Asunción de María. Catedral del Buen Pastor

Homilía íntegramente en castellano

La Asunción de la Virgen 2013

Queridos fieles todos, hijos de Dios, y por su gracia, hijos también de María:

Ella, María, es la única mujer que ha podido llamar a Dios “hijo mío”. Ella ha tenido una relación especialísima con Dios, que en cierto sentido será siempre inalcanzable para nosotros, pero que al mismo tiempo, es el prototipo que Dios nos propone.  De Ella decimos que es “Hija de Dios Padre”, “Madre de Dios Hijo” y “Esposa de Dios Espíritu Santo”. Pero es importante caer en la cuenta de que, en el plan divino, Ella no es mero objeto de admiración, sino que está llamada a ser modelo de imitación, de estímulo, de consuelo, de ánimo…

Hoy me quiero centrar de una forma especial en una de las enseñanzas principales que nos sugiere esta fiesta de la Asunción de la Virgen María a los Cielos. Nuestra existencia tiene sentido en la medida en que no queda atrapada y encerrada en la intrascendencia. El fin ‘natural’ de la vida terrena —o el fin ‘sobrenatural’, dependiendo del sentido que demos al término— es la vida eterna. De lo contrario, como decía el filósofo, “¿para qué todo si después nos espera la nada?”.  La Asunción de María a los Cielos nos recuerda cuál es nuestro destino, cuál es la meta a la que estamos llamados.

Desde postulados materialistas y racionalistas se ha negado la existencia de la vida después de la muerte. Pero paradójicamente, de esta negación no se ha derivado una existencia más humana y feliz, como cabría esperar de quien propugna aquello de “comamos y bebamos, que mañana moriremos”… Lo curioso es que la negación de la vida eterna ha derivado en una falta de esperanza hacia la vida presente. Recuerdo una pintada que vi en un muro de la ciudad de Sao Paulo —una de las urbes más superpobladas del mundo—, que decía irónicamente: “¿Hay vida antes de la muerte?”. Me quedé pensativo, y quise pararme y sacar una foto a aquella reflexión verdaderamente revolucionaria. La pregunta es de las que, como se dice popularmente, ‘se las trae’: “¿Hay vida antes de la muerte?

Y es que el hombre está hecho para la trascendencia, hasta el punto de que la vida intrascendente se parece mucho —¡muchísimo!— a la ‘no vida’, al vacío existencial. La vida intrascendente resulta anodina, insustancial, insignificante, carente de sentido… Estamos hechos para la eternidad, de modo semejante a como un coche deportivo está hecho para correr, o como un águila está hecha para volar. ¡La mayor de las pobrezas, es la intrascendencia! Por esto una buena parte de los países pobres del mundo nos miran, como diciéndonos: “¡Los verdaderamente pobres son ustedes!

En la reciente fiesta de San Ignacio de Loyola, tuve ocasión de señalar tres de los efectos generados en nuestra cultura, por motivo de un planteamiento intrascendente de la existencia. Estas eran las palabras: “¿No tendremos que reconocer que en la misma medida en que nos hemos alejado de nuestras raíces cristianas; el materialismo, la frivolidad y las idolatrías políticas han pasado a ocupar el espacio que antes llenaban los grandes ideales del Evangelio?”. En efecto, una y otra vez vemos cómo se hace realidad aquello de que “cuando la tierra se vacía de Dios, se llena de ídolos”…

+ El materialismo es el primero de esos falsos ídolos: En efecto, quien piensa que el hombre es solo materia, no ve más que la mitad de la realidad… Sufre una especie de miopía espiritual, porque percibe en forma borrosa todo aquello que está más allá del alcance de su mano.

Solo quien consigue librarse de la idolatría del materialismo podrá percatarse de que el ser humano es un ser espiritual. En efecto, ¿cómo justificamos que el hombre está por encima de la materia, cómo entender su originalidad, si solo es materia?, ¿qué explicación dar a la insatisfacción e infelicidad en la que quedamos atrapados?

