Ortodoxia. Capítulo VII


VII. LA ETERNA REVOLUCIÓN

Se han analizado las siguientes proposiciones: Primero, que nuestra vida requiere una creencia, hasta para mejorar; segundo: que es necesario sentir un descontento por las cosas, hasta para sentirse satisfecho; tercero, que para tener el obvio equilibrio del estoico, no basta tener ese descontento necesario y esa necesaria satisfacción. Porque la simple resignación no encierra la gigantesca levedad del placer ni la magnífica intolerancia del dolor. Hay una objeción vital para aquel consejo: haz un visaje y soporta. La objeción es que si usted soporta, usted no hace visajes. Los héroes griegos no hacían visajes; las gárgolas sí, porque son cristianas. Y cuando un cristiano está contento (en el sentido exacto), está terriblemente contento; su satisfacción es terrible.
Cristo profetizó toda la arquitectura gótica, en aquella hora en que la gente nerviosa y respetable (tal como la que hoy se opone a las gaitas), se opuso a que los tapagoteras de Jerusalén, gritaran por las calles.
Cristo dijo: “Si estos callaran, las mismas piedras gritarían.” Bajo el impulso de su espíritu surgieron, como un coro clamoroso, las fachadas de las catedrales medioevales, reforzadas con caras de bocas abiertas gritando. La profecía se había cumplido: las mismas piedras gritaban.
Si esto se acepta, aunque más no sea que por el argumento, podemos volver a tomar el hilo del pensamiento donde lo habíamos dejado: en el hombre natural, la cual los escoceses llaman (con una familiaridad lamentable) “El Hombre Viejo”. Podemos hacer la siguiente pregunta, tan manifiesta e
inevitable. Es necesario sentir alguna satisfacción, aún para mejorar las cosas. Pero ¿qué entendemos por mejorar las cosas? La mayor parte de las conversaciones modernas sobre este asunto, es simplemente un argumento en círculo, ese círculo que ya mencionamos como símbolo de la locura y del mero racionalismo. La evolución sólo es buena si produce bien; el bien sólo es bueno si facilita la evolución. El elefante sobre la tortuga y la tortuga sobre el elefante.
Evidentemente de nada valdría que tomáramos nuestros ideales de los principios de la naturaleza; por la sencilla razón de que (excepto para alguna teoría humana o divina) la naturaleza no tiene principios. Por ejemplo un antidemócrata barato de hoy día, solemnemente nos diría que en la naturaleza no hay igualdad. Y tiene razón; pero, no ve lo que sigue. No hay igualdad en la naturaleza; y tampoco hay desigualdad. La desigualdad o la igualdad, presupone la existencia de un tipo de valor. Descubrir aristocracia o descubrir democracia en la anarquía de los animales, es algo puramente sentimental.
Ambas, democracia y aristocracia, son ideales humanos: una que dice que todos los hombres son apreciables, y otra que dice que unos hombres son más apreciables. Pero la naturaleza no dice que los gatos son más apreciables que las ratas; la naturaleza no hace ninguna observación sobre ese asunto. Ni siquiera dice si el gato es más digno de envidia y la rata más digna de lástima. Pensamos que el gato es superior, porque tenemos (o muchos tenemos) una filosofía particular según la cual la vida es mejor que la muerte.
Pero si el ratón resultara ser un ratón alemán pesimista, no pensaría en absoluto que el gato le ha vencido. Pensaría que ha vencido al gato porque llegó a la tumba antes que él. O podría sentir que actualmente impuso al gato el castigo tremendo de dejarlo vivir. Tal como un microbio podría sentirse
orgulloso de haber propagado una peste, así el ratón pesimista podría regocijarse pensando que renovaba en el gato la tortura de la existencia consciente.
Todo depende de la filosofía del ratón. Ni siquiera es posible decir que hay victorias o superioridades en la naturaleza, a menos de poseer una doctrina referente a qué cosas son superiores. Ni siquiera se podría decir que el ratón roe, si no hubiera un modo o sistema de roer.
Ni siquiera es posible decir que el gato lleva la mejor parte si no hay una parte esteblecidamente mejor que otra.
Luego, no podemos extraer nuestros ideales de la naturaleza, y como seguimos con la primera reflexión natural, descartaremos (por ahora) la idea de que podemos obtenerlos de Dios. Debemos tener nuestro propio punto de vista. Pero los intentos de muchos modernos para expresar ese punto de vista, es sumamente vago y confuso.
Algunos, sencillamente caen con el reloj: hablan como si un simple paso por el tiempo, otorgara alguna superioridad y así, hasta un hombre del primer calibre mental, despreocupadamente usa esta frase, “la moralidad” humana nunca está al día”. ¿Cómo podría ser que algo estuviera al día? una fecha no tiene carácter. ¿Cómo podría decirse que las celebraciones de Navidad no son adecuadas para el 25 de un mes?
Por supuesto, lo que habrá querido decir el escritor, es que la mayoría queda postergada, o a la par, de su minoría favorita. Otros modernos vagos, se refugian en las metáforas materiales; de hecho, ésta es la principal característica de los vagos modernos.
No atreviéndose a definir sus doctrinas sobre lo que es bien, emplean figuras físicas de lenguaje, sin medida y sin vergüenza; y lo que es peor, parecen pensar que esas analogías baratas son exquisitamente espirituales y superiores a la vieja moralidad. Así, creen que es muy intelectual hablar de cosas que son “altas”. Esto, por lo menos, es el reverso de lo intelectual; es una simple frase adecuada para hablar de un campanario o una veleta. “Tomás era un buen chico”, es una declaración netamente filosófica, digna de Platón o de Aquino. “Tomás vivió la vida más alta”, es una burda comparación con una regla de tres metros.
Incidentalmente, ésta fue casi toda la debilidad de Nietzsche, a quien algunos están proclamando audaz y vigoroso pensador. Nadie negará que fue un pensador poético y sugestivo, pero precisamente lo contrario de vigoroso.
Y no era en absoluto audaz. Nunca presentó su pensamiento en llanas palabras abstractas como hicieron Aristóteles, Calvino y hasta Karl Marx, los recios y temerarios hombres del pensamiento. Nietzsche siempre eludió una pregunta respondiendo con una metáfora física, como cualquier poeta de
menor categoría. Dijo: “Más allá del bien y el mal”, porque no tuvo valor para decir: “más bueno que el bien y el mal” o “más malo que el bien y el mal”.
Si sin metáforas hubiera hecho frente a su pensamiento, habría descubierto que no tenía sentido. Así cuando describe su héroe, no se anima a decir: “él hombre más puro”, o “el hombre más feliz”, o “el hombre más triste”; porque, esas, son ideas, y las ideas son alarmantes. Dice: “el hombre más elevado o “el hombre de más arriba”; metáfora física adecuada para referirse a alpinistas o a acróbatas.
