Ortodoxia. Capítulo V

V. LA BANDERA DEL MUNDO

Cuando era niño, por ahí andaban corriendo dos hombres raros, a quienes llamaban optimista y
pesimista.
Constantemente empleé esos términos y confieso con toda ingenuidad, que nunca tuve una idea
muy especial de lo que significaban. Lo único que puede considerarse evidente, es que no querían decir lo
que decían; porque la explicación verbal corriente era que el optimista juzgaba al mundo todo lo bueno
que puede ser, mientras que el pesimista lo juzgaba todo lo malo que puede ser. Siendo ambos juicios de
una insensatez rabiosa y evidente, era necesario buscar otra explicación. Optimista no puede ser un
hombre que encuentra todo bien y nada mal. Porque eso es un absurdo;, es como llamar derecha a todo y
a nada llamarle izquierda. Por el conjunto llegué a la conclusión de que el optimista creía bueno a todo
menos al pesimista y que el pesimista todo lo creía malo excepto a sí mismo. Sería injusto omitir a ambos
de la lista de definiciones, misteriosas pero sugestivas, hechas, según dicen, por una niñita: “Un optimista
es un hombre que cuida los ojos y un pesimista un hombre que cuida los pies.” Y no estoy seguro de que
esta no sea la mejor de las definiciones, En ella hay una especie de verdad alegórica Porque quizá allí
haya una diferencia aplicable a la que existe entre ese más lúgubre pensador que sólo piensa en nuestro
contacto de cada momento con la tierra, y ese otro menos triste pensador que más bien considera nuestra
primordial facultad de ver y de elegir camino.
Pero aquí hay un profundo error en la alternativa del optimista y del pesimista. Implica que el
hombre critica este mundo como si fuera un buscador de casas, como si estuviera visitando un edificio de
departamentos. Si un hombre viniera a este mundo desde otro mundo y viniera ya en plena posesión de
sus facultades, podría discutir si la ventaja de los bosques otoñales compensa o. no la desventaja de los
perros rabiosos, tanto como un hombre buscando alojamiento podría pesar la conveniencia de tener
teléfono contra el inconveniente de carecer de vista al mar. Pero ningún hombre, está en esas condiciones.
Un hombre pertenece a este mundo antes de empezar a averiguar si es lindo pertenecerle. Ha luchado y
con frecuencia obtenido triunfos heroicos, para la bandera, mucho antes de estar alistado. Para exponer
brevemente la idea esencial: tiene una lealtad: mucho antes de tener una admiración.
En el último capítulo, dije que en los cuentos de hadas se expresa mejor esa sensación primera de
que el mundo es extraño y sin embargo atrayente. El lector, si quiere puede pasar por alto el período
siguiente de esa literatura belicosa que por lo general, en la vida de un niño, sigue a la de los cuentos de
hadas. Todos debemos una sana moralidad, a los horrores baratos. Cualquiera sea la razón, me parecía, y
todavía me parece, que nuestra actitud respecto a la vida, se puede expresar en términos de una especie de
lealtad militar mejor que en términos de crítica o de aprobación. Mi aceptación del universo no es
optimismo, más bien es algo como patriotismo. Es el caso de una lealtad elemental. El mundo no es una
hostería en Brigkton a la que dejamos si es miserable. Es la fortaleza de nuestra familia, con la bandera
flameando en la torre y que cuanto más miserable sea, menos dispuestos estamos a dejarla.
El punto no es que este mundo sea demasiado triste para ser amado o demasiado alegre para no
serlo; el punto es que cuando se ama algo, su alegría es la razón de amarlo y su tristeza la razón de amarlo
más. Todo pensamiento optimista sobre Inglaterra, y todo pensamiento pesimista sobre ella, son razones
de igual valor para el patriota inglés. Similarmente, el optimismo y el pesimismo, son argumentos de
igual consistencia para el patriota cósmico.
