Ortodoxia. Capítulo VI

 

Capítulo VI. Las paradojas del cristianismo

La verdadera dificultad con este mundo nuestro, no es que sea un mundo irrazonable ni que sea un mundo razonable. La dificultad más común, es que es aproximadamente razonable; pero no del todo. La vida no es ilógica; pero es una trampa para los lógicos. Parece un poco más matemática y regular de lo que es; su exactitud está evidente, pero su inexactitud escondida; su salvajismo, yace en acecho. Doy un burdo ejemplo de lo que digo.
Supongamos que un matemático de la luna tuviera que dar cuenta del cuerpo humano; al punto vería que lo esencial de él, es ser duplicado. Cada hombre es dos hombres; el de la izquierda exactamente análogo al de la derecha. Habiendo observado que hay un brazo a la izquierda y otro a la derecha, una pierna a la izquierda y otra a la derecha, podría seguir observando y ver a cada lado el mismo número de dedos, ojos gemelos, orejas gemelas y aún gemelas cavidades craneanas. Al fin, lo tomará como una ley;
y luego, al encontrar un corazón a un lado, deducirá que también hay un corazón al otro. Y justamente cuando más sienta que está en lo cierto, estará equivocado.
Este silencioso desviarse de lo exacto por una pulgada, es en todo, un elemento imprevisto. Parece ser una especie de traición secreta del Universo. Una manzana o una naranja’ son suficientemente redondas como para que se las califique redondas, y sin embargo, no son redondas.
La misma tierra está torneada como una naranja, nada más que para inducir a algún simple astrónomo a que la llame globo. Una hoja de pasto se llama hoja, por asociación con la espada que termina en un punto; pero la hoja, no termina. Este elemento de lo oculto y lo imprevisto, existe en todas
las cosas. El racionalista las pierde; pero nunca las pierde sino a último momento. De la gran curva de nuestra tierra, podría inferirse que cada uno de sus palmos, es curvado como ella. Parecería racional que si un hombre tiene sesos a ambos lados de la cabeza, tuviera también un corazón a cada lado del cuerpo.
No obstante, todavía hay científicos organizando expediciones al Polo Norte; les gusta mucho el terreno plano. Todavía hay científicos organizando expediciones para encontrar el corazón del hombre; y cuando tratan de localizarlo, generalmente lo buscan por el lado donde no está.
Ahora, se comprueba la intuición o inspiración, en cuanto sospecha o no estas deformaciones imprevistas. Si nuestro matemático de la luna vio dos brazos y dos orejas, podría deducir que había dos omoplatos en la espalda y dos divisiones en el cerebro.
Pero si sospechó que el corazón del hombre estaba en su verdadero lugar, yo le llamaría algo más que matemático. Tal es exactamente la cualidad que desde entonces reconocí en el Cristianismo. No simplemente que deduzca verdades lógicas, sino que cuando repentinamente se vuelve ilógico, es que ha encontrado una, diremos, ilógica verdad. No sólo va derecho con las cosas que van derecho, sino que se desvía cuando las cosas se tuercen. Su plan se adapta a las irregularidades secretas y prevé lo imprevisible. Es simple con la verdad simple; pero es insistente con la verdad confusa.
Admitirá que el hombre tiene dos manos; no admitirá (aunque los modernistas lo lamenten) la deducción obvia de que tiene dos corazones. En el presente capítulo, mi objeto es este: demostrar que cuando sentimos que hay algo extraño en la teología cristiana, generalmente encontramos que hay algo extraño en la verdad. He mencionado antes, una frase inconsistente, según la cual, tal. y tal creencia no puede ser creída en nuestra época. Por supuesto que cualquier cosa puede ser creída en cualquier época.
Pero es bastante curioso que realmente haya un aspecto según el cual una creencia, puede ser más firmemente creída en una sociedad compleja que en una sociedad simple. Si un hombre encuentra verdadero al Cristianismo en Birmingham, actualmente posee más claras razones para su fe, que si lo
hubiera hallado `verdadero en Mercía. Porque cuanto más complicada parece una coincidencia, menos  pues de ser una coincidencia. Si caen copos de nieve con la forma exacta del corazón de Midlothian, puede ser un accidente. Pero si caen copos de nieve con la forma exacta del laberinto de Hampton Court, creo que se podía pensar que es un milagro. He comenzado a sentir la filosofía cristiana tal como si fuera uno de esos milagros.
La complicación de nuestro mundo moderno prueba la veracidad de ese credo, más acabadamente que ninguno de los sencillos, problemas de las épocas de fe. Fue en Notting Hill y en Battersea donde comencé a ver que el Cristianismo era verdadero. Debe ser por eso que la fe tiene la elaboración de doctrinas y detalles que tanto angustia a aquellos que admiran al Cristianismo sin creer en él. Cuando se abraza una creencia, se está orgulloso de su complejidad; como los cientistas están orgullosos de la complejidad de la ciencia. Esa complejidad demuestra qué rica es en descubrimientos. Si una creencia es en verdad correcta, es hacerle un cumplido decir que es elaboradamente correcta. Accidentalmente, un bastón puede calzar en un hoyo y una piedra calzar en un agujero. Pero una llave y una cerradura, son cosas ambas complejas. Y. si una llave calza en una cerradura, se sabe que es la llave adecuada.
Pero esta precisión implícita de todas las cosas, hace difícil hacer lo que debo hacer ahora: describir esa acumulación de verdades. Es muy difícil defender algo de lo cual se está enteramente convencido. Sería relativamente fácil cuando se está sólo en parte convencido.
Un hombre está parcialmente convencido de algo, cuando ha encontrado esta o aquella prueba que le permite proclamar ese algo. Pero un hombre no está realmente convencido de una teoría filosófica cuando encuentra que algo la prueba. Está realmente convencido recién cuando descubre que todo la prueba. Y cuando más razones encuentra convergiendo hacia esa convicción, más perplejo se muestra si sorpresivamente le piden que las enumere. Es por eso que si se pregunta a un hombre de inteligencia corriente: “¿Por qué prefiere la civilización al salvajismo?”, desconcertado mirará a su alrededor objeto tras objeto y apenas será capaz de responder vagamente: “Bueno, ahí está esa biblioteca… y hay pianos… y hay policías… “Toda la defensa de la civilización, es que su defensa es muy compleja. ¡Ha hecho tantas cosas! Pero la misma multiplicidad de pruebas que pudo hacer aplastante la respuesta, la hace casi imposible.