Nietzsche es en verdad un pensador muy tímido; Realmente ni sabe qué especie de hombre desea que produzca la evolución. Y si él no lo sabe, por cierto menos lo sabrán los comunes evolucionistas que hablan de las cosas más “elevadas”.
Luego, también algunos caen en una inconfundible quietud de sumisión. Dicen que la naturaleza algún día hará algo; nadie sabe qué y nadie sabe cuándo. No tenemos por qué obrar ni por qué no obrar. Si algo sucede, es bueno; si algo se evita, es malo. Otros, por el contrario, pretenden anticiparse a la naturaleza, haciendo algo; cualquier cosa. Y se cortan las piernas por si acaso nos llegaran a crecer alas.
No obstante, por todo lo que saben, tal vez la naturaleza esté tratando de hacerlos ciempiés. Finalmente, hay una cuarta especie de personas, que toman lo que desean diciendo que ese es el ulterior designio de la evolución. Y son los únicos sensatos. Esa es la única forma saludable de encarar la
evolución; procurarse lo que uno quiere, y luego llamar a eso evolución. El único sentido inteligible que el progreso o el adelanto puede tener entre los hombres, es que poseemos un concepto definido y que conforme a él deseamos modelar al mundo. Y si les gusta más de otra forma, la esencia de esa doctrina es que, cuanto nos rodea es un simple método o preparación para algo que hemos de creer. Este, no es el mundo; más bien es el material para hacer el mundo.
Dios nos ha dado no tanto los colores de cuadro como los colores de una paleta. Pero nos ha dado también un motivo, un modelo, una visión determinada. Tenemos que ser claros respecto a lo que queremos pintar. Esto, suma un principio más a nuestra previa lista de principios. Dijimos que debemos querer al mundo hasta para cambiarlo. Ahora agregamos que debemos querer a todo mundo (real o imaginario) a fin de tener un mundo según el cual podamos reformar el nuestro. No necesitamos analizar los términos “evolución” o “progreso”; personalmente prefiero el término
“reforma”. Porque reforma, presupone una forma. Implica que tratamos de modelar el mundo según una imagen definida y determinada; intentamos hacerlo conforme a algo que ya hemos visto en nuestra mente. Evolución es una metáfora del desarrollo simplemente automático. Progreso es una metáfora del simple andar a lo largo de un camino. Pero reforma, es una metáfora para hombres razonables y decididos:
significa que vemos algo fuera de forma y queremos ponerlo en forma. Y sabemos en cuál forma. Y aquí viene el colapso y tremendo desatino de nuestra época. Hemos confundido dos cosas diferentes; dos cosas opuestas. Progresar debería significar que siempre estamos cambiando al mundo
para adaptarlo a un concepto. Y hoy progresar significa que estamos cambiando el concepto. Debería significar que lenta pero firmemente traemos a los hombres: justicia y misericordia, pero significa que cada vez estamos más inclinados a dudar que la justicia y la misericordia sean deseables. Cualquier hombre lo dudaría ante una página violenta escrita por un sofista Prusiano. Progresar, debería significar que cada vez estamos más cerca de la Nueva Jerusalén. Y significa hoy, que la Nueva Jerusalén, cada vez se aleja más de nosotros. No estamos alterando lo real para adaptarlo a lo ideal. Estamos alterando el ideal: es más fácil.

Los ejemplos tontos siempre son más sencillos; supongamos que un hombre quisiera una determinada clase de mundo; digamos, un mundo azul. No tendría por qué quejarse de que su empresa fuera rápida o liviana; se afanaría durante mucho tiempo en su transformación; trabajaría hasta que todo fuera azul. Tendría aventuras heroicas; darle a un tigre los últimos toques de azul. Tendría feéricos sueños; el albor de una luna azulada. Pero trabajando mucho, ese fiero reformador, ciertamente dejaría al mundo (desde su punto de vista) mejor y más azul de lo que lo había encontrado. Si cada día cambiara una hoja de pasto a su color favorito, lentamente, acabaría. Pero si cambiara cada día de color favorito, no acabaría nunca.
Si después de leer a un filósofo nuevo, comenzara a pintarlo todo de rojo o amarillo, su trabajo se arruinaría; no tendría nada que mostrar, excepto quizá unos pocos tigres azules ejemplares de su primer capricho.
Esta es exactamente la actitud del pensador moderno. Se dirá que este ejemplo fue francamente ridículo. Pero es literalmente un hecho de la historia contemporánea. Los grandes y graves cambios introducidos en nuestra civilización política, todos pertenecen a los comienzos del siglo XIX; no a sus finales. Pertenecen a la época blanca y negra, cuando los hombres creían firmemente en el Protestantismo, en el Calvinismo, en la Reforma, y frecuentemente, en la Revolución. En cualquier cosa que creyera cada hombre, martillaba sobre ella constantemente, sin escepticismo: y hubo un momento en el cual la Iglesia Establecida pudo caer, y la Cámara de los Lores, casi había caído.
Era porque los Radicales fueron lo suficientemente vivos para ser unidos y constantes; era porque los Radicales fueron suficientemente vivos para ser Conservadores. Pero en la atmósfera actual, el Radicalismo no tiene ni tradición ni tiempo para abatir cosa alguna. Había mucha verdad en la sugerencia de Lord Hugh Cecil, cuando finamente dijo que la era de cambios había concluido y que la nuestra es una de conservación y reposo. Pero probablemente a Lord Hugh Cecil le dolería mucho realizar (y es lo cierto) que nuestra época es una época de exclusiva conservación porque es una época de completa incredulidad. Que las creencias se marchiten rápida y constantemente, si queremos que las instituciones perduren tal como son. Cuanto más desquiciada está la vida de la mente, más abandonada a sí misma queda la máquina de la materia. El resultado neto de todas las tendencias políticas, del calvinismo, tolstoismo, neofeudalismo, comunismo y anarquismo, el simple resultado de todo eso, es que la monarquía y la Cámara de los Lores, perdurarán. El resultado neto de todas las religiones nuevas, será que la Iglesia de Inglaterra no será derrocada, sabe el cielo, hasta cuándo.
