Probintziburuak. Garrantzi handiko lehenengo eginkizuna “tamoia” deritzen artean bakeak egiten laguntzea izan zen; tamoia hauek herri oso gogorra eta borrokalaria ziren; eta horiek ziren lekuan bakea beti arriskuan jarria izaten zen. Bost hilabetez, tribu horren mende atxilotua egon zen, bere bizitzaren arrisku larrian. Denboraldi horretan, Ebanjelioa iragarri zien etengabe bere zaintzaileei, eta izugarrizko mirariak egin zituen haien artean.

Hogeita hamahiru urte zituela hartu zuen Apaizgintza, eta berriro ere bere Probintziburuari lagundu zion Rio de Janeiroren fundazioan; hiri honek hartu zuen izena “San Sebastián de Río de Janeiro” izan zen. Hamar urtez San Bizente Ikastetxeko Erretore izan zen hiri hartan; aldi hartan sortu zuen Errukiaren Ospitalea zeritzana. Gainera prediku-lanetan jarraitu zuen, bai portugaldarren artean fruiturik asko lortuz, baita bertako indioen tribuen artean ere, nahiz eta hauetako batzuk oso gogorrak eta erasotzaileak izan. Gero, 1577an (mila bostehun eta hirurogeita hamazazpian), Brasil osoko jesuiten Probintziburu izendatu zuten. Hango hizkuntzak jakiteaz baliatuz, indioen konfiantza bereganatu zuen eta beraren eskuetan utzi zuten haiek beren seme-alaben heziera. Gazte indio hauek kristau-fedea onarturik, beren gurasoen misiolari bihurtu ziren. Baina ez zitzaion zailtasunik falta izan. Pentsaezin ahalekoak dira jasan behar izan zituen eramankizunak eta gazi-gezak. Horren adierazgarri aski da gogoratzea, Antxietak Apaizgintza hartu eta jada handik hiru urtera, berrogei bere lagun jesuita martiri hilak izan zirela.

Gizon aparta izan zen: gaixoekin apostolu fin-fina, predikuan nekaezina, bere jokabideetan apala eta esanekoa, baina aldi berean adoretsua eta ausarta… Horrela, indioak ebanjelizatzen gastatu zituen, gaztaroan izan ohi den su-garrez eta apostolu-maitasunez, bere azken indarrak. Haiek bizi ziren basora edota behar zen lekura joaten zen, bere ahultasunetik azken indarrak ateraz. Etsi gabe Jesu Kristogan sinestera dei egiten zien; nomada moduan leku batetik bestera ibiltzeari utzi eta misio-auzo berrietan taldeak eratzera dei egiten zien. Santu hotsean hil zen 1587an (mila bostehun eta laurogeita zazpian), berrogeita hamahiru urte zituela. Joan Paulo II.a Aita Santuak dohatsu aitortu zuen 1980an (mila bederatziehun eta laurogeian).

Eta utzidazue honi buruz gogoeta bat egiten: “lurrikara” moduko misiolari-lan hau, osasunbera omen zela eta, giroz aldatzera Brasilera bidali zuten azpeitiar batek eragin zuen… Zer gertatu behar ote zuen, gizon hau osasuntsua eta sasoi betekoa izan balitz!?

Antxieta dohatsua bezalako pertsonak gogoratzean, ezinbestekoa gertatzen zaigu geure herriari begiratu eta benetako autokritika egitea; hori bai, itxaropenez betetako autokritika: Zer egin dugu hainbat eta hainbat euskalduni eragin-indarra eman izan dion espiritu hartaz?, fedeak, itxaropenak eta maitasunak bultzata bihotz handiz jokatzeko gai izan baitziren haiek heroismoraino. Zer egin dugu San Ignaziok, gure Patroi eta Zaindari handiak, utzi zigun ondareaz?, munduaren irudia eraberritzeko legamia izan baita ondare hura? Ez ote dugu aitortu beharko, sekularizatzearekin batera eta neurri berean zauritua eta ahuldua gelditu dela gure nortasuna eta izaera? Ez ote dugu aitortu beharko, lehen Ebanjelioko asmo handiek gugan hartua zuten lekua orain materialismoak, arinkeriak eta idolatria politikoak hartu dutela?

Dudarik gabe, ikuspegi kritiko honek baditu bere salbuespenak oso kontuak hartzekoak. Asko dira –zenbaitek uste duen baino askoz gehiago!– San Ignazioren espiritu horren eraginez bizi direnak, ikuspegi unibertsala, bihotz handikoa eta zabalekoa, eta fedezkoa ere dutenak. Ez dugu pesimismoan erori behar, ezta ikuspegi nostalgikoz atzera begira jarri behar ere! Baina, alderantziz, sekularizazioak ekarri digun krisiaren aurrean, ez dugu inozoak izan behar ere; kontura gaitezen, geure kristau-sustraiak ahaztearen –eta haustearen ere– ondorioa dela krisi hori.

Ahaztu egin dugu, sustrairik gabeko aurrerapena itxurazko aurrerapena besterik ez dela. Hara zer zioen Chestertonek: “Aurrerapenaren arazoa zera da: ez duela berez ezer esan nahi. Ez dago aurrerapenik aurretik helburuak jartzen ez baditugu. Helburua ezin daiteke aurrerapena bera izan. Aurrerapena berez ona izan daiteke, baina beharrezkoa du goragoko helburua izatea”. Eta honela jarraitzen du: “Ez daiteke inor aurrerakoia izan, asmo bat izan gabe… Izan ere, aurrerapenak –hitzak berak esaten duen bezala– norabide bat adierazten du”.

Eta hona hemen benetako galdera: ¿Zein da norabidea? ¿Norantza goaz? Egiazko aurrerapena Tradizioan bakarrik egon daiteke sustraitua. Chestertonek esaldi honekin amaitzen du gogoeta: “Zuhaitza zenbat eta handiagoa egin, zenbat eta adar gehiago izan, orduan eta indartsuagoak izan ohi ditu zainak”.

Beraz, “norabidea” da galdera erabakigarria…, hori baita bizitzako “helmugari” dagokion galdera. Azken batean, Loiolako Ignaziok, orain bost mende, Xabierko Frantziskori egindako galdera bera da: “Zertako duzu mundu guztia irabaztea, zeure bizia galtzen eta hondatzen baduzu?”

Gaurko mundua izugarrizko aldaketak nabaritzen ari da; baina GALDERA –hizki larri edo maiuskulatan jarrita– beti bera da; eta erantzuna, Ignaziok, Xabierko Frantziskok eta Jose Antxietak bezalaxe, Ebanjelioan aurkitzen dugu guk ere. Eta erantzunak izen berezia eta pertsonala du: JESUKRISTO!