Por consiguiente, se ve que en torno a toda convicción completa, hay una especie de impotencia colosal. La creencia es tan grande que lleva mucho tiempo ponerla en acción. Y esa indecisión nace principalmente, y es bastante curioso, de una cierta indiferencia respecto al punto sobre el cual conviene empezar. Todos los caminos llevan a Roma; lo cual es una poderosa razón para que mucha gente no llegue nunca. En el caso de esta defensa de la convicción Cristiana, confieso que empezaría el argumento tan pronto en una cosa como en otra; lo empezaría en un nabo o en un coche de alquiler. Pero si he de velar por la claridad de lo que diga, supongo que sería más acertado continuar los argumentos iniciados en el último capítulo y que presentaban la primera de estas místicas’ coincidencias; o mejor dicho, ratificaciones. Cuanto había oído de la teología cristiana, había contribuido a alejarme de ella. Era un pagano a los 12 años y un agnóstico completo a los 16; y no pude comprender que alguien pasara de los 17, sin hacerse la sencilla pregunta que yo me hice. Por cierto, conservé una nebulosa reverencia hacia una deidad cósmica y un gran interés histórico por el Fundador del Cristianismo.
Pero cierto es que lo miraba como a un hombre; no obstante, quizá, pensé que aún bajo ese aspecto aventajaba a muchos de sus críticos modernos. Leí la científica y escéptica literatura de mi tiempo, por lo menos toda la que encontré escrita en inglés y rodando por ahí; y no leí nada más; quiero decir que no leí nada más sobre ningún otro aspecto filosófico. Los horrores baratos que también leí, tenían por cierto una saludable v heroica tradición de Cristianismo; pero entonces yo no lo sabía. De apologética cristiana, nunca leí una línea. Y ahora leo de ella lo menos posible. Fueron Huxley y Herbert Spencer y Bradlaugh, los que me volvieron a la teología ortodoxa.
Sembraron en mi mente las primeras frenéticas dudas de la duda. Nuestras abuelas estaban en lo cierto cuando decían que Tom Paine y los librepensadores desordenaban la mente. La desordenan.
Desordenaron la mía de una manera horrenda, El racionalismo me hizo pensar si la razón servía para algo; y cuando terminé de leer a Herbert Spencer, ya había llegado hasta a dudar, por primera vez, que la evolución realmente hubiera ocurrido nunca. Cuando dejé la última de las lecturas ateas del Coroner Ingersoll, el terrible pensamiento irrumpió en mi mente: “Usted casi me persuade de hacerme cristiano”.
Estaba próximo a la desesperación. Esta extraña aptitud que tienen los grandes agnósticos para crear dudas más profundas que las suyas
propias, podría ilustrarse de muchas maneras. Tomo una sola. Desde los de Huxley hasta los de Bradlaugh, todos los comentarios no cristianos y anticristianos que leía y releía, fueron desarrollando en mi inteligencia, gradual pero gráficamente, la lenta y aterradora idea de que el Cristianismo debía ser algo muy extraordinario. Porque (según lo entendí) el Cristianismo no sólo poseía los más inflamados defectos, sino que, aparentemente, tenía un místico talento para combinar entre sí defectos que parecían incombinables. Se le atacaba de todas partes y por razones todas
contradictorias. Tan pronto un racionalista demostraba que estaba demasiado al este, como otro demostraba con idéntica claridad, que estaba demasiada al oeste. Ni bien se calmaba mi indignación ante su angulosa y agresiva cuadratura, se despertaba nuevamente para observar y condenar su redondez sensual y enervante. Para el caso de que algún lector no hubiera sentido lo que estoy diciendo, daré algunos ejemplos que recuerde al azar, que demuestran esta auto-contradicción en un mismo ataque. Doy cuatro o cinco de ellos. Hay cincuenta más.
Por ejemplo, me impresionó bien el elocuente ataque al Cristianismo, como cosa inhumana y triste; me impresionó bien porque creía (y aún creo) que el sincero pesimismo es el pecado sin perdón. El pesimismo insincero, es un cumplimiento social, más agradable que otra cosa. Afortunadamente casi
todos los pesimismos son insinceros. Pero yo estaba dispuesto a volar la Iglesia Catedral San Pablo, si el Cristianismo era pesimista como decía esa gente. Lo extraordinario es esto: en el Capítulo I, me probaban (a mi completa satisfacción) que el Cristianismo era demasiado pesimista; y luego en el Capítulo II, comenzaban a probarme que era demasiado optimista. Una acusación era que el Cristianismo, con mórbidas lágrimas y terrores, impedía al hombre buscar placer y gozo, en el seno de la Naturaleza. Pero otra acusación era que confortaba a los hombres con una providencia ficticia y los albergaba en una “nursery” blanca y rosada. Un gran agnóstico preguntó por qué la Naturaleza no era bastante bella y por qué era tan duro ser libre. Otro gran agnóstico objetó que el optimismo cristiano, “vestidura engañosa tejida por piadosas manos”, nos ocultaba que la Naturaleza era fea y que era imposible ser libre. No bien un racionalista terminaba de llamar “pesadilla” al Cristianismo, otro comenzaba a llamarle paraíso de locos. Esto me intrigó; las acusaciones parecían inconsistentes. El. Cristianismo no podía ser al mismo tiempo la máscara negra de un mundo blanco y también la máscara blanca de un mundo negro. La situación del cristiano no podía ser simultáneamente tan confortable que fuera cobardía aferrarse a ella y
tan incómoda que fuera idiotez soportarla.
Si se falseaba la visión humana, se la falseaba en un sentido o en otro; no es posible usar anteojos rosados y verdes, al mismo tiempo. Con tremendo gozo, como todos los jóvenes de ese tiempo, preparé mi lengua para pronunciar las injurias que. gritó Swinburne a las tristezas del credo.
“Habéis vencido, pálido Galileo; el mundo se tornó gris, con vuestro aliento.” Pero cuando leí los comentarios del mismo poeta sobre el paganismo (como ser en “Atlanta”) deduje que antes que el Galileo respirara sobre él, el mundo era si es posible más gris, que después que hubo respirado.

El poeta sostenía (por cierto en lo abstracto) que la vida era una oscuridad absoluta. Y no obstante, en cierta forma, el Cristianismo había logrado oscurecerla. Era un pesimista el mismo hombre que acusaba de pesimista al Cristianismo. Pensé que algo estaba mal. Y por un loco instante cruzó mi mente la idea, de que tal vez no fueran los mejores jueces de la relación de la religión con la alegría, aquellos que, según sus propios comentarios, no poseían ni alegría ni religión.