Supongamos que se nos enfrente con algo desesperante, digamos el Pimlico. Si pensamos qué es
realmente mejor para el Pimlico, hallaremos que el curso del pensamiento nos conduce hasta el trono de
lo místico y de lo arbitrario. No es bastante que un hombre desapruebe al Pimlico: porque en ese caso,
simplemente se cortará el pescuezo o se mudará a Chelsea.
Ni tampoco es bastante que un hombre apruebe el Pimlico; porque en ese caso el Pimlico perdurará
y tal cosa sería terrible. La única solución parecería ser, que alguien amara al Pimlico; lo amara con un
afecto trascendental y sin ninguna razón terrena. Si apareciera un hombre que amara al Pimlico, el
Pimlico se elevaría en torres de marfil y en pináculos dorados. El Pimlico se engalanaría como una mujer
cuando es amada. Porque la decoración no es para esconder algo horrible sino para adornar una cosa ya
adorable. Una madre no le da al hijo un moño azul, porque sin él sería feo. Un enamorado no regala un
collar a la muchacha, para que esconda su cuello. Si los hombres amaran al Pimlico, como las madres
aman a los hijos, arbitrariamente, porque son suyos, en un año o dos el Pimlico sería más bello que
Florencia. Algunos lectores dirán que esto es mera fantasía. Y respondo que esta es la actual historia de la
humanidad. De hecho, es así como las ciudades se hicieron grandes. Retrocedamos hasta las más oscuras
raíces de la civilización y las veremos anudadas en torno a una piedra, o rodeando algún sagrado bien.
Los pueblos, primero rindieron honores a un lugar y luego le adquirieron su gloria. Los hombres no
amaron a Roma porque fuera grande. Fue grande porque la amaron.
Las teorías del contrato social del siglo XVIII, en nuestros tiempos se expusieron a muchas críticas
burdas.
Y no obstante, eran demostrablemente correctas en tanto que signifiquen que toda forma histórica
de gobierno, fue sostenida por una idea de satisfacción y de cooperación. Pero tales teorías, son
verdaderamente inexactas, en cuanto sugieren que los hombres fueron conducidos al orden o a la ética,
simplemente por un consciente intercambio de intereses. La moralidad no la comenzó un hombre
diciendo a otro hombre: “No te golpearé si tú no me golpeas”; no hay vestigios de tal transacción. Hay
vestigios de que los dos hombres dijeron. “En el lugar sagrado, no debemos golpearnos uno a otro.”
Adquirieron su moralidad observando su religión.
No cultivaron la valentía. Lucharon por la reliquia y descubrieron que se habían hecho valientes. No
cultivaron la higiene. Se purificaron para el altar y descubrieron que eran limpios. La historia de los
Judíos es el único documento primitivo que conoce la mayoría de los ingleses. Por ella, los hechos pueden
ser suficientemente juzgados. Los diez mandamientos, que han sido considera” dos sustancialmente
comunes a todo el género humano, fueron simplemente mandatos militares; un código de órdenes al
regimiento, emitido para proteger a cierta arca a través de cierto desierto. La anarquía fue maligna, porque
puso en peligro lo santo. Y recién cuando hicieron un día santo (holy day) para Dios, encontraron que
habían hecho un día de descanso (holiday) para los hombres.
Si se consiente que esta primera devoción a un lugar o a una cosa, es una fuente de energía
creadora, podemos seguir a un hecho peculiar. Reiteremos un instante que el único optimismo justo es
una especie do patriotismo universal. ¿Qué sucede con el pesimista? Pienso que puede decirse que es el
antipatriota cósmico. ¿Y qué sucede con el antipatriota? Pienso que puede decirse, sin indebida amargura,
que es el amigo cándido. ¿Y qué hay del amigo cándido?
Aquí nos topamos con la roca de la vida real y de la inmutable naturaleza humana.
Me atrevo a decir que lo malo del amigo cándido es simplemente que no es cándido. Está
escondiendo algo, su propio placer sombrío de decir cosas desagradables. Tiene un secreto deseo de herir,
y ciertamente no para ayudar.
