San Antolín

Un año más, San Antolín

El Señor nos concede la gracia de celebrar un año más nuestras fiestas patronales. De nuevo, nos reunimos en este marco incomparable de la Catedral palentina, para honrar como se merece a San Antolín, nuestro querido Patrono.

Permitidme iniciar mis palabras con una breve reflexión sobre la etimología y el significado de la palabra “patrono”. “Patrono” viene de “padre”. Si consultamos en el diccionario, descubriremos que el significado de este término hace referencia siempre a la “paternidad”. Así por ejemplo: Se dice “patrono”, del defensor o bienhechor; Amo o Ama; Santo o Santa elegido como protector de un pueblo o institución.

En otras palabras, el concepto de “patrono” está relacionado, en última instancia, con la “paternidad” divina, de la cual el “patrono” no es sino un reflejo… Dios es nuestro Padre, que cuida amorosamente de cada uno de nosotros, además de que acompaña y conduce los destinos de nuestro pueblo… Afirmar que tenemos “patrono”, es tanto como reconocer que no deambulamos como “ovejas sin pastor”, que acogemos de forma agradecida un principio de autoridad moral sobre nuestras vidas, que hemos descubierto un modelo del que sentirnos orgullosos y al que imitar…

Más aún, la afirmación consciente y consecuente del “patronazgo”, supone por nuestra parte una resistencia a pactar con el relativismo que padece nuestra cultura, así como un buen antídoto frente a la orfandad moral en la que nos vemos sumergidos… En efecto, una de las causas de la actual crisis moral y espiritual tiene su origen en la absurda suposición de que el ejercicio de nuestra libertad es incompatible con la aceptación de cualquier autoridad sobre nosotros. Nos han hecho creer que la madurez del hombre se conseguiría al precio de romper con todos los vínculos a los que debemos reconocimiento. ¡¡Qué gran error!!

Hoy estamos siendo testigos de cómo la crisis de autoridad, en la propia familia, en la escuela y en tantos otros ámbitos de la sociedad, genera profundas heridas y graves males. Ciertamente, cuando rompemos con las ataduras que nos oprimen, nos liberamos… Pero, sin embargo, cuando cortamos con nuestras raíces y con nuestras tradiciones cristianas, estamos abocados a un debilitamiento moral, generador de todo tipo de esclavitudes…

Tenemos acumulada suficiente experiencia como para afirmar que cuando negamos a Dios como valor supremo de nuestra existencia, más que en “ateos”, nos convertimos en “idólatras”, cautivos de multitud de miserias morales que nos atenazan y que nos impiden vivir la libertad de los hijos de Dios.

Por ello… ¡¡sentiros orgullosos del patronazgo de San Antolín!! ¡Que por su medio crezca nuestra confianza en la providencia de Dios!

En el comienzo de este curso 2009-2010, le encomendamos a nuestro Patrono que nos guíe en el ejercicio de nuestras responsabilidades. Para ello, y a modo de ayuda, permitidme recomendaros a todos, pero muy especialmente a vosotros, los que habéis elegido el camino de la política para servir a nuestro pueblo, la lectura de la encíclica Caritas in Veritate; recién publicada por el Papa.

Se trata de un luminoso documento del Magisterio Social de la Iglesia, publicado en el contexto de esta crisis económica que padecemos, en el que se nos recuerda que la virtud de la justicia solamente es posible cuando va acompañada de la caridad. La justicia sin el amor termina por resultar una meta utópica. Escribe así Benedicto XVI: “La caridad no es sólo el principio de las micro-relaciones (las amistades, la familia, el pequeño grupo), sino también de las macro-relaciones (las relaciones sociales, económicas y políticas)” (n. 2). Dicho de otro modo: solamente cuando se ama al prójimo, está asegurada la justicia. En consecuencia… ¡qué necesario es el cultivo de la espiritualidad para la consecución de la justicia! ¡Qué importante será que los gobiernos respeten el ejercicio de la libertad religiosa, para la consecución del bien común!

Y, correlativamente, el Papa nos recuerda en su encíclica que la caridad no puede ser entendida como un sentimiento subjetivo y arbitrario. Muy al contrario, la defensa de la verdad es un ejercicio insustituible de la práctica de la caridad. Así lo dice el Papa: “Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Este es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos” (n. 3).