Hay que entender que no llegué precipitadamente a la conclusión de que las acusaciones eran falsas o los acusadores tontos. Deduje simplemente que el Cristianismo debía ser más magnífico y más perverso de lo que creían. Una cosa podía tener estos dos defectos opuestos, pero si los tenía, debía ser algo muy curioso. Un hombre puede ser muy gordo en una parte del cuerpo y muy delgado en otra; pero la suya será una figura extraña. A esta altura mis pensamientos eran todos para la extraña figura del Cristianismo; no atribuí ninguna extrañeza a la figura de la mente racionalista.
Y aquí hay otro ejemplo de la misma especie. Sentí que un sólido caso contra el Cristianismo provenía de ese algo tímido, monjil, sin hombría que hay en torno de todo lo llamado cristiano; especialmente en su actitud frente a la resistencia y a la lucha. Los grandes escépticos del siglo XIX, eran
ampliamente viriles. Bradlaugh con su modo expansivo y Huxley con el suyo reticente, eran decididamente hombres. Por comparación, parecía evidente la existencia de algo de debilidad y de excesiva paciencia en los consejos cristianos. La paradoja del Evangelio sobre “la otra mejilla”, el hecho
de que los sacerdotes nunca pelearán y cien cosas más, hacían plausible la acusación de que el Cristianismo era un intento de hacer al hombre demasiado parecido a las ovejas. Lo leí y lo creí, y de no haber leído algo diferente, seguiría creyéndolo. Pero leí algo muy distinto. Volví la página en mi manual de agnóstico y mis sesos dieron una vuelta. Ahora encontraba que si debía odiar al Cristianismo no había de ser porque luchaba poco sino porque luchaba demasiado. El Cristianismo ahora parecía ser el padre de todas las guerras. Había hecho caer sobre el mundo un diluvio de sangre.
Me había enojado contra él porque no se enojaba nunca.
Ahora se me decía que me enojara contra él porque su ira había sido lo más tremendo y horrible de la historia humana; porque su ira había impregnado la tierra y se había levantado hasta el sol. Los mismos que reprochaban al Cristianismo la mansedumbre y la pasividad de los monasterios, eran los que ahora le reprochaban la violencia y el valor de las Cruzadas. Si Eduardo el Confesor no peleó y si Ricardo Corazón de León peleó, todo era culpa del pobre viejo Cristianismo.
Los Cuáqueros eran (se nos dice), los únicos cristianos característicos y no obstante las masacres de Cromwell y de Alva, eran crímenes característicamente cristianos. ¿Qué quería decir todo aquello? ¿Qué era este Cristianismo que prohibía la guerra y siempre provocaba guerras? ¿Cuál sería la naturaleza de aquello que uno injuriaba primero porque no quería luchar y luego porque estaba constantemente luchando? ¿En qué mundo de enigmas había nacido ese asesino monstruoso y esa monstruosa mansedumbre? La figura del Cristianismo era más extraña a cada instante.
Y tomo un tercer caso. El más raro de todos porque contiene la única verdadera objeción a la fe. La única verdadera objeción que se puede poner a la religión cristiana, es decir simplemente que es una religión. El mundo es un lugar grande lleno de gentes muy distintas. El Cristianismo (razonablemente podría decirse), es algo limitado a ciertos sectores de gente; comenzó en Palestina y prácticamente se ha detenido en Europa. Cuando era joven me impresionó este argumento y me atrajo la doctrina que con frecuencia se predica en las sociedades moralistas, que existe una gran iglesia inconsciente común a toda la humanidad y fundada en la omnipresencia de la conciencia humana. Se decía que la creencia divide los hombres; pero que al menos la moral los unía. El alma podía recorrer los más extraños y remotos países y edades encontrando siempre un sentir común esencialmente ético. Bajo los árboles orientales podría encontrar a Confucio escribiendo “No robarás”. Podría descifrar los más oscuros jeroglíficos de los desiertos primitivos, y descifrados dirían: “Los niños deben decir la verdad”. Creí esta doctrina de la confraternidad de todos los hombres en la posesión de un instinto moral, v la creo. aún -junto a otras cosas. Estaba disgustado con el Cristianismo porque sugería (según supuse) que todas las edades y todos los imperios de los hombres habían huido de esta luz de la justicia y de la razón. Pero luego encontré algo asombroso.
Encontré que los que decían que desde Platón hasta Emerson la especie humana era una sola iglesia, eran los mismos que decían que la moralidad había cambiado por completo y que lo que fue bien en una época, fue mal en otra. Si v pedía, digamos, un altar, me decían que no lo necesitaba, porque los hombres nuestros hermanos, en sus costumbres y en sus ideales, nos habían legado claros oráculos y una creencia.
Mas si tímidamente insinuaba que una de las costumbres universales de los hombres fue tener un altar, daban la vuelta y me respondían que los hombres siempre habían vivido en la oscuridad y en las supersticiones de los salvajes. Hallé que su injuria cotidiana al Cristianismo era culparlo de ser luz para unos y de haber dejado a otros morir en la oscuridad. Pero también hallé que ellos mismos se jactaban de que la ciencia y el progreso eran descubrimientos de unos pocos y que todos los demás, morían en las tinieblas.
Su principal insulto al Cristianismo, era actualmente la principal ponderación que hacían de si mismos, y parecía haber una extraña injusticia en esa insistencia relativa para volver sobre las dos cosas. Considerando a un pagano o a un agnóstico, debíamos recordar que todos los hombres tenían una
religión; considerando a un místico o a un espiritualista, solamente debíamos observar qué absurdas religiones tenían algunos hombres.
Podíamos fiarnos de la ética de Epicuro, porque la ética nunca cambiaba; no debíamos fiarnos de la ética de Bossuet porque la ética había cambiado mucho. Cambiaba en doscientos años, pero no en dos mil.
Esto empezaba a ser alarmante. Parecía no tanto que el Cristianismo fuera suficientemente malo para contener cualquier defecto, sino más bien que cualquier bastón era suficientemente bueno para apalear con él al Cristianismo.