Por lo que supongo, esto es lo que hace a cierta especie de antipatriota tan irritante para el
ciudadano de buena salud. No hablo (por supuesto) del antipatriotismo que solamente irrita a los
cambistas febriles y a las actrices sugerentes; llanamente dicho, eso es patriotismo. No vale la pena
contestar inteligentemente a un hombre que diga que ningún patriota debe criticar la guerra Boer mientras
no termine; está diciendo que un buen hijo no debe advertir a su madre que caerá del peñasco, sino
después que haya caído. Pero hay un antipatriota que irrita honestamente a los hombres honestos; y su
explicación, según creo, es la que he sugerido: es el cándido amigo sin candidez; el hombre que dice:
“Siento decir que estamos perdidos”, y no siente nada. Y sin figura retórica, puede decirse que es un
traidor; porque ese triste conocimiento que se le facilitó para estimular al ejército, lo emplea para
desanimar a las gentes de unirse a él.
Porque le es permitido ser pesimista como consejero militar; y está siendo pesimista como sargento
de reclutas.
En la misma forma el pesimista (que es el antipatriota cósmico) usa la libertad que la vida
proporciona a sus consejeros, para alejar a las gentes de su bandera. De acuerdo en que sólo manifiesta
hechos, aún es interesante saber cuáles son sus emociones, cuál es su motivo.
Puede que en Tottenham haya mil doscientos hombres atacados de viruela; pero nosotros deseamos
saber si esto lo dice un gran filósofo que quiere maldecir los dioses, o solamente un vulgar pastor que
quiere procurar socorro a los enfermos.
El mal del pesimista no es que quiera castigar a los dioses y a los hombres, sino que no ama lo que
castiga, no tiene esa primordial y sobrenatural lealtad a las cosas,
¿Cuál es el mal del hombre comúnmente llamado optimista? Evidentemente se siente que el
optimista, deseando defender el honor del mundo, defenderá hasta lo indefendible.
Es el campeón del Universo; dirá: “mi cosmos, bueno o malo”. Se inclinará menos a modificar las
cosas; se inclina más a dar una especie de respuesta-parapeto a todas las preguntas que le ataquen,
calmando a cada uno con promesas. No lavará al mundo pero querrá blanquearlo. Todo esto (que es cierto
en un tipo de optimista) nos conduce al punto de psicología verdaderamente interesante y sin el cual es
imposible explicar lo que antecede.
Decimos que debe existir una lealtad elemental hacia la vida: la única pregunta es: ¿debe ser una
lealtad natural o sobrenatural? Y si les gusta más, así: ¿debe ser una lealtad racional o irracional? Ahora,
lo extraordinario es que el falso optimismo (que blanquea la débil defensa de las cosas) va de acuerdo con
el optimismo razonable. El optimismo racional conduce al estacionamiento: es el optimismo irracional el
que conduce a la reforma. Déjenme explicar usando una vez más el paralelo del patriotismo. El hombre
más indicado para arruinar el lugar que ama, es precisamente el hombre que lo ama por una razón. El
hombre que beneficia al lugar, es el hombre que lo ama sin razón alguna. Si un hombre ama algún aspecto
del Pimlico (lo que parece difícil) se encontrará defendiendo ese aspecto contra el mismo Pimlico. Pero sí
simplemente ama al Pimlico en Si, puede que lo convierta en una Nueva Jerusalén.
No niego que la reforma puede ser extremosa; sólo digo que el patriota místico es el que transforma.
La simple, autosugestión enardecida es más común entre aquellos que tienen alguna razón pedante para
su patriotismo. Los peores frenéticos no aman a Inglaterra sino a una idea de Inglaterra.
Si amamos a Inglaterra por ser un imperio, podemos exagerar el éxito con que regimos a los
hindúes. Pero si la amamos solamente por ser una nación, podemos hacer frente a todos los
acontecimientos: porque sería una nación aunque los hindúes nos rigieran a nosotros. Y lo mismo
aquellos cuyo patriotismo les permite sólo falsear la historia, porque de la historia depende su patriotismo.