Fueron Karl Marx, Nietzsche, Tolstoi, Grahame, Bernard Shaw y Auberon Herbert, Ios que entre sí, con sus espaldas dobladas sostuvieron el trono del Arzobispo de Canterbury. Cómodamente podemos decir que el librepensamiento es la mejor de las salvaguardias contra la libertad. Administrado según el estilo moderno, la emancipación de la mente del esclavo, sería el mejor camino para evitar que el esclavo se emancipara. Que le enseñen a desentrañar que si quiere o no quiere liberarse, y nunca se hará libre. Otra vez podrían decir que el ejemplo es remoto y exagerado. Pero otra
vez, es lo exactamente cierto respecto a los hombres que pasan a nuestro lado por las calles. Verdad es que el esclavo negro, por ser un bárbaro subyugado podrá tener, o un humano aprecio por la lealtad, o un humano aprecio por la libertad. Pero el hombre que vemos cada día; el obrero de la fábrica del señor Gradgrin, el humilde empleado de las oficinas del señor Gradgrin, está demasiado mentalmente preocupado para creer en la libertad. La literatura revolucionaria lo tranquiliza. Una sucesión constante de filosofías frenéticas le calma y le retiene en su lugar. Un día es marxista, otro día netzschista, otro día (probablemente) un superhombre; y siempre un esclavo. Lo único que queda después de todas las filosofías, es la fábrica. El único hombre que gana Con todas las filosofías, es Gradgrin. Le valdría la pena mantener sus edificios provistos de literatura escéptica. Y ahora que lo pienso, por supuesto Gradgrin es famoso por donar bibliotecas. Manifiesta su sensatez. Todos los libros modernos están a su favor. Mientras se esté cambiando siempre la idea del cielo, la visión de la tierra será siempre la misma.
Ningún ideal perdura tiempo bastante para ser realizado; ni parcialmente realizado. El joven moderno nunca cambiará su medio ambiente, porque siempre cambiará su idea. De lo dicho, se desprende que nuestro primer requerimiento respecto al ideal, hacia el cual se dirige el progreso, será éste: que sea un ideal establecido. Whistler, acostumbraba hacer varios rápidos ensayos de sus retratos, no importaba que rompiera veinte veces sus trazados. Pero habría importado mucho que mirara veinte veces al modelo, y cada vez hubiera visto una persona distinta posando plácidamente para
un retrato. Así (hablando comparativamente), no importa con cuanta frecuencia fracase la humanidad imitando su ideal; porque todas las pasadas derrotas son fecundas. Pero tiene una importancia terrible, la frecuencia con que cambia sus ideales; porque entonces, todos sus pasados fracasos, son estériles. La pregunta adecuada vendría a ser ésta: “¿Cómo podemos hacer para que el artista se mantenga descontento de su cuadro y evitar al mismo tiempo que esté vitalmente descontento de su arte? ¿Cómo hacer para que el hombre nunca esté satisfecho de su trabajo y no obstante siempre esté satisfecho de trabajar? ¿Cómo asegurarnos de que el pintor arrojará al retrato por la ventana en vez de tomar la actitud más humana y natural de arrojar por la ventana al modelo? Una regla estricta es necesaria, no sólo para reglamentarse sino también para rebelarse. Para cualquier clase de revolución, es necesario que exista un ideal fijo y familiar. Algunas veces el hombre obra lentamente sobre las ideas nuevas; sólo sobre ideas viejas obrará con rapidez.
Si simplemente quisiera flotar, o evaporarme o desenrollarme, podría ser por anarquismo; pero si quiero hacer un bochinche, tiene que ser por algo espetable. Y ahí está toda la debilidad de ciertas escuelas de progreso o evolución moral. Sugieren que ha habido un lento movimiento moralizador, con
una imperceptible modificación ética a cada año; o a cada instante. En esta teoría, hay una desventaja. Habla de un lento movimiento hacia la justicia; pero no admite un movimiento rápido. A un hombre no le está permitido pararse de un salto y declarar que un cierto estado de cosas es intrínsecamente intolerable. Es mejor tomar un ejemplo específico para aclarar mejor el asunto. Algunos de los vegetarianos idealistas, como ser el señor Salt, dicen que ha llegado el momento de no comer más carne; implícitamente aceptan que en otro momento se pudo comer carne y sugieren (en palabras que es posible citar), que algún día no se podrá comer huevos ni beber leche. Aquí no discuto que sería justo para los animales. Solamente digo que lo que es justicia en cualquier circunstancia dada, siempre debe ser pronta justicia., Si se hace sufrir a un animal, debe sernos posible precipitarnos a su rescate. Pero ¿cómo podríamos precipitarnos si tal vez estamos adelantados respecto a nuestro tiempo? ¿Cómo podemos
precipitarnos para alcanzar un tren que tal vez no llegue sino dentro de unos pocos siglos? ¿Cómo puedo denunciar a un hombre que desuella gatos, si apenas es ahora, lo que yo posiblemente llegaré a ser bebiéndome un vaso de leche? Una espléndida y frenética secta rusa, corría por las calles soltando a los animales de sus carros. ¿Cómo podría yo tener ese arranque de valentía y soltar el caballo de mi cabriolé  de alquiler, cuando no sé si mi reloj evolucionista adelanta un poquito o si el cochero está un poquito atrasado? Supongamos que dijera a un “sweater”: “La esclavitud fue adecuada a cierto período de la evolución.” Y supongamos que él me respondiera: “Sudar es adecuado a este período de la evolución.” ¿Cómo podría replicarle si no hay un punto de referencia establecido? Si los “sweaters pueden estar atrasados con respecto a la moralidad corriente ¿por qué los filántropos no podrían estar adelantados con respecto a ella? Y ¿qué en la tierra, es moralidad corriente, sino en su sentido literal, la moralidad que siempre está corriendo más lejos? Por eso podemos decir que un ideal establecido es tan necesario para el innovador como para el conservador; es necesario, tanto si deseamos que las órdenes del rey se ejecuten prontamente, como si deseamos que el rey sea prontamente ejecutado. La guillotina tiene muchas culpas;
pero si hemos de hacerle justicia, no tiene nada de evolucionista. El argumento evolucionista favorito, tiene en el hacha su mejor réplica. El Evolucionario dice: “¿Dónde trazas la línea?”. Y el revolucionario contesta: “La trazo aquí; exactamente entre la cabeza y el cuerpo.” Si en cualquier momento dado puede surgir una huelga, debe existir un bien y un mal abstracto; debe haber algo eterno si es que puede haber algo repentino. De ahí que todas las empresas humanas inteligibles, sean para alterar las cosas o para conservarlas como son; para fundar un sistema estable como en China o para alterarlo cada mes como a principios de la Revolución Francesa; para todo es exactamente necesaria la existencia de un concepto que sea un concepto establecido.