Otra vez ¿qué podría ser ese algo asombroso que la gente ansiaba contradecir y que por contradecirlo no importaba contradecirse? Hacia todos los lados veía lo mismo. No puedo conceder más espacio a esta discusión detallada del asunto; mas, para que nadie suponga que he elegido con parcialidad los tres casos expuestos, brevemente mencionaré otros. Por ejemplo, algunos escépticos escribieron que el gran crimen del Cristianismo había sido atentar contra la familia; había arrastrado a las mujeres a la soledad y a la contemplación del claustro; lejos de sus hogares y de sus hijos. Pero otros escépticos (imperceptiblemente más avanzados) decían que el gran crimen del Cristianismo era imponemos el matrimonio y la familia; condenar a las mujeres al yugo del hogar y de los hijos impidiéndoles la soledad y la contemplación. El cargo se invertía. O bien, que algunas frases de las Epístolas y del ritual del matrimonio eran dichas por anticristianos para expresar su desprecio por la inteligencia de la mujer. Pero encontré que los anticristianos mismos despreciaban la inteligencia de la mujer; su gran mofa a la Iglesia del Continente era porque “solamente mujeres” la frecuentaban.
O bien, se reprochaba al Cristianismo sus costumbres desnudas y hambrientas; sus sotanas y sus comidas secas. Pero un instante después se le reprochaba su pompa y su ritual; sus relicarios de pórfido y sus vestiduras doradas. Se le increpaba por ser demasiado sobrio y por ser demasiado colorido. Y otro más; se acusaba al Cristianismo de restringir demasiado la sexualidad, cuando Bradlaugh descubrió que la restringía demasiado poco. Con frecuencia en el mismo aliento se le acusaba de austeridad afectada y de religiosa extravagancia.
Entre las tapas del mismo panfleto ateo, hallé que se reprendía a la fe por su falta de unidad, “uno piensa una cosa y otro piensa otra” y se le reprendía también por su unidad: “la diversidad de opiniones es lo que libra al mundo de caer en lo salvaje”. Un librepensador amigo mío en su conversación culpaba al Cristianismo de despreciar a los judíos y luego él mismo despreciaba al Cristianismo por ser judío.
Entonces quise ser completamente imparcial; y completamente imparcial quiero ser ahora. No decidí que todo el ataque contra el Cristianismo estaba equivocado. Solamente deduje que si el Cristianismo era malo, debía ser realmente muy malo. Tales horrores opuestos podían hallarse combinados en algo; pero ese algo debía ser algo único y muy extraño. Hay hombres miserables, y a la vez pródigos; pero son raros. Hay hombres sensuales y a la vez ascéticos; pero son raros. Pero si realmente existía esa mole de contradicciones locas, cuaquerista y sedienta de sangre, demasiado bella y  demasiado harapienta, .austera y no obstante cómplice de la voluptuosidad visual, enemiga de las mujeres y su refugio, solemnemente pesimista y solemnemente optimista, si este demonio existía, luego en este demonio había algo absolutamente supremo y exclusivo.
Porque mis maestros racionalistas no me dieron ninguna explicación de esta corrupción excepcional. A sus ojos, hablando teóricamente, el Cristianismo era solamente uno de esos errores, vulgares mitos de los mortales. No me dieron la clave de tan inmensa y desviada perversidad. Tal
paradoja de maldad, adquiere proporciones sobrenaturales.
Y ciertamente era casi tan sobrenatural como la infalibilidad del Papa. Una institución histórica que nunca acierta es en realidad tan milagrosa como una que no puede equivocarse.
La única explicación que se me ocurrió de inmediato fue que el Cristianismo no venía del cielo sino del infierno. Si Jesús de Nazareth no era Cristo, debió ser el Anticristo.
Y luego, en una hora de calma, un pensamiento me asaltó como rayo silencioso. Repentinamente se me ocurrió otra explicación. Supongamos que oímos a muchos hombres hablando de un hombre desconocido. Supongamos que perplejos, oímos que unos decían que era demasiado alto y otros decían que era demasiado bajo; unos comentaban su gordura y otros su delgadez; unos le hallaban demasiado moreno y otros demasiado rubio. Una de las explicaciones (como ya se admitió) sería que podría tener una extraña figura.
Pero aquí hay otra explicación. Podría ser el término medio. Los hombres ofensivamente altos le hallarían bajo. Y los muy bajos lo encontrarían alto. Los viejos que ya adquirían corpulencia, le juzgarían insuficientemente lleno; los viejos buenos mozos que ya adelgazaban podrían sentir que propasaban las estrechas líneas de la elegancia. Tal vez los suecos (que tienen el cabello pálido como estopa) le llamaron moreno, mientras que los negros le consideraban definidamente rubio. Abreviando, quizá ese algo extraordinario en realidad fuera lo ordinario, por lo menos, lo normal; el justo medio. Tal vez, después de todo, el Cristianismo fuera sensato y locos fueran todos sus críticos, en varios sentidos locos. Probé esta idea preguntándome si en sus acusadores, había o no había, algo morboso que explicara la acusación.
Me sorprendí al descubrir que la llave andaba bien en una cerradura. Por ejemplo era ciertamente extraño que el mundo moderno acusara al Cristianismo de austeridad corporal y al mismo tiempo de pompa artística. Pero también era extraño, muy extraño, que el mismo mundo moderno combinara el lujo corporal extremado con una extremada ausencia de pompa artística. El hombre moderno pensaba que las ropas de Becket eran demasiado ricas y sus comidas demasiado pobres.
Pero el hombre moderno era excepcional en la historia; antes no hubo hombre que comiera tan elaboradas comidas en tan horrendas vestimentas. El hombre moderno juzgaba a la iglesia demasiado simple en lo que la vida moderna es demasiado compleja; encontraba a la iglesia demasiado
resplandeciente en lo que la vida moderna es demasiado sombría. Al hombre que le disgustaban las fiestas sencillas, lo enloquecían “los platos”.
El hombre que reprobaba sus vestiduras, usaba un par de pantalones grotescos. Y seguramente que si había alguna insensatez en el asunto; la había en los pantalones y no en la túnica simplemente caída.. Si había insensatez, era en los extravagantes “platos” y no en el pan y el vino.
Recorrí todos los casos y la llave calzaba siempre. Fácilmente explicable era el hecho de que Swinburne se irritara por la infelicidad de los cristianos y se irritara más aún por su felicidad. No se trataba ya de que en el Cristianismo hubiera una complicación de enfermedades, sino de una
complicación de enfermedades que había en Swinburne. Las restricciones del Cristianismo le entristecían simplemente porque era más hedonista de lo que seria un hombre sano. La fe de los cristianos le irritaba porque era más pesimista de lo que sería un hombre sano.