A un hombre que ama a Inglaterra porque es inglés, no le interesa cómo surgió Inglaterra. Pero uno que la
ama porque es anglosajón, podría ir a desmentir los hechos con sólo su fantasía. Podría concluir (como
Carlyle y Freeman) sosteniendo que la conquista normanda fue una conquista sajona. Podría concluir en
completa irrazón, porque tiene una razón.
Un hombre que ama a Francia porque es militar, excusaría al ejército de 1870. Pero un hombre que
ama a Francia porque es francés idealizaría al ejército de 1870. Esto es exactamente lo que hicieron los
franceses y Francia es un buen ejemplo de la paradoja que explico. En ningún lugar el patriotismo es más
puramente abstracto y arbitrario; y en ningún lugar la reforma es más activa y progresiva. Cuanto más
trascendental es el patriotismo, más prácticos son los políticos.
Tal vez el ejemplo más cotidiano de este asunto, sea el caso de las mujeres; y de su extraña y recia
lealtad. Algunas personas estúpidas iniciaron la idea de que las mujeres, por apoyar a los suyos contra
todo, son ciegas y no ven nada. Difícilmente habrán conocido a las mujeres. Las mismas mujeres siempre
prontas a defender sus hombres a través de lo espeso y lo inconsistente en sus relaciones personales con el
hombre, son casi morbosamente lúcidas para hallar la inconsistencia de sus excusas y el espesor de su
seso. Al amigo del hombre le gusta su amigo, pero lo deja tal cual es: su mujer lo ama y siempre está
tratando de hacerlo otro. Las mujeres extremadamente místicas en sus creencias, son extremadamente
cínicas en sus críticas. Esto lo expresó muy bien Thackeray cuando creó la madre de Pendennis que
adoraba a su hijo como a un Dios y no obstante asumió que al crecer se volviera tan malo como un
hombre. Desestimó su virtud a pesar de que sobreestimaba su valor. El devoto es enteramente libre de
criticar; el fanático, tranquilamente puede ser un escéptico. El amor no es ciego; eso es lo último que
sería; y cuanto más consolidado esté el amor, es menos ciego. Por lo menos, éste ha llegado a ser mi
punto de vista para ver todo lo que es llamado optimismo, pesimismo y progresión. Antes de obrar ningún
acto de reforma cósmica, debemos hacer un juramento de solidaridad cósmica. Un hombre debe
interesarse por la vida, luego puede interesarse de sus propias teorías sobre ella. “Mi hijo me dio su
corazón”; el corazón debe ponerse en el verdadero objeto: desde el momento en que tenemos el corazón
bien dado, tenemos las manos libres. Debo hacer un paréntesis para anticiparme a una crítica inevitable.
Se dirá que un ser racional, con una relativa conformidad y una relativa satisfacción, acepta el
mundo como una mezcla del bien y del mal. Precisamente ésta es la actitud que sostengo y que es
defectuosa. Sé que es muy común en esta época; y lo expresaba perfectamente Mateo Arnold en sus
líneas más penetrantemente blasfemas que los alaridos de Schopenhauer:
“Bastante vivimos: y si una vida “lograda es tan poco frecuente, “aunque soportables, no vale la pena,
“por estas pompas del mundo, este dolor de nacer”.
Sé que esta sensación abunda en nuestra época y pienso que es ella que la congela. A juzgar por
nuestros titánicos esfuerzos para creer y rebelamos, lo que necesitamos no es la fría aceptación del mundo
como un compromiso, sino hallar un modo por el cual podamos odiarlo de corazón y de corazón amarlo.
No queremos que la alegría y el pesar se neutralicen mutuamente y produzcan una conformidad
avinagrada; queremos una satisfacción vigorosa y un vigoroso descontento. Debemos ver al mundo como
al castillo del ogro que hay que asaltar, y sin embargo mirarlo al mismo tiempo como a nuestro propio
hogar al que podemos regresar cuando anochece.
