Consagración episcopal

Inicio del ministerio episcopal

Me parece estar reviviendo en este momento aquel pasaje del evangelio de San Lucas, en el que se nos narra la visita de Jesús a la sinagoga de Nazaret. Desenrollando el libro de Isaías, dio lectura al pasaje que dice: “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista  a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos  y proclamar un año de gracia del Señor.”(Lc 4, 16ss).  Enrollando el volumen, lo devolvió al ministro. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él.  Comenzó, pues, a decirles: « Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy. »

Pues bien, queridos hermanos, Dios ha tenido misericordia, una vez más, de todos nosotros, prolongando el pastoreo de su Hijo Jesucristo con el ministerio episcopal… Saliendo en socorro de la orfandad moral que padece nuestra sociedad, el Corazón de Cristo se compadece al vernos como ovejas sin pastor.

Como podéis suponer, al recordaros esta providencia de salvación de Dios para con todos nosotros, a mí me impresiona especialmente el hecho de que sea yo el instrumento elegido para llevar a cabo esa tarea. Por ello, por la convicción de que Dios me ha llamado para trasmitiros algo que supera a todas luces mi condición pecadora, he querido elegir como escudo episcopal la imagen del Corazón de Jesús, con el lema “En ti confío”.

Dicho de una manera gráfica: Tras este anillo episcopal que he recibido en esta liturgia episcopal, y que significa el desposorio de Cristo con la Iglesia (el obispo se desposa con la Iglesia), se esconde otro anillo: la alianza del desposorio de nuestra alma con Jesucristo:

No se puede ser esposo de la Iglesia, sin estar desposado al mismo tiempo con Jesucristo. //  De la misma forma que no se puede ser pastor, si al mismo tiempo no se es oveja dócil. //  No se puede mandar, si al mismo tiempo no se sabe obedecer. // No se puede enseñar, si olvidamos nuestra condición de permanentes discípulos. // No se puede hacer correcciones, si quien las hace no es humilde. // En definitiva, no se puede ser escultor, si no se tiene la experiencia de ser arcilla…

Por eso, entiendo que todo se resume en que el Señor me ha elegido como instrumento suyo, para hacer con los demás lo que El hace conmigo. Este anillo episcopal significa al “esposo de la Iglesia”, porque, como os decía, implícitamente significa de una forma previa mi “desposorio con Cristo”. Ya sabemos que, por desgracia, la santidad no va intrínsecamente unida al ministerio jerárquico, pero es el ideal… y es la única manera de que el Reino de Cristo venga a nosotros. Me encomiendo a mi predecesor, el beato Manuel González, en quien de una manera tan plena se fundió el ser obispo y santo.

En este día tan señalado, quiero solicitar de todos vuestra colaboración para que creemos un clima en el que este ministerio episcopal que la Iglesia me ha encomendado, pueda sea ejercido con “libertad evangélica”. Y.. ¿cuáles podrían ser los principales obstáculos para llegar a crear ese necesario clima de libertad evangélica? Permitidme señalar tres:

  • No dejarnos condicionar ni coartar por los esquemas ideológicos de nuestro tiempo:

    Por desgracia, a veces ocurre que estamos más preocupados por cómo se va a percibir ideológicamente nuestra palabra y nuestras iniciativas, que por discernir si obramos en conformidad con la voluntad de Dios. De sobra conocemos esos esquemas ideológicos a los que me estoy refiriendo: Que si “progresista” o “conservador”, que si de “derechas” o “izquierdas”… Caemos en la trampa de aceptar estos parámetros políticos que son totalmente ajenos al evangelio, e inadecuados para referirnos al misterio de la Iglesia. ¿Nos acordamos de cómo Juan Pablo II era descrito por muchos medios de comunicación como un hombre conservador en temas de familia y progresista en temas sociales? ¿Era acaso contradictorio el Papa? ¿A cuántos se les ocurrió llegar a la conclusión de que Juan Pablo II era perfectamente coherente con el Evangelio, y que sencillamente eran esos parámetros ideológicos (conservador-progresista, derecha-izquierda) los que resultaban inadecuados para entender la realidad? Insisto, seamos libres, con la libertad de los hijos de Dios, y no nos dejemos encorsetar por esquemas ajenos al Evangelio y a la Tradición de la Iglesia.

  • Otro peligro frente al que tenemos que estar muy atentos es la lectura reducida del Evangelio y el Magisterio.