Del mismo modo, los maltusianos por instinto atacaban al Cristianismo; no porque en el Cristianismo hubiera nada especialmente antimaltusiano, sino porque en el maltusianismo hay algo antihumano.
No obstante estas comprobaciones, sentía que no podía ser del todo cierto que el Cristianismo fuera simplemente sensato y estuviera en el justo medio. En realidad había en él un elemento de énfasis, casi de frenesí, que justificaba superficialmente la crítica de los del siglo. Podía ser moderado; comencé a pensar más y más que era moderado, pero no simple y completamente moderado; no era puramente moderado y respetable. La fiereza de los cruzados y la mansedumbre de los santos podían equilibrarse entre sí; no obstante la fiereza de los cruzados era muy fiera y la mansedumbre de los santos era mansa más allá de toda decencia. Y fue a esta altura de la especulación que recordé mis pensamientos sobre el mártir y el suicida. Allí había esa combinación entre dos pasiones casi insensatas que arrojaban un saldo de sensatez.
Y aquí había otra contradicción como aquella; y era verdad: Tal era exactamente una de las paradojas en que se fundaban los escépticos para hallar falsa la creencia; y en ella me fundé yo para hallarla verdadera. Por locamente que los cristianos amaran al martirio y odiaran al suicidio, jamás sintieron esas pasiones más locamente que las sentí yo mucho tiempo antes de pensar en el Cristianismo. Así se abrió la parte más difícil e interesante del proceso mental y comencé a seguir la pista oscura de esas ideas, a través de todos los enormes pensamientos de nuestra teología. La idea era la misma que yo había bosquejado refiriéndome al optimismo y al pesimismo: que no queremos la amalgama de dos cosas ni aceptarlas como un compromiso; queremos ambas cosas al máximo de su energía; ira y amor, pero ambos ardiendo.
Aquí sólo sigo la idea en relación a la moral. Pero no necesito recordar al lector que la idea de esta combinación es el centro de la teología ortodoxa. Porque la teología ortodoxa ha insistido especialmente en que Cristo no era un ser diferente a Dios y diferente al hombre, como los elfos; ni mitad humano y mitad no, como los centauros, sino ambas cosas por completo: muy hombre y muy Dios. Y ahora sigo la huella sobre la cual hallé esta noción.
Todos los hombres sensatos pueden ver que la sensatez es un equilibrio; que es posible ser loco y comer demasiado y ser loco y comer muy poco. Algunos modernos han aparecido con vagas versiones de un progreso y una evolución que pretende destruir el equilibrio de Aristóteles. Parecen sugerir que estamos encaminados a morir progresivamente de hambre o a comer cada mañana desayunos más y más suculentos, hasta siempre. Pero la gran verdad del equilibrio perdura para todos los hombres que piensan y aquella gente no ha podido alterar ningún equilibrio, excepto, tal vez, el propio. De acuerdo en que todos debemos conservar un equilibrio, el verdadero interés viene con la pregunta de cómo debemos conservado. Tal fue el problema que intentó resolver el paganismo; tal fue el problema que el Cristianismo resolvió, y resolvió en una forma muy extraña.
El paganismo declaraba que la virtud era un equilibrio. El Cristianismo declaraba que la virtud era un conflicto: la colisión de dos pasiones aparentemente opuestas. Por supuesto, no realmente incoherentes, sino difícilmente poseídas al mismo tiempo. Sigamos por un momento la clave del mártir y del suicida y tomemos el caso de la valentía. Ninguna cualidad anuló tanto como ésta al cerebro ni embarulló tanto las definiciones de los sensatos puramente racionalistas. El coraje es casi una contradicción de términos. Es un intenso deseo de vivir que toma forma de disponerse para la muerte.
“Aquél que perdiera su vida es aquél que la salvará”, no es una pieza de misticismo para los santos y los héroes. Es una advertencia cotidiana para los marinos y los escaladores de montañas.
Podría estar impresa en las guías alpinas y en el manual de instrucción de los reclutas. Esta paradoja es todo el principio en que se funda la valentía; aún la valentía puramente brutal y terrena. Un hombre arrojado por el mar a la costa, puede salvar su vida si la arriesga en el precipicio. Sólo pisando
continuamente a una pulgada de él, podrá salvarse de la muerte. Un soldado acorralado por enemigos, para evadirse del cerco tendrá que combinar un intenso deseo de vivir con un extraño desdén por la muerte. No debe simplemente aferrarse a la vida, porque sería un cobarde y no podría evadirse. Debe buscar la vida con un espíritu de furiosa indiferencia hacia ella; debe desear la vida como si fuera agua y no obstante beber la muerte como si fuera vino. Imagino que ningún filósofo jamás ha expresado este romántico enigma con claridad suficiente; y por cierto yo tampoco lo he hecho.
Pero el Cristianismo llegó a más: ha demarcado los límites de este enigma sobre las funestas tumbas del suicida y del héroe, mostrando la distancia que media entre aquél que murió por la vida y aquél que murió por la muerte. Y al tope de las lanzas de Europa, ha mantenido en alto el estandarte del misterio de la caballerosidad: la valentía cristiana que es desdeñar la muerte y no la valentía china que es desdeñar la vida.
Y ahora comencé a descubrir que esta doble pasión en todo era la clave de la ética cristiana. Siempre la creencia mitiga el silencioso choque de dos emociones impetuosas. Tomemos por ejemplo el caso de la modestia; del equilibrio entre el orgullo y la postración. El pagano moderado como el
moderado agnóstico, sencillamente diría que está conforme consigo mismo, pero no insolentemente satisfecho; que hay otros mucho mejores y mucho peores; que unos pocos le han desertado, pero que los reconquistará.
Abreviando, hablaría con su cabeza en el aire, pero no necesariamente con la nariz en alto. Esta es una actitud viril y racional, pero queda abierta a la objeción que mencioné para el optimismo y el pesimismo, “la resignación” de Mathew Arnold. Dos cosas que se mezclan, son dos cosas que se diluyen;
ninguna se manifiesta con todo su vigor ni contribuye con todo su color. Este orgullo moderado no eleva el corazón como clamor de trompeta; no es posible vestirse de rojo y de oro al mismo tiempo. Por otra parte, esta tímida modestia racionalista, no purifica con fuego al alma ni la hace transparente como el cristal; no convierte al hombre en un niño que puede sentarse en el pasto, como lo haría la estricta humildad escudriñada. No le hace ver maravillas cuando mira hacia lo alto; porque Alicia tiene que volverse pequeña para entrar al País de las Maravillas. En esa mezcla se pierde la poesía de ser orgulloso y la poesía de ser humilde. El Cristianismo, por un extraño procedimiento logró salvar ambas poesías.