Ese es nuestro primer requerimiento. Una vez escritas estas cosas, sentí la presencia de algo en la discusión: como el hombre que oye las
campanas de la iglesia por encima de los ruidos de la calle. Algo parecía decir: “Al fin mi ideal se ha fijado; porque estaba firme ya antes que los fundamentos del mundo. Mi concepto de lo perfecto ya no puede alterarse; porque se llama Paraíso. Usted puede alterar el lugar hacia donde se dirige; pero no puede alterar el lugar de donde viene. Para el ortodoxo, siempre debe haber un motivo de revuelta; porque en el corazón del hombre, Dios quedó bajo el pie de Satanás. En cualquier momento puede darse un golpe de perfección no vista por el hombre desde Adán. Ni la costumbre inmutable ni la variante evolución, podrán hacer del bien original otra cosa que no sea el bien original. El hombre pudo haber tenido
concubinas en tanto las vacas tuvieran cuernos, no obstante, si el concubinato es culpable, no formó parte del hombre. Los hombres pueden haber vivido bajo la opresión desde que los peces viven bajo el agua; no obstante no debieron vivir bajo ella, si la opresión es culpable. La cadena puede parecer tan natural al esclavo o la pintura a la meretriz como la pluma es natural al pájaro y la conejera al zorro; no obstante si esas cosas son culpables no les son naturales. Levanto mi leyenda prehistórica para desafiar toda su historia. Me detuvo para destacar la nueva coincidencia del Cristianismo: pero seguí de largo. Seguí a la siguiente condición de cualquier ideal de progreso. Algunos (como ya dijimos) creen que en la naturaleza de las cosas se produce un progreso automático e impersonal. Pero resulta claro que no se podría estimular ninguna, actividad política diciendo que el progreso es natural e inevitable; esa no es una razón para ser activo sino más bien un motivo para ser perezoso. Si estamos avocados a mejorar, no necesitamos preocuparnos de mejorar. La pura doctrina del progreso es la mejor de las razones para no ser un progresista. Pero no es sobre estos comentarios obvios sobre los que en primer lugar quiero llamar la atención.
El único punto interesante es éste: que si suponemos que el mejoramiento es natural, debe ser un mejoramiento hermosamente simple. Es concebible que el mundo trabajara en orden a una consumación; pero difícilmente lo haría en orden a una combinación de varias cualidades. Tomando nuestro ejemplo original, la Naturaleza por sí misma podría volverse más azul; este es un proceso tan simple que puede ser impersonal. Pero a menos que la Naturaleza fuera personal, no podría hacer un minucioso cuadro de varios colores escogidos. Si la meta del mundo fuera una completa oscuridad o una luz completa, podría llegar, tan lenta e inevitablemente como llega al amanecer y al crepúsculo. Pero si la meta del mundo ha  “Sweater”;( término sin traducción. Patrón de obreros de trabajo físico violento. El sentido vendría a ser el término “explotador”. )de ser una pieza de elaborado y artístico “chiaroscuro”, entonces, debe haber un diseño humano o divino.
El mundo, sólo con el correr del tiempo, podría oscurecerse como un cuadro antiguo o blanquearse como una chaqueta vieja; pero si se transforma en una determinada pieza de arte en blanco y negro, entonces, existe un artista.
Y doy un ejemplo más simple por si acaso la diferencia no fuera evidente. Constantemente oímos de los humanistas modernos, una creencia particularmente cósmica; empleo la palabra “humanista” en el sentido ordinario, que significa un hombre que levanta las protestas de todas las criaturas contra aquellas de la humanidad. Sugieren ellos que a través de las épocas, nos hemos hecho más y más humanos, es decir que, uno después de otro, todos los sectores o grupos de seres, esclavos, niños, mujeres, vacas, etc., gradualmente han sido admitidos a participar de la justicia y de la misericordia. Dicen que una vez pensamos que era correcto comerse a los hombres (no lo pensamos); pero no me concierne aquí su historia, la cual es altamente inhistórica. Como hecho, la antropofagia, es por cierto una costumbre decadente; no primitiva.
Es mucho más probable que los hombres modernos por afectación coman carne humana y no que la comiera por ignorancia el hombre primitivo. Aquí solamente estoy siguiendo los contornos del argumento, el cual sugiere que el hombre ha sido progresivamente más lenitivo, primero para los
ciudadanos, luego para los esclavos, luego para los animales y luego (posiblemente) para las plantas. Pienso hoy que está mal que me siente sobre un hombre. Pronto pensaré que está mal que me siente sobre un caballo. Eventualmente (supongo) pensaré que está mal que me siente sobre una silla. Esa es la dirección que sigue el argumento. Y según este argumento, se diría que es posible hablar del hombre en términos de evolución o de inevitable progreso. La perpetua tendencia a tocar cada vez menos objetos,  uno siente que ha de ser una tendencia inconsciente y bruta, como aquella tendencia de la especie a producir cada vez menos hijos. Este impulso puede ser realmente evolucionario, porque es estúpido.
Es posible que el darwinismo sirva para respaldar dos moralidades locas; pero no puede servir para respaldar ni una sola moralidad sensata. El parentesco y la competencia entre todas las criaturas vivientes, podría ser una razón para ser insensatamente cruel o insensatamente sentimental; pero no para sentir un sensato amor por los animales. Sobre la base evolucionista es posible ser inhumano o ser absurdamente humano; pero no es posible ser humano. Que usted y un tigre sean uno, puede ser una razón para ser cruel como el tigre. Amaestrar al tigre para que lo imite a usted es un camino; pero el camino más corto es que usted imite al tigre.
