San Pedro y San Pablo

San Pedro y San Pablo: Iglesia Apostólica

29 de junio de 2010

La pregunta con la que se abre el evangelio de esta Solemnidad de san Pedro y san Pablo, la escuchábamos también recientemente en una lectura del evangelio dominical: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» (Mt 16,13), «¿Quién dice la gente que soy yo?» (Lc 9,18).

He aquí una pregunta fundamental. Lejos de encerrar una curiosidad intrascendente, hemos de reconocer que en la respuesta a esta pregunta nos va la vida… No es lo mismo que Cristo sea un hombre más, por mucho que le reconozcamos un especial carisma y talento; o que sea el Hijo de Dios, el Salvador del mundo. ¡Ciertamente, no es lo mismo…! En el primero de los casos, Jesús podría ser un personaje atractivo y admirable, como lo han sido tantos otros a lo largo de la historia de la humanidad; pero, obviamente, nuestra existencia y nuestro destino eterno no dependerían en absoluto de su persona…

Jesús no se anduvo por las ramas cuando formuló la pregunta: «¿Quién dice la gente que soy yo?»… La respuesta no debía de ser tan fácil, porque los discípulos allí presentes comenzaron por constatar la pluralidad de opiniones existente: «Unos dicen que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o algún otro profeta». Es decir, que podríamos deducir que la «opinión pública» no lo tenía fácil para descubrir el misterio que se esconde y se revela en la persona de Jesucristo. O quizás, matizando mejor las cosas, habrá que decir que el plan de Jesús no era darse a conocer, sin más intermediarios, ante la «opinión pública», sino en el seno de aquella Iglesia incipiente. Veámoslo…

Llama la atención que, tras las primeras respuestas fallidas, Jesús vuelve a formular la pregunta al conjunto de los apóstoles: «¿Y vosotros, quién decís que soy yo?» (Mt 16,14). No pregunta: «¿Tú qué piensas?», sino «¿Qué pensáis vosotros?» Se dirige al grupo de los discípulos, no a cada uno en particular. En otras palabras: a Jesucristo no se le conoce aisladamente, no llegamos a Él yendo por libre, sino en la comunión de la Iglesia… No hay Jesús sin Iglesia, de la misma forma que tampoco hay Iglesia sin Jesús. Jesucristo y la Iglesia están intrínsecamente unidos, como lo está la cabeza con su cuerpo. Aquí también podríamos aplicar aquella máxima del evangelio: «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» (Mt 19,3-6).

Pero si continuamos con la lectura atenta del texto, podremos fijarnos en un detalle importante: el apóstol Pedro se adelanta a los demás discípulos para responder a Jesús en nombre de todos, haciendo una confesión de su divinidad: «¡Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo!» (Mt 16,16). No parece un dato irrelevante el que fuese precisamente Pedro quien respondiese al Señor, a tenor de las palabras que posteriormente le dirige Jesús: «Dichoso tú, Simón, porque esas palabras no te las ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el Cielo» (Mt 16,17). Parece obvio que Pedro ha recibido una gracia especial para dar respuesta a la pregunta que hace Jesús sobre su identidad, es decir, para confesar con autoridad la fe de la Iglesia: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 16,19).

He aquí una muestra de la misericordia divina hacia todos nosotros: el ministerio apostólico de la Iglesia. Dios no nos deja a merced de nuestras dudas, no nos abandona en los errores de nuestra subjetividad, en la dificultad real que tenemos de conocer el misterio divino que nos trasciende. No, Dios tiene misericordia de nosotros y nos asiste a través del ministerio apostólico, y de una forma especial en el ministerio de Pedro y de sus sucesores.

Ahora bien, el hecho de que Pedro tenga esa asistencia divina para confesar la fe y para gobernar la Iglesia, no quiere decir que no sea humano, y que no le pesen las cruces concretas de la vida… En la primera lectura vemos al primer Papa encarcelado, en grave peligro para su vida, y a la primera comunidad de los cristianos de Roma, que reza por él con plegarias especiales. El texto de los Hechos de los Apóstoles es conmovedor: «Mientras Pedro permanecía bajo custodia en la cárcel, la Iglesia rogaba incesantemente a Dios por él» (Hch 12,5).