    Hay dos formas de leer el Evangelio: La primera es buscar en él las páginas con las que más nos identificamos, pasando por alto las páginas que no “nos dicen tanto”, las que nos resultan “más incomprensibles o incómodas”… La segunda forma de leerlo, sin embargo, consiste en fijarnos especialmente en aquellos pasajes del Evangelio ante los que somos menos sensibles, precisamente porque ello denota en nosotros una carencia en la que el Señor espera que crezcamos. Las dos formas deben de ser complementadas. Pero, ¡qué bien se hacen las cosas cuando nos acercamos al Evangelio, no precisamente buscando una confirmación de nuestra sensibilidad y pensamiento, sino cuando lo leemos abiertos a lo que el Señor quiera mostrarnos! (Lo que hemos dicho del Evangelio, digámoslo y apliquémoslo igualmente del Magisterio de la Iglesia). En resumen, frente a una lectura reducida o sectorizada del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia, tenemos que esforzarnos por una recepción íntegra que sume todos sus aspectos: cultivo de la vida espiritual, comunión eclesial, opción preferencial por los pobres, vivencia y cuidado de la liturgia, transmisión fiel del depósito de la fe a pequeños jóvenes y adultos, defensa de la dignidad de la vida humana, presencia de los católicos en la vida pública, denuncia profética de las injusticias y de las leyes contrarias a la dignidad ser humano y de la familia, apoyo a los padres en la defensa de su derecho de dar una educación cristiana a sus hijos, construcción de la paz…

  • La Libertad Evangélica solo será posible si en nuestras relaciones entre pastor, sacerdotes y fieles, reina la caridad.

    Tenemos que dar testimonio de que la verdad y la caridad se funden en Cristo en una sola realidad. Es una falacia tomar excusa de la verdad para faltar a la caridad. De la misma forma que es un engaño escudarse en la caridad para dispensarse de la adhesión y obediencia hacia la verdad. Nuestro modelo es Jesús, quien, con caridad en la verdad,  dijo a la pecadora: “tampoco yo te condeno, mujer, pero vete, y no peques más”. Imagino que a la familia de los jesuitas, no les habrá pasado desapercibida la coincidencia de que, hoy día 10 de Septiembre celebramos la memoria del Beato Hno Gárate, un religioso que trabajó en la portería de la universidad de Deusto durante más de cuarenta años. De él se dice que era tan recto como caritativo. Le llamaban el Hno finuras, por infinidad de detalles… como aquel que cuentan sus biógrafos: que cuando repartía las cartillas con las notas a los alumnos, no olvidaba nunca de introducir algunos caramelos en las cartillas que llevaban suspensos, entregándolas además con un especial afecto. ¡Endulzaba la verdad con la caridad! También nosotros debemos tener como norma, que la caridad reine en todas nuestras palabras, incluso en las más exigentes y costosas. Que el amor sea nuestro distintivo, porque como nos ha recordado Benedicto XVI, “Dios es amor”. ¡Que demos testimonio ante el mundo de que la Verdad de Cristo es exigente sí, pero que al mismo tiempo es Amable y es Bella!

Queridos hermanos, ¡tan mimado me siento de Dios! que después de pensarlo, he decidido renunciar a hacer en este momento una acción de gracias detallada. Os iba a cansar con infinidad de referencias de mi vida, y me sería muy difícil hacerlo sin caer en olvidos. ¡Tantas han sido las personas que Dios ha puesto en mi camino como reflejo de su amor! Quiero que todos os sintáis incluidos en la acción de gracias que dirijo a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo; así como a María, que con tanto esmero ha cumplido aquella tarea que su  Hijo Crucificado le encomendó en el Calvario: “ahí tienes a tu hijo”.

Como os digo, os pido que os sintáis todos incluidos en esa acción de gracias. Quiero deciros que me he sentido impresionado desde el primer momento por la acogida de esta diócesis. A los pocos minutos de hacerse público mi nombramiento el 24 de Junio, llegaba un fax a mi despacho de Zumárraga, con remite de la diócesis de Palencia, que decía simplemente: “Bendito el que viene en nombre del Señor”.

¡Gloria a Dios por la fe de este pueblo, por su caridad, y por la esperanza tan grande que ha depositado en su pastor! ¡Le pido a Dios no ser estorbo, sino instrumento de sus designios para con vosotros! ¡Gloria a Dios por sus obras! ¡Gloria a Dios por su misericordia!