+ La frivolidad es el segundo de los ídolos: Consiste básicamente en no tomarse en serio el sentido de la existencia. Se llegan a sustituir las grandes preguntas del hombre —‘¿de dónde venimos y adónde vamos?’, ‘¿qué sentido tiene esta vida?’— por las preguntas más triviales que nos podamos imaginar: ‘¿qué plan tienes para esta noche?’, ‘¿te has comprado ya la última versión del iphone?’ , etc. A diferencia del materialismo teórico, la frivolidad no suele empeñarse en la negación de la existencia de Dios, sino que simplemente se reduce a la indiferencia, mostrando una clara alergia a las preguntas últimas…

El pansexualismo, el hipererotismo y en definitiva, el culto al cuerpo, son aliados inseparables de la cultura de la frivolidad. Al amor a la persona, le sustituye la atracción erótica; quedando patente la soledad a la que conduce el sexo por el sexo, a pesar de que se intente tapar este drama con nuevas frivolidades, en una absurda huida hacia adelante.

+ Y, por último, la idolatría política es el tercero de los males generados por esta cultura de la intrascendencia.  (En mi opinión, es difícil valorar cuál de estas tres idolatrías  tiene más influencia en nuestros días —si el materialismo, la frivolidad, o la idolatría política—, dado que las tres actúan de forma conjunta y coordinada).

Esta última, la idolatría política, consiste en sustituir la aspiración a la vida eterna —es decir, a la vida en plenitud—, por la adscripción orgullosa a un pueblo, a una raza, a una utopía política, etc. Su formulación suele formularse en oposición a ‘los otros’, a los que no son ‘de los nuestros’. La fraternidad universal es anulada en la práctica, en favor de una autoestima forjada en clara contraposición a los oponentes. En definitiva, se termina por sustituir el amor a la patria celestial, a la cual estamos llamados todos, por una especie de adoración por lo terreno, particular y caduco.

Ahora bien, de este análisis no cabe deducir que el cristianismo proponga una evasión de la vida presente, al modo de una espiritualidad desencarnada. Ser cristiano no se identifica con desentenderse de la vida pública. Por el contrario, la vocación política necesita ser dignificada y valorada. De hecho, la Iglesia invita a sus fieles a que inspirados por los principios de la doctrina social católica, y desde una legítima pluralidad en su sensibilidad política, participen en la vida pública. Ahora bien, se trata de una vocación propia de los laicos; mientras que lo específico del Magisterio de la Iglesia es contribuir al bien público desde la iluminación de los de valores morales.

En este orden, en el marco de nuestra Semana Grande, quisiera referirme al hecho de que nuestra ciudad haya sido elegida (en el pasado y también para el futuro) como sede de diversas conferencias e iniciativas internacionales por la paz. Hacemos votos para que el término ‘paz’ no sea devaluado ni manipulado, y con este propósito expreso públicamente tres reflexiones con un importante contenido moral:

+ El diálogo sobre la paz solo tiene sentido en el supuesto de que se inicie y se concluya con una condena explícita al terrorismo, así como a todo tipo de violencia.

+ La existencia de diversos tipos de víctimas y de violencias, no debe ser utilizada como una maniobra de distracción, que le libere a cada uno de su obligación moral de arrepentimiento y de petición de perdón hacia las víctimas que él ha generado, o de las que ha sido cómplice.

+ Los foros de diálogo por la paz que excluyen a las víctimas del terrorismo, o que simplemente no son capaces de recabar su apoyo, carecen de la necesaria autoridad moral.

Encomendamos a nuestra Amatxo del Cielo, a la Virgen de la Asunción, las alegrías y los sufrimientos de todos los donostiarras. En especial le pedimos por el eterno descanso de aquellos que nos faltan este año, porque ya partieron , así como de los que lloran y sufren su ausencia; sin olvidarnos de los enfermos, los encarcelados, los marginados, los empobrecidos, los abandonados; en definitiva, los necesitados de amor.

Santa María, ayúdanos a elevar nuestro corazón al Cielo, nuestra patria definitiva, adonde tú ya has sido asunta en cuerpo y alma. Que todos y cada uno de los aquí presentes completemos nuestra peregrinación, la peregrinación hacia la vida eterna. Amén.