Pero en ninguno de los dos casos la evolución nos dice cómo tratar razonablemente al tigre, es decir, cómo admirar sus líneas mientras se evitan sus garras. Si usted quiere tratar a un tigre razonablemente, tiene que volverse al jardín del Paraíso. Porque el obstinado recuerdo vuelve a surgir:
solamente lo sobrenatural ha encarado a la Naturaleza desde un punto de vista sano. La esencia de todo panteísmo, evolucionismo y religión cósmica moderna, en realidad se encuentra en esta proposición: que la Naturaleza es nuestra madre. Pero si miramos la Naturaleza como madre, desgraciadamente descubrimos que es una suegra. El punto principal del Cristianismo era éste: la Naturaleza no es nuestra madre; la Naturaleza es nuestra hermana. Puesto que tenemos un mismo padre, podemos estar orgullosos de su belleza; pero no tiene autoridad sobre nosotros; tenemos que admirarla, pero no imitarla. Esta idea da al típico placer cristiano de esta tierra, un toque de ligereza que es casi frivolidad. La Naturaleza era
una solemne madre para los entusiastas de Isis y Cibeles. La Naturaleza es una solemne madre para Wordsworth o para Emerson. Pero la Naturaleza no es solamente para Francisco de Asís o para Jorge Herbert. Para San Francisco la Naturaleza es una hermana y hasta una hermana menor: una hermana bailadora de la cual se ríe y a la cual ama. Este, difícilmente sería nuestro punto principal, al menos por ahora; lo he admitido solamente con
objeto de mostrar cuan frecuentemente, y como por casualidad, la llave puede calzar bien en las puertas más pequeñas. Aquí nuestro punto principal es que, si en la Naturaleza existe una mera inclinación ‘al mejoramiento impersonal, debe ser presumiblemente una tendencia simple hacia un triunfo simple. Es posible imaginar que alguna tendencia automática de la biología trabajara para procurarnos narices cada vez más largas. Pero la cuestión es ¿queremos narices cada vez más largas? Imagino que no; creo que la mayoría de nosotros querríamos decir a nuestra nariz: “Hasta aquí y no más lejos; aquí se estacione tu punto de orgullo”; requerimos una nariz cuyo largo nos asegure la posesión de una cara interesante. Pero no podemos concebir que exista una mera tendencia biológica hacia la producción de caras interesantes; porque una cara interesante la constituye una determinada combinación de ojos, nariz y boca complejamente proporcionados entre sí. La proporción no puede resultar de un impulso; resulta de un
accidente o de un diseño. Lo mismo ocurre con el ideal de moralidad humana en su relación con los humanitarios y antihumanitarios. Es concebible que cada vez fuéramos a tocar menos cosas: no andaremos a caballo, no recogeremos flores. Eventualmente, podremos estar confinados a no perturbar la mente del hombre ni con argumentos; a no perturbar el sueño de los pájaros ni con una tos. Y la apoteosis final, parece que va a ser un hombre sentado inmóvil, que no osa moverse por temor de molestar a una mosca y no se anima a comer por temor de incomodar a un microbio. Posiblemente el impulso inconsciente podría tender a consumación tan cruda. Pero ¿es que queremos tan cruda consumación? Lo mismo podríamos evolucionar en sentido opuesto ó sea seguir la línea nietzschiana del desenvolvimiento, el superhombre aplastando al superhombre, formando una torre de tiranos, hasta que el mundo que destruido por pura diversión. Pero ¿queremos destruir, por pura diversión, al mundo? No es muy claro que lo que realmente esperamos sea una proposición y una administración determinada de estas dos cosas: una cierta dosis de respeto y moderación, una cierta dosis de energía y dominio. Si nuestra vida alguna vez fuera tan bella como un cuento de hadas, tendremos que recordar que toda la belleza de los cuentos de hadas reside en esto: que el príncipe siente un asombro que termina justo antes de llegar al miedo. Si teme al gigante, el príncipe llegará a su fin; pero si el gigante no le asombra, llegará a su fin el cuento de hadas. Todo’ el asunto depende de que el príncipe sea bastante altivo para desafiar. Así nuestra
actitud respecto al gigante del mundo, no debe ser meramente aumentar la sumisión o aumentar el desdén:
debe ser una proporción determinada de las dos cosas, la cual, ha de ser exactamente correcta. Por las cosas externas a nosotros debemos sentir una reverencia tal que nos haga hollar el pasto temerosamente.
Por las cosas externas a nosotros debemos sentir un desdén tal que, en el momento debido, nos haga escupir a las estrellas. No obstante (si hemos de ser buenos o felices), esas dos cosas deben ser combinadas no en cualquier combinación sino en una combinación determinada. La perfecta felicidad de los hombres sobre la tierra (si llega alguna vez), no será algo liso y compacto como la satisfacción de los animales. Será un equilibrio exacto y peligroso; como el de una novela desesperada. El hombre debe tener justo la suficiente fe en sí mismo como para correr aventuras y justo la suficiente duda de sí mismo como para gozarlas.
Luego, este es nuestro segundo requerimiento respecto al ideal del progreso. Primero, debe ser establecido; segundo, debe ser compuesto. Si ha de satisfacer nuestras almas, no debe ser el predominio de una sola cosa que se devora a las demás, orgullo o amor, quietud o aventura; debe ser un cuadro definitivo y compuesto por estos elementos en la proporción precisa y en la mejor de sus combinaciones.
No me concierne ahora negar que, por la constitución de las cosas, tal culminación podría estar reservada para la especie humana. Solamente destaco que si se estableció para nosotros esta felicidad compuesta, debió ser establecida por una inteligencia; porque sólo una inteligencia puede fijar las
proporciones exactas que resultarán una felicidad compuesta. Si la beatificación del mundo es obra simplemente de la Naturaleza, luego debe ser tan sencilla de realizar como la congelación del mundo o el incendio del mundo. Pero si la beatificación del mundo no es obra de la Naturaleza sino una obra de arte, presupone la existencia de un artista. Y aquí otra vez detuvo mi contemplación aquella vieja voz que me decía: “Hace mucho tiempo pude decirte estas cosas; si existe positivamente mi progreso, solamente puede ser mi especie de progreso; el progreso hacia la ciudad completa, de virtudes y dominaciones, en donde la justicia y la paz se combinan para besarse. Una fuerza impersonal podría conducirte a un desierto de perfectas llanuras o a una cumbre de altitud perfecta. Pero solamente un Dios personal podría  conducirte (si es cierto que eres conducido) a una ciudad con calles y perspectivas arquitectónicas, a una túnica multicolor de José, la contribución de sus propios colores”.
Por segunda vez el Cristianismo intervenía con la respuesta exacta que yo quería. Yo dije: “El ideal debe ser constante”, y la Iglesia había respondido; “El mío es constante puesto que existía antes que todo lo demás”. Luego dijo: “Debe ser como un cuadro, artísticamente combinado”; y la Iglesia respondió: “El mío es literalmente un cuadro, puesto que conozco a quien lo pintó”.
Luego, seguí a la tercera condición, la cual era igualmente necesaria para una Utopía o para una meta de progreso. Y de las tres, es la infinitamente más difícil de expresar. Tal vez pudiera manifestarse así: necesitamos ser vigilantes, aún en la Utopía como caímos del Paraíso.
Observamos que una razón que se ofrecía para ser progresista es que las cosas naturalmente tienden a mejorar. Pero la única verdadera razón que hay para ser progresista, es que las cosas naturalmente tienden a empeorarse. La corrupción no es sólo el mejor argumento para ser progresista, sino también el único argumento para no ser conservador. Si no fuera por la corrupción de las cosas, la teoría conservadora sería realmente concluyente e incontestable. Pero toda conservación se basa en el hecho de que dejar las cosas en paz, es dejarlas como son. Pero no es eso. Si se las deja en paz, se las abandona a un torrente de alteraciones. Si dejo en paz a un poste blanco, pronto será un poste negro. Si lo deseo especialmente blanco, siempre tengo que estar pintándolo de blanco; es decir siempre estaré haciendo una revolución. Brevemente, si quiero el viejo poste blanco, tengo que hacer un poste nuevamente blanco.