Separó las dos ideas y las exageró. En un sentido el Hombre debía ser más altivo de lo que había sido antes; en otro sentido debía ser más humilde de lo que había sido nunca. En tanto que soy Hombre, soy el rey de las criaturas. En tanto que soy un hombre, soy el rey de los pecadores. Tenía que
desaparecer toda humildad que significara pesimismo; toda humildad que diera al hombre una visión vaga y mezquina de su destino. Ya no debíamos escuchar el clamor de los Eclesiastas que decían que la humanidad no tenía preeminencia sobre lo bruto, ni el horrendo grito de Homero diciendo que el hombre era la bestia más triste de los campos. El Hombre era la estatua de Dios caminando por el jardín; el Hombre tenía preeminencia sobre todos los brutos; el hombre estaba triste porque no era una bestia sino un dios roto. Los griegos habían hablado del hombre arrastrándose sobre la tierra, como aferrándose a ella. Ahora, el Hombre debía hollarla como subyugándola. El Cristianismo tenía una idea de la dignidad del hombre, que sólo podría expresarse en coronas resplandecientes como el sol o en abanicos del plumaje de pavos reales. No obstante, también tenía una idea de la pequeñez del hombre que sólo podría expresarse en una fantástica y estrecha sumisión, en las grises cenizas del Santo Domingo y en las nieves
blancas del San Bernardo. Cuando uno empezaba a pensar en sí mismo, había suficiente perspectiva y espacio para acumular cualquier cantidad de fría abnegación y de verdad amarga.
Ahí el caballero realista puede dejarse ir tan lejos como quiera. Tenía un campo abierto el pesimista alegre. Que diga cualquier cosa contra sí mismo, menos blasfemar del objeto original de su existencia;
que se llame tonto y aún maldito tonto (a pesar de que esto es calvinista); pero no diga que no vale la pena que el tonto se salve. No diga que el hombre, carece de valor. Abreviando, aquí otra vez el Cristianismo resolvió la dificultad de combinar furias opuestas, conservando a ambas y conservándolas furiosas. La Iglesia estaba en oposición con los dos puntos. Difícilmente se pensaría demasiado mal de sí mismo.
Difícilmente se pensaría demasiado bien de la propia alma. Tomemos otro caso; el complicado problema de la caridad, la cual parecía muy fácil a algunos idealistas altamente privados de ella. La caridad es una paradoja, como la modestia y la valentía. Llanamente expresada, caridad significa una de dos cosas: perdonar actos imperdonables o amar gente no amable. Pero si nos preguntamos (como lo hicimos en el caso del orgullo) qué sentiría sobre ese asunto un pagano sensato, probablemente empezáramos por el fondo del problema. Un pagano sensato diría que hay algunas personas a quienes se puede perdonar y otras para quienes el perdón es imposible: es posible que riera de un esclavo que roba vino; pero mataría y maldeciría aún después de muerto, a un esclavo que traicionara a su benefactor. En tanto que el acto es perdonable, el hombre es perdonable. Esto es racional
y aún reconfortante, pero es una dilución de dos cosas. No da lugar al horror por la injusticia, que sentiría un inocente. No da lugar a la simple ternura de los hombres por los hombres, que es el encanto de todo lo caritativo. El Cristianismo intervino como antes. Sorpresivamente intervino con una espada y separó el crimen del criminal. Al criminal debemos perdonarle setenta veces siete. El crimen no debemos perdonarlo en absoluto. No basta que el esclavo que roba vino inspirara en parte ira y en parte bondad. Debíamos estar más furiosos que antes contra el robo y no obstante más buenos que antes con el ladrón. Había lugar para una ira y para un amor desenfrenados.
Y cuanto más pensaba en el Cristianismo, más cuenta me daba de que habiendo establecido una regla y un orden, el principal objeto de ese orden, era dar lugar a que se desenfrenaran todas las cosas buenas.
La libertad mental y emotiva, no eran tan sencillas como aparentaban. En realidad requerían un equilibrio de leyes y condiciones tan estricto como el de la libertad social y política. El vulgar anarquista asceta se larga a sentir libremente cualquier cosa y termina al fin golpeándose contra una paradoja que le impide seguir sintiendo nada. Se evade de las limitaciones del hogar para entregarse a la poesía. Pero cuando deja de sentir las limitaciones del hogar, deja de sentir “La Odisea”. Está libre de prejuicios nacionales y fuera del patriotismo. Pero al sentirse fuera del patriotismo se siente fuera de “Enrique V”.
Así, un literato estaría excluido de toda literatura y sería más prisionero que cualquier beatón. Porque si existe una pared entre usted y el mundo, lo mismo es que se refiera a sí mismo como encerrado fuera o como encerrado dentro. No queremos la universalidad que está fuera de todos los sentimientos normales.
Lo que queremos es la universalidad que está dentro de todos los sentimientos normales. Y allí está la diferencia que existe entre estar fuera de ellos como un hombre está fuera de la prisión y estar libre de ellos como un hombre está libre de una ciudad. Estoy fuera del Castillo de Windsor (es decir no estoy forzosamente detenido allí) pero no estoy, en ninguna forma libre de ese edificio. ¿Cómo un hombre aproximadamente libre de emociones refinadas podría hacerlas vibrar en un espacio abierto sin perjuicio y desastre?
Esa fue la conclusión de la paradoja cristiana sobre pasiones paralelas. Ya de acuerdo en el dogma primordial de una guerra entre lo divino y lo diabólico, podían soltarse como catarata la rebelión y la ruina del mundo, el optimismo y el pesimismo, como si fueran simple poesía.
San Francisco alabando todo bien, pudo ser un optimista más gritón que Walt Whitman. San Jerónimo denunciando todo mal, pudo pintar al mundo con más negrura que Schopenhauer. Ambas pasiones fueron libres porque se retuvieron en su lugar. El optimista pudo volcar toda la alabanza que
quiso sobre la alegre música de las marchas, las trompetas doradas y los purpúreos estandartes yendo a la batalla. Pero no podía decir que la lucha era inútil. El pesimista podría describir tan sombríamente como quisiera, las enfermantes marchas o las heridas sangrientas. Pero no debía decir que la lucha era sin esperanza. Y así era con todos les problemas morales, con el orgullo, con la rebeldía, con la compasión.