Nadie duda que un hombre normal puede llevarse bien con el mundo; pero requerimos, no bastante
fuerza para llevarnos bien con él, sino bastante fuerza para que él se lleve bien con nosotros. ¿Es posible
que el hombre lo odie tanto como para cambiarlo y que lo ame bastante para pensar que vale la pena el
cambio? ¿Es posible que mire hacia la colosal grandeza de sus bienes sin sentir ni una vez admiración?
¿Es posible que mire hacia la grandeza colosal de sus males, sin sentirse ni una vez afligido? Abreviando:
¿puede el hombre ser al mismo tiempo, no sólo pesimista y optimista sino un fanático pesimista y un
optimista fanático?
¿Es bastante pagano para morir por el mundo y bastante cristiano para morir en él? En esta
combinación sostengo que es el optimista racional el que fracasa, y el optimista irracional el que tiene
éxito. Está dispuesto a hacer pedazos a todo el universo, en bien del universo mismo.
Escribo estas cosas, no en la madurez de su lógico ordenamiento, sino tal como se presentaron, y
esta última teoría la aclaró y la aguzó un accidente del momento: A la extendida sombra de Ibsen,
apareció un argumento: que era algo muy lindo matarse a sí mismo.
Los graves modernos dijeron que no debíamos ni decir “pobre muchacho” a un hombre que se había
volado los sesos, puesto que era una persona envidiable y que se los había volado a causa de su propia
excepcional excelencia.
El señor Guillermo Avcher, hasta sugirió que en la edad de oro habría máquinas de “moneda en la
ranura”, gracias a las cuales un hombre pudiera suicidarse por diez centavos. En todo esto me hallé
completamente hostil a muchos que se llamaban liberales y humanos.
El suicidio no sólo es un pecado; es el pecado. Es el mal interior y absoluto; es rehusarse a tomar un
interés por la existencia; es rehusarse a jurar lealtad a la vida. El hombre que mata a un hombre, mata un
hombre. El hombre que se mata, mata todos los hombres; por lo que a él le concierne, arrasa con todo el
inundo. Su acto (simbólicamente considerado) es peor que cualquier rapto o cualquier atentado con
dinamita. Porque destruye todos los edificios e insulta a todas las mujeres. El ladrón se satisface con
diamantes; pero el suicida no: ese es su crimen. No puede ser atraído ni por las relumbrantes piedras de la
Ciudad Celestial. El ladrón hace un cumplido a lo que roba, aunque no al robado. Pero el suicida al no
robarlas insulta a todas las cosas de la tierra. Desprecia a cada criatura, más insignificante del cosmos, su
muerte significa una sonrisa burlona y despectiva. Cuando un hombre se cuelga de un árbol, las hojas
podrían caer con ira y los pájaros volar de él con furia: porque todos han recibido una afrenta personal.
Por supuesto puede existir una emoción patética que excuse el acto. Frecuentemente la hay para un. rapto
y casi siempre la hay para la dinamita.
Pero si se trata de ideas claras y de la interpretación inteligente de las cosas, hay mucha más
verdad racional y filosófica en el entierro del suicida en un cruce de caminos y en el bastón atravesado
sobre el cuerpo, que en las máquinas automáticas del suicidio que pronosticó el señor Avcher.
El entierro apartado del suicida, tiene un significado.
El crimen de ese hombre es diferente de otros crímenes porque hace imposible hasta el crimen.
Más o menos por ese tiempo, leí una solemne charlatanería de algún libre pensador: decía que el
suicida era lo mismo que el mártir. Esta falsedad contribuyó a aclarar el asun to. Evidentemente el
suicidio es lo opuesto al martirio. Mártir es un hombre tan interesado en algo externo a sí mismo, que
quiere ver el fin de todas las cosas. Uno desea que empiece algo: el otro desea que todo termine.