Pero esto que es verdad para las cosas inanimadas, es verdad, en un sentido terrible y complete, de todas las cosas humanas. Por la horrible rapidez con que envejecen las instituciones de los hombres, los ciudadanos requieren una casi artificial vigilancia. En las novelas y en el periodismo se acostumbra hablar de hombres que sufren bajo la opresión de antiguas tiranías. Pero de hecho, los hombres casi siempre han sufrido bajo la opresión de tiranías nuevas; bajo tiranías que hace escasamente veinte años, eran liberalidades públicas. Así Inglaterra se enloqueció de alegría con el patriótico reinado de Isabel; y luego (casi en seguida) se enloqueció de ira en la trampa de la tiranía de Carlos I. Así también en Francia, la monarquía se hizo intolerable no inmediatamente después de haber sido tolerada, sino inmediatamente después de haber sido adorada. El hijo del bienamado Luis, fue Luis el guillotinado. Así, del mismo modo, los elaboradores del radicalismo eran creídos una mera tribuna del pueblo, hasta que repentinamente oímos el grito del socialista diciéndonos que eran tiranos que devoraban al pueblo como si fuera pan. Así, otra vez, casi hasta último momento confiábamos en los periódicos por ser portavoces de la opinión pública. Y muy recientemente vimos (y no lentamente sino con brusquedad) que no son en
absoluto tales. Son, por la naturaleza del asunto, los juguetes de unos pocos hombres ricos. No tenemos ninguna necesidad de rebelarnos contra la antigüedad; tenernos que rebelarnos contra la novedad. El capitalista y el editor son los nuevos conductores que realmente poseen al mundo. No hay temor (le que ningún rey moderno intente extenuar la constitución; es más que probable que la ignore y trabaje respaldándola; no abusará de su poder de rey; es más probable que se aproveche de su impotencia de rey; del hecho de estar fuera de la publicidad y de las críticas. Porque el rey es la persona con más intimidad privada de nuestros tiempos. No es necesario que nadie vuelva a oponerse a la censura a la prensa. No necesitamos una censura para la prensa. Tenemos a la prensa de censura.
Esta asombrosa velocidad con que los sistemas populares se vuelven opresivos, es el tercer hecho al cual apelaremos para que se acepte nuestra perfecta teoría del progreso. Siempre hay que estar alerta al abuso de los privilegios y a la desviación de las empresas rectas. Respecto a este punto, estoy completamente de parte de los revolucionarios. Tienen razón para sospechar siempre de todas las instituciones humanas; tienen razón al no fiarse de los príncipes ni de ningún hijo de hombre. El jefe que opta por ser amigo del pueblo, se convierte en enemigo del pueblo; los periódicos comenzaron para decir la verdad, y hoy existen para impedir que la verdad se diga. Aquí, dije, siento que al fin estoy realmente con les revolucionarios. Y súbitamente me callé, porque recordé que una vez más estaba con la ortodoxia.
El Cristianismo habló nuevamente y dijo: “Siempre he sostenido que los hombres son naturalmente apóstatas; que la virtud humana, por su propia naturaleza tiende a la podredumbre, siempre dije que los seres humanos, como tales, se vuelven malos, especialmente los seres humanos felices, especialmente los seres humanos prósperos y soberbios. Esta eterna revolución, esta desconfianza sostenida a través de los siglos, tú (siendo un confuso moderno) la llamas doctrina del progreso. Si fueras filósofo, como yo la llamarías doctrina del pecado original. Puedes llamarla avance cósmico, tanto como quieras; yo la llamo lo que es: la Caída”.
He hablado de la ortodoxia interviniendo como una espada; confieso que aquí interviene como un hacha de combate. Porque en realidad (cuando llegué a pensarlo), el Cristianismo es lo único que queda con derecho a discutir las facultades de la buena educación y de la buena cuna. Con bastante frecuencia he oído decir a los socialistas, y aún a los demócratas, que las condiciones físicas del pobre, por fuerza han de hacerlo mental y moralmente degradado. He oído hombres científicos (que todavía hay científicos no opositores de la democracia) diciendo que si proporcionáramos a los pobres condiciones de vida más salubres, el vicio y el mal desaparecerían de entre ellos. Los he escuchado con una atención inmensa, con una fascinación terrible. Porque era como estar mirando al hombre que enérgicamente serrucha del árbol la rama sobre la cual está sentado. Si estos alegres demócratas pudieran probar su alegato, darían un golpe mortal a la democracia. Si de ese modo los pobres están absolutamente desmoralizados podría ser práctico o no ser /práctico levantarlos. Pero sería ciertamente práctico quitarles algunas franquicias. Si el hombre que tiene un mal dormitorio no puede dar un buen voto, la deducción más rápida y primera es que no debe votar. La clase gobernante, no sin razón, puede decir: “Nos tomará algún tiempo reformar su habitación. Pero si ese hombre es el bruto que usted dice, podría arruinar nuestro país en muy poco tiempo. Por lo tanto, seguiremos su indicación y no le daremos la oportunidad de hacerlo”. Me llena de admiración la forma en que el vehemente socialista industriosamente exhibe los fundamentos de toda aristocracia, explayándose blandamente sobre la evidente ineptitud de los pobres para ser gobernantes. Es como oír a alguien disculpándose en una fiesta nocturna por haber entrado sin traje de etiqueta y explicando que recientemente estuvo intoxicado, que tiene en esos casos la costumbre personal de desvestirse en la calle y sobre todo que recién acaba de cambiarse el uniforme de la cárcel. Uno siente que en cualquier momento el dueño de casa podría decirle que si las cosas estaban tan mal como todo eso, no necesitaba haber venido. Así es cuando el vulgar Socialista con la cara radiante prueba que el pobre, después de sus golpeadas experiencias, realmente no puede merecer confianza. En cualquier momento, el rico podría decirle: “Muy bien, no se la daremos”, y cerrarle la puerta en las narices. Basándonos en el
punto de vista del señor Blatchford sobre la herencia y el ambiente, el alegato de la aristocracia es abrumador. Si las casas limpias y el aire limpio hacen almas limpias, ¿por qué no dar el poder (a lo menos por ahora) a aquellos que indudablemente respiran aire limpio? ¿Si mejores condiciones de vida harán al pobre más apto para gobernarse, ¿por qué esas mejores condiciones de vida todavía no han hecho a los ricos más aptos para gobernarles? El asunto está claramente manifiesto en el argumento en curso. La clase confortable, debe ser simplemente nuestra vanguardia en la Utopía.