Definiendo la doctrina central, la Iglesia no sólo mantuvo lado a lado cosas aparentemente incoherentes, sino, lo que es más, les permitió irrumpir con una especie de violencia artística, cosa imposible de realizar en otra forma, salvo tal vez, para los anarquistas. La mansedumbre se volvió más dramática que la locura.
El Cristianismo histórico, se irguió hasta ser un golpe teatral de moralidad -cosas que son a la virtud lo que los crímenes de Nerón son al vicio-. Los espíritus de la indignación y de la caridad, adquirieron formas terribles y atrayentes, escalonándose desde la mansedumbre paciente que el primer y más grande Plantagenet azotó como a perro, hasta la sublime piedad de Santa Catalina que ante la vergüenza pública besó la cabeza ensangrentada del criminal. La poesía podía actuarse tanto como componerse. Pero este heroico y monumental modernismo de la ética, se evaporó enteramente con la religión sobrenatural.
Siendo humildes, podían exhibirse; pero nosotros somos demasiado orgullosos para ponernos en evidencia. Nuestros maestros moralistas, con toda razón escriben en pro de la reforma de las prisiones; pero no es probable que veamos al señor Cadbury o a ningún otro filántropo eminente, entrando a la cárcel de Reading para abrazar el cadáver estrangulado antes de que lo arrojen a la cal viva. Nuestros maestros moralistas, reposadamente escriben contra el poder de los millonarios; pero no es probable que veamos al señor Rockefeller o a ningún otro tirano moderno, recibiendo azotes públicamente en la Abadía de Westminster.
Así las dobles acusaciones de los del siglo a pesar de arrojar nada más que oscuridad y confusión sobre sí mismos, arrojaron una positiva luz sobre la fe. Es cierto que la Iglesia histórica había insistido simultáneamente sobre el celibato y sobre la familia; al mismo tiempo (y si es posible expresarlo así)
había sido vigorosamente terminante en que se tuvieran hijos y en que no se tuvieran. Mantuvo lado a lado las dos insistencias, como si mantuviera dos colores, rojo y blanco; como el blanco y el rojo del escudo de San Jorge. Siempre ha manifestado un saludable odio por lo rosado. Odia esa combinación de dos colores que es el débil expediente de que se sirven los filósofos. Odia esa evolución del negro al blanco que es equivalente a un gris sucio. De hecho, toda la teoría de la Iglesia sobre la virginidad, podría simbolizarse en la expresión de que el blanco es un color; no simplemente una ausencia de color. Todo lo que arguyo aquí, podría expresarse diciendo que el Cristianismo, en muchos de esos casos, logró conservar la coexistencia de dos colores con toda la nitidez de cada uno. No hizo una mezcla, como es mezcla el bermellón y la púrpura.
Por supuesto, así pasó también con la contradictoria acusación de los anticristianos, respecto al sometimiento y a la masacre. Es cierto que la Iglesia dijo a algunos hombres que lucharan y a otros que no lucharan; y es cierto que aquellos que lucharon fueron como rayos, y aquellos que no lucharon fueron corno estatuas. Todo esto significa simplemente que la Iglesia determinó emplear sus Superhombres y sus Tolstoys. La vida de batalla debe tener algo bueno, ya que a muchos hombres les gustó ser soldados. Y en la idea de la no resistencia también debe haber algo bueno, ya que a muchos buenos hombres les gustó ser quáqueros. Todo lo que hizo la Iglesia (en cuanto a esto se refiere) fue evitar que alguna de estas cosas buenas suprimiera a la otra. Existieron lado a lado. Los tolstoyanos, teniendo todos los escrúpulos monjiles, simplemente se hicieron monjes. Los quáqueros formaron un club, en vez de formar una secta.
Los monjes dijeron todo lo que dicen los tolstoyanos; volcaron lúcidas lamentaciones sobre la crueldad da las batallas y la inutilidad de la venganza. Pero los tolstoyanos no son tan acertados como para gobernar el mundo; y en las épocas creyentes no se les permitió gobernarlo. El mundo no dejó pasar desapercibida la última carga de Sir James Douglas, o la bandera de la doncella Juana. Y algunas veces, esta suavidad y aquella fiereza se encontraron y justificaron su alianza; se cumplía la paradoja de todos los profetas, y en el alma de San Luis, el león yacía junto al cordero. Pero hay que recordar que este texto se interpretó con demasiada ligereza. Constantemente aseguran, especialmente las tendencias tolstoyanas, que cuando el
león reposa junto al cordero, se vuelve medio cordero. Pero tal cosa seria brutal anexión e imperialismo de parte del cordero. Es el cordero absorbiendo al león en vez de ser el león comiéndose al cordero. El verdadero problema es: ¿puede el león descansar junto al cordero y conservar no obstante su real
ferocidad? Éste es el problema que afrontó el Cristianismo; éste es el milagro que realizó la Iglesia.
Es lo que yo llamo presentir las excentricidades ocultas de la vida. Esto es saber que el corazón del hombre está a la izquierda y no al centro. Esto es saber no solamente que la tierra es redonda sino saber en qué puntos es achatada. La doctrina cristiana se anticipó a las rarezas de la vida. No sólo descubrió la ley sino también previó las excepciones. Los que dicen que el Cristianismo descubrió la misericordia, menosprecian al Cristianismo; cualquiera podría descubrir la misericordia.
De hecho, todos la descubrieron. Pero descubrir un procedimiento que permitiera ser misericordioso y al mismo tiempo severo, era anticiparse a una extraña necesidad de la naturaleza humana.
Porque todos queremos que se nos perdone un pecado grande como si fuera pequeño. Cualquiera dirá que no somos tan completamente miserables ni tan completamente felices. Pero realizar hasta qué punto es posible ser muy miserable sin que al mismo tiempo fuera imposible ser muy feliz, eso ya era un descubrimiento en psicología. Cualquiera aconsejaría: “No te magnifiques ni te empequeñezcas”, y sería una limitación. Pero decir: “Aquí te puedes magnificar y aquí te puedes empequeñecer”, era una emancipación.
Este era el gran hecho de la ética cristiana; el descubrimiento de un nuevo equilibrio. El paganismo había sido como un pilar de mármol, recto hacia arriba porque era simétricamente proporcionado. El Cristianismo era como una roca inmensa, irregular y romántica que, no obstante oscilar sobre su pedestal al menor contacto, por sus mismas exageradas excrecencias que se equilibraban exactamente entre sí, se entronizó en el mundo por mil años. En una catedral gótica, todas las columnas eran diferentes, pero todas eran necesarias. Cada soporte parecía un soporte accidental y fantástico; cada apoyo era un apoyo volante.