En distintas palabras, el mártir es noble precisamente porque (a pesar de que renuncia al mundo y
rechaza a la humanidad), proclama este último lazo con la vida; pone su corazón en algo fuera de sí
mismo: muere para que algo viva.
El suicida es innoble, porque no tiene ese lazo con la existencia; es simplemente un, destructor;
espiritualmente destruye al universo. Y luego recordé la estaca y el cruce de caminos y el extraño hecho
de que el Cristianismo haya mostrado esta sorprendente severidad para el suicida. Porque el Cristianismo
se ha mostrado calurosamente alentador con el mártir. El Cristianismo histórico fue acusado, no
enteramente sin razón, de llevar el martirio y el ascetismo hasta un punto desolado y pesimista. Los
primeros cristianos hablaban de la muerte con horrible alegría.
Blasfemaban de los bellos deberes del cuerpo: olían la tumba con más deleite que si fuera un campo
de flores. Esto, a muchos les ha parecido la verdadera poesía del pesimismo. No obstante, ahí está la
estaca en el cruce de caminos para mostrar lo que el Cristianismo piensa del pesimista.
Este fue el primero del largo encadenamiento de enigmas con los cuales el Cristianismo entró a la
discusión.
Y, con éste se manifestó una peculiaridad de la cual tendré que hablar más detalladamente, por ser
característica de toda noción cristiana y definitivamente iniciada en este particular enigma. La actitud
cristiana frente al martirio y al suicidio, no fue la frecuentemente afirmada por las morales modernas. No
era un caso de graduación. No era que debió trazarse una línea en alguna parte y que el autoasesino
deprimido cayera fuera de ella.
El sentir cristiano no fue simplemente que el suicida llevaba demasiado lejos el martirio. El sentir
cristiano estaba furiosamente con uno y furiosamente contra otro: estas dos cosas que parecían tan
similares, se hallaban en los extremos opuestos del cielo y del infierno. Un hombre arrojó su vida; era tan
bueno que sus huesos secos podían sanear las ciudades apestadas. Otro hombre arrojó la vida; era tan
malo que sus huesos podían mancillara sus semejantes. No digo que era buena esa fiereza, pero ¿por qué
fue tan fiera?
Aquí fue donde primero encontré que mi pie desorientado y vagabundo se hallaba al fin sobre un
sendero abierto. El Cristianismo también había sentido esa oposición entre el mártir y el suicida: ¿la había
sentido por la misma razón? ¿Habría sentido el Cristianismo lo que yo sentí y no pudo (ni puede) expresar
esa necesidad de una esencial lealtad alas cosas y luego de una violenta reforma de ellas? Después
recordé que se inculpaba al Cristianismo precisamente de combinar esas dos cosas que yo intentaba
combinar. Se acusaba al Cristianismo de ser demasiado optimista respecto al universo y demasiado
pesimista respecto al mundo. La coincidencia me paralizó repentinamente.
En la controversia moderna ha surgido una imbécil costumbre de decir que tal y cual creencia puede
ser sostenida en una época, pero no en otra. Se nos dice que algún dogma fue creíble en el siglo XII e
increíble en el XX. Lo mismo sería decir que cierta filosofía puede ser creída en lunes, pero no puede ser
creída en viernes. Lo mismo sería decir que un aspecto del cosmos era conveniente hasta las tres y media,
pero inconveniente hasta las cuatro y media. Lo que puede creer un hombre depende de su filosofía y no
del reloj o del siglo. Si un hombre cree en una ley natural inalterable, no puede creer en ningún milagro
de ninguna época. Si un hombre cree en una voluntad anterior a la ley, puede creer en cualquier milagro
de cualquier época. Supongamos, en bien del argumento, que nos halláramos frente al caso de una
curación milagrosa. Un materialista del siglo XII, no la creería más que un materialista del siglo XX. Pero
un científico cristiano del siglo XX la creería como un cristiano del siglo XII. Es cuestión simplemente de
la teoría de cada hombre sobre las cosas. Por consiguiente, tratándose de cualquier contestación histórica,
el punto no es si fue dada en nuestro tiempo, sino si fue dada en respuesta a nuestra pregunta. Y cuanto
más pensé en cómo y cuándo apareció el Cristianismo en el mundo, más sentí que había venido a
responder a esta interrogación.