¿Existe alguna réplica para esta sugerencia de que aquellos que han tenido mejores oportunidades, probablemente sean nuestros mejores guías? ¿Hay alguna respuesta al argumento de que es mejor que aquellos que han respirado aire limpio decidan por aquellos que lo respiraron sucio? Por lo que yo sé, solamente hay una respuesta y esa respuesta es el Cristianismo. Solamente la Iglesia Cristiana puede oponer una objeción racional a esa confianza absoluta en los ricos. Porque ella desde el principio sostuvo que el peligro no estaba en los ambientes’ donde actuaba el hombre sino en el hombre mismo. Y llegó más lejos; sostuvo que si vamos a hablar de ambientes peligrosos, el más peligroso de todos es el ambiente confortable. Sé que la manufactura más moderna se ha ocupado intentando producir una aguja anormalmente gruesa. Sé que los biólogos más recientes han estado sinceramente ansiosos de descubrir un camello enano. Pero si disminuimos el camello al máximo de su pequeñez y ampliamos el; ojo de la
aguja al máximo, de su latitud; abreviando, si tomamos las palabras de Cristo en el menor de sus significados, lo menos que sus palabras quisieron decir, es esto: qué los ricos muy probablemente no son moralmente dignos de confianza. El Cristianismo, hasta cuando entibiado, es bastante caliente para hervir toda la sociedad moderna y dejarla hecha girones. El mínimum de la Iglesia sería un ultimátum mortal para el mundo. Porque todo el mundo moderno está absolutamente basado en la presunción, no de que el rico es necesario (lo que sería sostenible) sino de que el rico es digno de confianza, lo cual (para un Cristiano) no es sostenible. Oiremos que incansablemente se repite en las discusiones sobre periódicos, compañías, aristocracias o reuniones políticas, ese argumento de que el rico no es sobornable. El hecho por supuesto es que el rico es sobornable; ya fue sobornado. Por eso es rico. Todo el alegato del Cristianismo es que el hombre pendiente de los hijos de esta vida es un hombre corrompido;
espiritualmente corrompido, políticamente corrompido, financieramente corrompido. Hay algo que Cristo y los santos cristianos repitieron con salvaje monotonía. Han dicho simplemente que ser rico es estar en un peculiar peligro de naufragio moral. No es demostrable cristiano matar a los ricos por ser violadores de la justicia definible. No es demostrablemente cristiano coronar a los ricos como convenientes regidores de la sociedad. Ciertamente no es cristiano rebelarse; contra los ricos o someterse a ellos. Pero ciertamente es cristiano fiarse de los ricos y creerlos moralmente más dignos de fe que los pobres. Por cierto un cristiano puede decir: “Respeto al hombre de ese rango, a pesar de que acepta sobornos”. Pero un cristiano no puede decir lo que dicen los hombres modernos en el desayuno y en el almuerzo: “Un hombre de ese rango no acepta sobornos”. Porque es parte del dogma cristiano, a cualquier hombre de cualquier rango, es capaz de aceptar sobornos. Es parte del dogma cristiano; y ocurre, por una curiosa
coincidencia, que también es parte evidente de la historia humana. Cuando la gente dice que un hombre “en esa posición” es incorruptible, no es necesario introducir al Cristianismo en la discusión. ¿Lord Bacon era lustrabotas? ¿El Duque de Marlborough era barrendero? En la Utopía más perfecta debo seguir preparado para la caída de cualquier hombre de cualquier , posición en cualquier momento; especialmente para mi caída, desde mi posición, en este momento.
Mucho periodismo vago y sentimental ha vertido la teoría de que el Cristianismo era pariente de la democracia; y casi todo lo dicho en ese sentido en claridad y solidez no alcanza para refutar el hecho de que ambas cosas se han peleado con frecuencia. La democracia y el Cristianismo se aúnan sobre un punto mucho más profundo. La idea especial y particularmente cristiana; cristiana es la idea de Carlyle: la idea de que debe regir el hombre que se siente capaz de regir. Sea lo que sea cristiano, eso es pagano. Si nuestra fe comenta los gobiernos, su comentario debe ser este: que debe regir el hombre que no se piense capaz de regir. El héroe de Carlyle dirá, “Seré rey”; pero el santo cristiano dirá, “Nolo episcoparí”. Si la gran paradoja del Cristianismo quiere decir algo, quiere decir esto: que hemos de tomar la corona en nuestras manos y buscar en los lugares áridos y en los rincones oscuros de la tierra hasta encontrar al hombre que se sienta incapaz de usarla. Carlyle’ estaba muy equivocado; no tenemos que coronar al
hombre excepcional que sabe que puede regir. Más bien tenemos que coronar al hombre mucho más excepcional que sabe que no puede.
Ahora, esta es una de las dos a tres defensas vitales de la democracia actuante. El simple mecanismo del voto, no es democracia, a pesar de que por hoy no es fácil proponer un método democrático más simple. Pero aún el mecanismo de la votación, en su sentido práctico, es profundamente
cristiano, es un intento de obtener la opinión de aquellos hombres demasiado modestos para ofrecerla. Es una aventura mística; es confiar especialmente en aquellos que no confían en sí. Este enigma es estrictamente peculiar a la cristiandad. En realidad, nada de humilde hay en la abnegación del budista; el dulce hindú es apacible pero no manso. Pero hay algo psicológicamente cristiano en la idea de buscar la opinión de los oscuros, en vez de seguir la conducta obvia de aceptar la opinión de los eminentes. Podría parecer curioso que diga que procurar votos es cristiano. Pero la idea primaria de la procuración de votos, es cristiana. Es estimular a los humildes, es decir al hombre modesto: “Amigo, sube más alto”. Y si existe algún leve defecto en la procuración de votos, es decir, en su perfecta y cabal misericordia, posiblemente sea porque la procuración no se cuida de estimular también al procurador.
La aristocracia no es una institución; la aristocracia es un pecado; generalmente venial. Es simplemente un desvío o un desliz de los hombres hacia la pomposidad y el aprecio de lo poderoso, lo cual es la parte más obvia y fácil de las relaciones del mundo.
Una de las mil réplicas a la fugaz perversión de la fuerza moderna es que las más rápidas y audaces empresas son también las más frágiles y llenas de sensibilidad. Lo más veloz es lo más suave. Un pájaro es activo porque es suave. Una piedra es inválida porque una piedra es dura. Por su propia naturaleza la piedra debe ir hacia abajo porque la dureza es debilidad. Por su naturaleza el pájaro puede subir, porque la fragilidad es fuerza. En la fuerza perfecta hay una especie de frivolidad, de ventilación, que por sí misma puede mantenerse en el aire. Los investigadores modernos de la historia de los milagros, solemnemente han admitido que una característica de los grandes santos es su poder de “levitación”. Podrían ir más lejos; una característica de los grandes santos es su poder de levedad. Los ángeles pueden volar porque se levantan a sí mismos livianamente. Este ha sido siempre el instinto de la cristiandad y especialmente el instinto del arte cristiano. Recuérdese cómo representaba Fra Angélico a sus ángeles, no sólo como pájaros sino casi como mariposas. Recuérdese cómo el arte medioeval rebosaba de ligeros y ondulantes ropajes y de pies veloces y saltarines. Fue lo que los modernos prerrafaelistas no pudieron imitar nunca de los verdaderos prerrafaelistas. Burne-Jones, nunca pudo adquirir esa profunda levedad de la Edad Media. En los cuadros cristianos antiguos, sobre cada figura, el cielo es como un paracaídas azul o dorado. Cada figura parece en actitud de volar hacia lo alto o de flotar por los cielos. La capa andrajosa del mendigo lo llevará hacia arriba lo mismo que las radiantes plumas de
los ángeles. Pero los reyes con sus oros pesados y los soberbios con sus ropajes de púrpura, por sus naturalezas se hundirán, porque el orgullo no puede llegar a la levedad o a la levitación. En todas las cosas el orgullo es una trapo cabizbajo de la solemnidad fácil. Uno “se instala” en una especie de seriedad egoísta; pero hay que elevarse hasta el alegré olvido de sí mismo. Un hombre “cae” en una reflexión parda; hacia arriba llega a un cielo azul. La seriedad no es una virtud. Sería herejía decirlo, pero una herejía más sensata sería decir que la seriedad es un vicio. .En realidad, eso de tomarse en serio es una inclinación o falla natural, porque es la cosa más fácil de hacer. Escribir un buen artículo orientador en el Times, es mucho más fácil que escribir un buen chiste en el Punch. Porque la solemnidad fluye de los hombres naturalmente; pero la risa es un brote repentino. Es fácil ser pesado y difícil ser liviano. Satanás cayó por la fuerza de su seriedad.