Así en la cristiandad, cada accidente daba equilibrio. Becket usó una camisa de crin bajo la encarnada y oro; y hay mucho que decir sobre esa combinación; porque Becket tuvo su beneficio de la camisa de crin, y los de la calle tuvieron el suyo de la roja y dorada. Por lo menos ese es mejor que el proceder de los millonarios modernos que usan la negra y la parda exteriormente, y llevan la de oro más cerca del corazón.
Pero el equilibrio no siempre estaba en el cuerpo de un hombre, como en el de Becket; el equilibrio, frecuentemente estaba distribuido sobre todo el cuerpo de la cristiandad. Porque un hombre oraba y ayunaba entre las nieves del Norte, en las ciudades del Sur, se podían arrojar flores los días de sus fiestas; y porque los fanáticos sólo bebían agua entre las arenas de Siria, otros hombres podían seguir bebiendo sidra en los vergeles de Inglaterra. Esto es lo que hace que la cristiandad sea mucho más sorprendente y al mismo tiempo más interesante que el imperio pagano; tal como la catedral de Amiens, es no mejor, pero sí más interesante que el Partenón. Si alguien quiere una prueba moderna de lo dicho, que considere el hecho de que Europa, a pesar de conservarse una, bajo el Cristianismo se dividió en naciones individuales.
El patriotismo es un ejemplo perfecto de este deliberado equilibrio de un énfasis contra otro énfasis.. El instinto del imperio pagano hubiera dicho: “Tenéis que ser todos ciudadanos de Roma, y todos desenvolvernos igual; dejad que el germano sea cada vez menos pausado y reverente; y los franceses menos experimentales y veloces”. Pero el instinto de Europa cristiana dice: “Dejad que el germano continúe lento y reverente para que el francés pueda ser veloz y experimental con más seguridad.
Haremos un equilibrio entre esos excesos. El absurdo llamado Alemania corregirá la locura llamada Francia”. Lo final y más importante es esto que explica lo que resulta tan inexplicable a los críticos modernos de la historia del Cristianismo. Me refiero a las monstruosas guerras que surgen en torno de pequeños puntos de teología; los terremotos de emoción alrededor de un gesto o una palabra. Es cuestión de una pulgada; pero una pulgada es todo cuando se está conservando un equilibrio. En ciertas cosas, la Iglesia no puede desviarse ni el espesor de un pelo, si es que debe seguir su grande y osado experimento del equilibrio irregular. Con que una vez sola debilitara una idea, otra idea frente a ella se volvería demasiado fuerte. Lo que conducía el pastor cristiano no era un rebaño de ovejas, sino una manada de toros y de tigres, de ideales terribles y arrasadoras doctrinas, cada una de ellas bastante fuerte como para convertirse en una religión falsa que perdiera al mundo.
Recordemos que la Iglesia intervenía con las ideas peligrosas; era una domadora de leones. La idea de nacer por obra del Espíritu Santo, de la muerte de un ser divino, del perdón de los pecados, del cumplimiento de las profecías, son ideas; cualquiera lo vería, que por muy poco pueden convertirse en
algo blasfemo y feroz. Al menor eslabón que dejaran caer los artífices del Mediterráneo en las selvas olvidadas del norte, el león ancestral del pesimismo rompería sus cadenas. Más adelante hablaré de esta comparación teológica. Aquí basta destacar que el menor error introducido en la doctrina, causaría inmensos trastornos en la felicidad humana. Una sentencia mal redactada sobre la naturaleza del simbolismo, destruiría todas las mejores estatuas de Europa. Un desliz en las definiciones y se detendrían todas las danzas; se marchitarían todos los árboles de Navidad y se romperían todos los huevos de Pascua.
Las doctrinas debían ser definidas dentro de límites estrictos a fin de que el hombre pudiera gozar de todas las libertades humanas. La Iglesia tenía que ser vigilante aunque sólo fuera para que el mundo pudiera ser descuidado. Este es el asombroso romanticismo de la Ortodoxia.
La gente ha caído en la tonta costumbre de hablar de la ortodoxia como de algo pesado, monótono y seguro. Y nunca hubo nada tan peligroso y apasionante como la ortodoxia. Era sensatez; y ser sensato es más dramático que ser loco. Era el equilibrio de un hombre conduciendo caballos desbocados; parecía tumbarse aquí y desviarse allí, y no obstante, en cada posición conservaba la gracia estatuaria y la precisión aritmética. En sus primeros días, la Iglesia fue fiera y veloz como cualquier cárcel de guerra; sin embargo, es completamente antihistórico, que se volviera loca en torno de una sola idea, como una vulgar fanática. Se inclinó hacia la derecha y hacia la izquierda para sortear obstáculos enormes. A un lado dejó
la mole inmensa del arrianismo, que apoyado por las fuerzas mundanas, quería hacer demasiado mundano el Cristianismo. Al próximo instante se desviaba otra vez para evitar un orientalismo que lo hubiera hecho demasiado inmundano. La Iglesia ortodoxa nunca siguió la táctica de la sumisión ni aceptó convencionalismos; la Iglesia ortodoxa nunca fue respetable. Habría sido mucho más fácil aceptar el poder terrenal de los arrianos. Y en el calvinista siglo XVII, habría sido mucho más fácil dejarse caer en el pozo sin fondo de la predestinación. Es fácil ser un loco; es fácil ser un hereje. Siempre es fácil dejar que el mundo se salga con la suya; lo difícil es salirse con la de uno mismo. Siempre es fácil ser un modernista; tan fácil como ser un snob. Ciertamente habría sido fácil caer en cualquiera de esas trampas abiertas del error y la exageración, que moda tras moda y secta tras secta, fueron tendiendo al paso histórico de la cristiandad. Siempre es fácil caer; se cae en una infinidad de ángulos, y sólo en uno se está de pie. Haber caído en cualquiera de las fruslerías que el gnosticismo opuso a la ciencia cristiana, por cierto era obvio y soso. Pero evitarlas todas, fue una aventura vertiginosa; y en mi visión veo a la carroza celestial que vuela tronando a través de las edades; veo a las estúpidas herejías postradas, revolcándose, y
veo a la verdad tremenda vacilante, pero erguida.