Por lo común es el cristiano despreocupado y tolerante quien hace más indefendibles cumplidos al
Cristianismo. Habla como si nunca hubiera habido devoción ni compasión hasta que llegó el
Cristianismo, punto en el cual un medioeval cualquiera estaría ansioso de desmentirle. Significarían que
lo sorprendente del Cristianismo es que fue el primero en predicar la sencillez o la mortificación o la
franqueza o la sinceridad. Me juzgarían muy estrecho (quiera eso decir lo que quieran) si dijera que lo
notable del Cristianismo era haber sido el primero en predicar Cristianismo. Su peculiaridad fue ser
peculiar y la sencillez y la sinceridad no son peculiares, sino evidentes aspiraciones de toda la especie
humana. El Cristianismo fue la respuesta a un enigma y no la última verdad demostrable luego de una
larga conversación. En un excelente semanario de tendencias puritanas, leí hace unos días esta
observación; que el Cristianismo, despojado de su armazón dogmática (como se hablaría de un hombre
despojado de su armazón) vendría a ser nada más que la doctrina Quáquera de la Luz Interior. Si yo dijera
que el Cristianismo vino al mundo especialmente para destruir la doctrina de la Luz Interior, sería una
exageración. Pero estaría mucho más cerca de la verdad.
Los Estoicos Extremosos, como Marco Aurelio, eran precisamente los que creían en la Luz Interior.
Su dignidad, su cansancio, su externa y triste preocupación por el prójimo, y su incurable preocupación
interna por sí mismos, toda era efecto de la Luz Interior, y todo eso existió solamente a merced de esta
lúgubre iluminación. Nótese que Marco Aurelio insiste (como lo hacen siempre los moralistas
introspectivos) sobre, pequeñas cosas hechas u omitidas; es porque no siente ni odio ni amor bastante para
obrar una revolución moral. Se levanta por la mañana temprano del mismo modo que se levantan por la
mañana temprano nuestros propios aristócratas que viven la Vida Sencilla, porque tal altruismo es mucho
más fácil que suspender los juegos del anfiteatro o que devolver al pueblo inglés sus tierras. Marco
Aurelio es, el más intolerable de los tipos humanos.
Es un altruista egoísta. Altruista egoísta es un hombre cuyo orgullo carece ,de los atenuantes de la
pasión.
De todas las formas de iluminación concebibles, la peor es la que esa gente llama Luz Interior. De
todas las religiones horrendas, la más horrible es la que adora al dios interno. Cualquiera que conozca
cualquier cuerpo, sabe cómo actuará, cualquiera que conozca a cualquiera de esos que son Centro del Más
Alto Pensamiento, sabe cómo procede. Que Jones adore al dios interior, resulta finalmente que iones
adora a Jones. Que Jones adore al sol o a la luna, a cualquier cosa menos a la Luz Interna; que Jones
adore a los gatos o a los cocodrilos, si puede encontrar alguno en su calle, pero no al dios interior. El
Cristianismo vino al mundo, en primer lugar para sostener violentamente que el hombre no sólo debe
mirar hacia adentro sino también hacia afuera, para contemplar con asombro y regocijo una compañía
divina y a un divino capitán. La gran alegría del Cristianismo era que un hombre no quedaba a solas, con
la Luz Interna, sino que definidamente reconocía una luz externa, brillante como el sol, clara como la
luna, terrible como un ejército embanderado.
De todos modos, tal vez fuera mejor que iones no adorara al sol y a la luna. De hacerlo, quizá
tuviera inclinación a imitarlos; a razonar que si el sol quema vivos los insectos, él puede quemarlos vivos.