Pero desde que Europa es cristiana, mientras tuvo aristocracia, en el fondo de su corazón tuvo a peculiar honor tratar a la aristocracia como a una debilidad, generalmente como a una debilidad que debe ser permitida. Si alguien desea investigar este punto, que pase del Cristianismo a alguna otra atmósfera filosófica. Por ejemplo, compare las clases de Europa con las castas de la India. Allí, la aristocracia es mucho más respetada porque es mucho más intelectual. Se siente seriamente la escala de clases es una escala de valores espirituales; que en un sentido sagrado e invisible, el panadero es mejor que el carnicero. Pero el Cristianismo no; ni el Cristianismo más ignorante y pervertido sugirió jamás, que en ese sentido sagrado, un barón fuera mejor que un carnicero. Ningún Cristianismo, por ignorante o extravagante que fuera, sugirió jamás que un duque no se condenará. En la sociedad pagana pudo existir (no lo sé) división tan seria entre el hombre libre y el esclavo. Pero en la sociedad cristiana siempre hemos pensado que el caballero es una especie de broma, a pesar de que admito que en algunas grandes cruzadas y concilios, conquistó el derecho de ser llamado una broma práctica. Pero realmente en Europa, y en las raíces de nuestras almas, jamás hemos tomado en serio a la aristocracia. Solamente un ocasional
aliado no europeo (como el doctor Oscar Levy, el único nietzschista inteligente) puede arreglarse para tomar la aristocracia seriamente, aunque sea por un momento. Tal vez sea una inclinación patriota, que no lo creo, pero me parece que la aristocracia Inglesa es no solamente el tipo sino la corona y la flor de todas las aristocracias actuales: posee todas las virtudes de la Oligarquía y todos sus defectos. Es casual, es buena, es valiente en los asuntos obvios; pero tiene un mérito que sobrepasa a aquéllos. El grande y evidente mérito de la aristocracia Inglesa es que no hay posibilidad de que nadie la tome seriamente.
Abreviando; he deletreado pausadamente, como siempre. la necesidad de una ley pareja en la Utopía; y como siempre, encontré qua el Cristianismo había llegado allí antes que yo. Toda la historia de mi Utopía tiene la misma tristeza divertida. Siempre me precipitaba de mí arquitectura reflexiva con los planos de una nueva torrecilla solamente para encontrarla allí, a la luz del sol, resplandeciente y vieja de mil años. En el antiguo y parcialmente en el nuevo sentido, en mi Dios respondió a la plegaria “Líbranos de nuestros hechos”. Sin vanidad, realmente pienso que hubo un momento en que pude inventar el voto del matrimonio (institución) como obra de mi propia cabeza; pero descubrí con asombro que ya se había inventado. En vista de que sería largo mostrar hecho por hecho y palmo por palmo, cómo vi que mi propia concepción de la Utopía solamente se realizaba en la Nueva Jerusalén, tomaré este caso de la materia del matrimonio como indicador del manejo convergente; podría decir del convergente fracaso de todo lo demás.
Cuando los vulgares opositores del Socialismo hablan de imposibilidades y alteraciones de la naturaleza humana, siempre desaperciben una importante distinción. En las concepciones del ideal de sociedad moderna, hay algunos deseos posiblemente inaccesibles; pero hay algunos deseos que son indeseables. Que todos los hombres vivan en casas igualmente hermosas, es un sueño que puede o no puede realizarse. Pero que todos los hombres vivan en la misma casa hermosa, no es un sueño; es una pesadilla. Que un hombre ame a todas las viejas mujeres, es un ideal que puede no lograrse. Pero que un hombre mire a todas las viejas mujeres exactamente como mira a su madre, es no sólo un ideal irrealizable sino un ideal que no debe realizarse. No sé si el lector estará de acuerdo conmigo en esos ejemplos; pero agregaré el ejemplo que más me afectó siempre. Nunca pude concebir o tolerar una Utopía que no ‘me dejara la libertad que más aprecio, la libertad de atarme yo mismo. La anarquía completa no sólo haría imposible tener disciplina y fidelidad alguna; también haría imposible tener ninguna diversión.
Para tomar un ejemplo evidente, no valdría la pena hacer apuestas si una apuesta no atara. La disolución de todos los contratos no sólo arruinaría la moralidad sino que estropearía los deportes. Las apuestas y juegos de esa clase son simplemente la traza desarrollada y adaptada del instinto original del hombre por la aventura y el romanticismo, instinto del cual mucho se ha dicho en estas páginas. Y los peligros, las recompensas, los castigos y demás accesorios de una aventura, deben ser reales, o la aventura es sólo una pesadilla tramoyada y sin corazón. Si apuesto es porque pienso pagar, o si no en apostar no hay poesía. Si desafío es porque pienso pelear, o si no no hay poesía en el desafío. Si hago voto de ser fiel, debo ser maldecido cuando soy infiel o si no no hay ningún atractivo en la promesa sagrada. Ni un cuento de hadas podría hacerse con las experiencias de un hombre que cuando lo traga una ballena se cree en el tope de la torre Eiffel o que cuando se convierte en sapo es capaz de portarse como una cigüeña. Los resultados deben ser reales e irrevocables aun en el romanticismo más salvaje. El matrimonio cristiano es el gran ejemplo de un resultado real e irrevocable; y por eso es el tema principal y central de toda la literatura romántica. Y este es mi último ejemplo de las cosas que pediría, y pediría imperativamente de cualquier Paraíso social; pediría conservar mis pactos, pediría que mis juramentos y mis compromisos se tomaran seriamente; pediría que la Utopía vengara mi honor sobre mí mismo.
Todos mis amigos utopistas modernos se miran desconcertados, porque su última esperanza es la disolución de todas las ataduras. Pero otra vez me parece oír, como una especie de eco, una respuesta que viene desde más allá del mundo. “Tendrás obligaciones reales, por consiguiente reales aventuras, cuando llegues a mi Utopía. Pero la obligación más ardua y la más escarpada aventura es llegarse hasta ella.”