Sí, queridos hermanos, también hoy, dos mil años después, la Iglesia entera continúa orando por el sucesor de Pedro, consciente de las responsabilidades tan grandes que se le han encomendado, acompañadas de incomprensiones y de no pocas persecuciones… En la fiesta de hoy, la Iglesia entera se une en torno a Pedro, precisamente en este día en que el Papa entrega el palio a los nuevos arzobispos de Valladolid, Sevilla y Oviedo, entre otros muchos arzobispos de diversas partes del mundo.

Esta liturgia que se ha realizado esta mañana en la Basílica de San Pedro de Roma, conocida como la «entrega del palio», es un signo de la encomienda que Cristo hace de su tarea pastoral a la Iglesia. El Señor le dijo a Pedro en aquel coloquio inolvidable a orillas del lago de Galilea: «Apacienta mis ovejas». Y nos lo continúa diciendo también hoy a todos y cada uno de los obispos y sacerdotes, cuando nos asocia a su pastoreo por el ministerio sacerdotal. Y os lo dice también a todos los fieles bautizados, cuando os llama a ejercer el apostolado, en la comunión del ministerio apostólico.

Como ya es tradicional en este día, nuestra Diócesis da gracias a Dios por el curso pastoral que nos ha permitido concluir. En nombre del Señor, quiero agradeceros a todos vuestra entrega generosa en este curso pastoral 2009-2010 que concluye. Aquél que dijo que no dejaría sin recompensa un vaso de agua que diésemos a uno de sus discípulos, os quiere agradecer a través de este pastor suyo, vuestra oración en favor de la Iglesia y vuestra participación en su vida pastoral, así como vuestro testimonio en la vida pública.

Celebramos en esta solemnidad la memoria de dos apóstoles a un mismo tiempo: san Pedro y san Pablo. Algunos podrían suponer equivocadamente que en el transcurso de sus vidas, Pedro y Pablo tuvieron una estrecha relación de amistad, pero lo cierto es que, posiblemente, por los datos que podemos extraer de las cartas paulinas, no se vieron más que en dos contadas ocasiones. Tres años después de su conversión, Pablo subió a Jerusalén para ver a Pedro (cf. Gal 1,18). Catorce años después, sube de nuevo a Jerusalén para exponer «a las personas más notables» el Evangelio que proclama, para saber si «corría o había corrido en vano» (Gal 2, 2).

Es decir, san Pablo nos da un auténtico ejemplo de cómo llevar adelante la misión pastoral que Dios nos encomienda. Él tiene una conciencia muy clara de la importancia de obtener la bendición de Pedro y del Colegio Apostólico, para tener la plena garantía de que no se predica a sí mismo, y de que no está confundiendo su ideología con la fe de la Iglesia. No lo hace porque tenga una amistad especial con Pedro, sino porque sabe que es la roca sobre la que Cristo fundó la Iglesia.

En las primeras Vísperas que ayer celebró Benedicto XVI en la Basílica de San Pablo Extramuros, recordaba que las figuras de Pedro y Pablo evocan la doble llamada de la Iglesia, a la unidad y a la universalidad: Pedro encarna la llamada a la unidad, mientras que Pablo encarna la llamada a la universalidad… No se trata de dos dimensiones contrapuestas, sino complementarias, como ellos mismos demostraron en sus vidas, al morir hermanados en la confesión de la fe.

En este contexto de la llamada a la «universalidad en la unidad», el Santo Padre hizo pública ayer la creación de un nuevo organismo, bajo la fórmula de «Consejo Pontificio», con la tarea principal de promover una renovada evangelización en los países de vieja cristiandad, que están viviendo una progresiva secularización de la sociedad y una especie de «eclipse del sentido de Dios». Se trata, por lo tanto, de una nueva iniciativa del Papa para la nueva evangelización en países secularizados.

Encomendemos especialmente al Papa en esta Santa Misa y apoyémosle con nuestra oración diaria. ¡Dios bendiga los esfuerzos del sucesor de Pedro y de nuestra Diócesis de San Sebastián en la preciosa tarea de la Nueva Evangelización!