En  referencia a la necesidad de respetar el orden moral objetivo, Benedicto XVI nos recuerda en su encíclica que la cuestión social se está convirtiendo en nuestros días, para bien y para mal, en una cuestión antropológica… Ciertamente, hay que dignificar al máximo la vocación política, consistente en administrar y ordenar la vida social; pero, al mismo tiempo, hemos de hablar claro y con fortaleza ante la tentación que pretende redefinir desde la acción política el mismo concepto de “vida”, de “muerte”, de “matrimonio”, de “familia”, de “educación”, de “virtud”… que son bienes morales prepolíticos, y que deben ser reconocidos, tutelados y promovidos por todos en la vida social.

Me atrevo a pedir a San Antolín un bien que considero prioritario en este momento de la vida de España: ¿Y si dejásemos de cuestionar desde los idearios políticos estos bienes morales fundamentales? ¡Qué gran servicio podríamos hacer a la vida social española, si entendiésemos que determinados valores, tales como el respeto a la vida, la tutela de la familia y de sus derechos, están radicalmente por encima de esas sensibilidades, a las que designamos como de “derechas” o de “izquierdas”; “conservador” o “progresista”!

La convivencia social difícilmente será estable, mientras estemos sumergidos en una permanente crisis de valores en la que se cuestiona lo más básico y fundamental. Si ignoramos o despreciamos los cimientos de nuestra civilización, difícilmente conseguiremos un consenso en la elección de los caminos a seguir…

Por esto es tan importante la objetividad de las verdades morales, porque las dictaduras de nuestros días tienen sus raíces en los relativismos. Tenemos la experiencia de que cuando no se reconoce la dignidad trascendente de la persona humana, termina por triunfar la lógica del poder arbitrario (cfr Veritatis Splendor nº 99).

No quiero concluir esta homilía en el día de nuestro Patrono, sin hacer referencia a la próxima elevación a los altares del Hermano Rafael Arnáiz, monje trapense de la Abadía Cisterciense de Dueñas, que será canonizado en Roma el próximo 11 de octubre. Afortunadamente, entre los santos no existen ni celos ni envidia alguna, y San Antolín estará encantado de que su fiesta sea el marco para que comprendamos que la santidad de los primeros siglos de la Iglesia, representada en nuestro Patrono, ha sido encarnada por otros muchísimos seguidores de Cristo, llegando hasta el siglo XX, como es el caso del joven Rafael Arnáiz; y hasta el siglo XXI, como se espera de cada uno de nosotros.

Un grupo de siete obispos hemos publicado una Carta Pastoral Conjunta, especialmente –aunque no exclusivamente- dirigida a los jóvenes, con el título “Buscad el rostro de Dios”. Os invito a todos a leerla, para que nos empapemos de la profunda experiencia de Dios de este monje trapense. ¡Que los de casa no seamos los últimos en descubrir los tesoros que muchos forasteros se acercan a conocer a nuestra tierra!

A los que podáis participar en la peregrinación diocesana a Roma el 11 de octubre, os animo a ello, para que seamos muchos los palentinos que estemos presentes en un momento tan trascendente. No obstante, al regreso convocaremos en esta Catedral una Eucaristía en acción de gracias por la elevación a los altares del Hermano Rafael.

Concluyo con una breve cita entresacada de sus cartas, en la que nos cautiva al recordarnos que la santidad está al alcance de todos:           

            “El camino de la santidad cada vez lo veo más sencillo. Más bien me parece que consiste en ir quitando cosas, que en ponerlas. Más bien se va reduciendo a sencillez que complicando con cosas nuevas (…) No hace falta para ser grandes santos grandes cosas, basta el hacer grandes las cosas pequeñas. Dios me puede hacer tan santo pelando patatas que gobernando un imperio” (n. 790)

¡Ojalá nos sintamos atraídos por la lectura de sus escritos, traducidos ya a multitud de idiomas!

Bajo la protección de San Antolín y del Hermano Rafael, os pongo a todas las familias palentinas al inicio de este nuevo curso. ¡Que a lo largo del camino, ellos nos ayuden a mantener firme nuestra Esperanza! Amén.