Marcha a Aránzazu

Aránzazu, 28 de Marzo de 2015

Queridos todos:

La providencia ha querido que esta subida a Aránzazu haya tenido lugar,  justo cuando se cumplen 500 años del nacimiento de Santa Teresa. Como bien sabéis, la Iglesia está inmersa en la celebración del Año Teresiano; pero es precisamente hoy, 28 de marzo, cuando hace cinco siglos, en 1515, nacía en Ávila, Teresa Sánchez de Cepeda Dávila y Ahumada. Esta coincidencia, podemos y debemos de interpretarla como una invitación a familiarizarnos con el legado de la espiritualidad teresiana.

¡Con cuánta frecuencia ocurre en nuestros días que, no apreciando  los tesoros de espiritualidad que tenemos cerca de nosotros, acudimos, sin el adecuado discernimiento,  a diversas fuentes orientales, ajenas a nuestras raíces cristianas! ¡¡Ojalá la celebración de este quinto centenario del nacimiento de la Santa abulense, despierte en nosotros el hambre y la sed por conocer y profundizar en la riqueza espiritual que encierran sus obras: Autobiografía, Camino de Perfección, Las Moradas, Las Fundaciones, Poesías, etc.!!

Hemos partido en esta marcha a Aránzazu, trayendo a nuestra memoria la situación dramática de los cristianos perseguidos. ¡Cómo no recordar las conocidas palabras de Santa Teresa, pronunciadas ante la pasión que sufría entonces la Iglesia; llamándonos a ocuparnos en las cosas importantes, y no distraernos en pequeñeces y nimiedades!: «Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, quieren poner su Iglesia por el suelo. No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios asuntos de poca importancia» (Camino de perfección 1,5). Sí, también los tiempo de Teresa fueron «tiempos recios» (Libro de la Vida 33,5), como los nuestros; y al decir de esta Maestra del espíritu, «son menester amigos fuertes de Dios para sustentar a los flacos» (ibíd. 15,5); y es necesario prestar nuestra atención a los temas graves de la vida, sin perdernos en pequeñeces y naderías. Como popularmente se dice; una invitación a dejar de mirarnos al ombligo, superar nuestras perspectivas estrechas y egocéntricas, y sentir con la Madre Iglesia los grandes dramas de la humanidad…. «¡¡Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, quieren poner su Iglesia por el suelo. No, hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios asuntos de poca importancia!!»

La espiritualidad de Santa Teresa de Jesús conecta de forma llamativa con la de nuestro patrono, San Ignacio de Loyola; ambos coetáneos en aquel Siglo de Oro, aunque no llegaron a conocerse personalmente. San Ignacio predicó la “santa indiferencia”; es decir, la necesidad de un corazón libre de apegos para poder descubrir y abrazar la voluntad de Dios. Santa Teresa, por su parte, expresó con gran belleza este don del corazón plenamente libre para Dios, en esta conocida poesía:

 

Vuestra soy, para vos nací
Santa Teresa de Ávila

Vuestra soy, para Vos nací,
¿qué mandáis hacer de mí?

Soberana Majestad,
eterna sabiduría,
bondad buena al alma mía;
Dios alteza, un ser, bondad,
la gran vileza mirad
que hoy os canta amor así:
¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, pues me criastes,
vuestra, pues me redimistes,
vuestra, pues que me sufristes,
vuestra pues que me llamastes,
vuestra porque me esperastes,
vuestra, pues no me perdí:
¿qué mandáis hacer de mí?

¿Qué mandáis, pues, buen Señor,
que haga tan vil criado?
¿Cuál oficio le habéis dado
a este esclavo pecador?
Veisme aquí, mi dulce Amor,
amor dulce, veisme aquí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Veis aquí mi corazón,
yo le pongo en vuestra palma,
mi cuerpo, mi vida y alma,
mis entrañas y afición;
dulce Esposo y redención,
pues por vuestra me ofrecí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme muerte, dadme vida:
dad salud o enfermedad,
honra o deshonra me dad,
dadme guerra o paz crecida,
flaqueza o fuerza cumplida,
que a todo digo que sí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme riqueza o pobreza,
dad consuelo o desconsuelo,
dadme alegría o tristeza,
dadme infierno o dadme cielo,
vida dulce, sol sin velo,
pues del todo me rendí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Si queréis, dadme oración,
si no, dadme sequedad,
si abundancia y devoción,
y si no esterilidad.
Soberana Majestad,
sólo hallo paz aquí:
¿qué mandáis hacer de mi?

Dadme, pues, sabiduría,
o por amor, ignorancia;
dadme años de abundancia,
o de hambre y carestía;
dad tiniebla o claro día,
revolvedme aquí o allí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Si queréis que esté holgando,
quiero por amor holgar.
Si me mandáis trabajar,
morir quiero trabajando.
Decid, ¿dónde, cómo y cuándo?
Decid, dulce Amor, decid:
¿qué mandáis hacer de mí?

Dadme Calvario o Tabor,
desierto o tierra abundosa;
sea Job en el dolor,
o Juan que al pecho reposa;
sea viña fructuosa
o estéril, si cumple así:
¿qué mandáis hacer de mí?

Sea José puesto en cadenas,
o de Egipto adelantado,
o David sufriendo penas,
o ya David encumbrado;
sea Jonás anegado,
o libertado de allí:
¿qué mandáis hacer de mí?

Esté callando o hablando,
haga fruto o no le haga,
muéstreme la ley mi llaga,
goce de Evangelio blando;
esté penando o gozando,
sólo vos en mí vivid:
¿qué mandáis hacer de mí?

Vuestra soy, para vos nací,
¿qué mandáis hacer de mí?

Arantzazuko Ama Birjinaren aurrean gaude; hain zuzen ere, “hona hemen Jaunaren mirabea, gerta bekit zuk diozun bezala” esan zuenaren aurrean. Ez al zen Teresa Mariaren esanean oinarrituko bere olerkia konposatzerakoan?  Zalantzarik gabe! Arantzazuko Ama, Otoiz gure alde!