Que si el sol insola a la gente, él puede contagiar el sarampión a los vecinos. Que si la luna, según dicen,
enloquece a los hombres, él puede volver loca a su mujer. Este feo aspecto del optimismo simplemente
externo, también se manifestó en el mundo antiguo. Más o menos cuando el idealismo estoico comenzó a
descubrir los puntos débiles del pesimismo, la antigua adoración de la naturaleza comenzó a descubrir las
tremendas debilidades del optimismo. Adorar la naturaleza es bastante natural mientras la sociedad es
joven, o en otras palabras, el Panteísmo es comprensible mientras sea adorar a Pan.
Pero la naturaleza tiene otro aspecto que la experiencia y el pecado no tardan en descubrir, y no es
frivolidad decir que el dios Pan, pronto mostró las uñas afiladas. La única objeción a la Religión Natural
es que en cierta forma siempre se vuelva innatural. De mañana un hombre ama a la Naturaleza por su
inocencia y su amabilidad y a la noche, si es que aún la ama, será por su oscuridad y su sadismo. Al
amanecer se lava en agua clara, como el Hombre Sabio de los Estoicos y no obstante por la noche, como
Juliano el Apóstata, se está bañando en la sangre caliente de un toro. La mera búsqueda de la salud
siempre conduce a algo insalubre.
La Naturaleza física no debe ser considerada como directo objeto de la obediencia; debe ser gozada;
adorada, no.
No hay que tomar en serio a las estrellas y a las montañas; si las tomáramos terminaríamos donde
terminó la adoración pagana de la naturaleza. Porque si la tierra es buena, podríamos imitar todas sus
crueldades. Porque sexualmente es cuerda, podríamos enloquecernos por la sexualidad. De esa forma el
mero optimismo llega a su insano y adecuado término. La teoría de que todo es bueno, se convierte en
orgía de todo lo que es malo.
Por otra parte, nuestros pesimistas idealistas, fueron representados por los viejos despojos del
Estoico. Marco Aurelio y sus amigos, habían realmente renunciado a la idea de hallar un dios en el
Universo y miraban sólo al dios interior. No tenían ninguna esperanza de hallar virtud en la naturaleza y
difícilmente la tuvieran de hallar virtud en la sociedad. En realidad no tenían por el mundo exterior un
interés suficiente como para destruirlo o revolucionarlo. A la ciudad no la amaron bastante como para
prenderle fuego. Así, el mundo antiguo se halla exactamente en nuestro propio y desolado dilema. Los
únicos que en realidad gozaban de este mundo, se hallaban ocupados en destruirlo; y las gentes virtuosas,
no se preocupaban por ellos tanto como para abatirlos. Y repentinamente el Cristianismo intervino en este
dilema (el mismo dilema nuestro) y ofreció una singular respuesta que el mundo definitivamente aceptó
como “la” respuesta.
Fue “la” respuesta entonces y creo que ahora, es “la” respuesta.
Esta respuesta fue como el chasquido de una espada; separó; no unió, en ningún sentido sentimental
de la palabra. Rotundamente, dividió y separó a Dios y al cosmos. Esta trascendencia y nitidez de la
deidad que algunos cristianos ahora quieren suprimir del Cristianismo, fue la única razón por la cual
cualquiera quiso ser un cristiano. Era el punto central de la respuesta cristiana al infeliz pesimista y al aún
más infeliz optimista. Como aquí sólo me concierne su problema particular, me limitaré a mencionar
brevemente esta gran sugerencia metafísica. Todas las descripciones del principio creador y conservador
de las cosas, por ser verbales, deben ser metafóricas.
Por eso el panteísta se ve obligado a hablar de Dios en todas las cosas, como si estuviera en una
caja. Por eso el evolucionista, fiel a su nombre, tiene la impresión de estar enrollado como una alfombra.
Todos los términos religiosos e irreligiosos quedan abiertos a esta acusación. La pregunta es, si todos los
términos serán inservibles o si es posible, con tal o cual frase, abarcar una idea nítida sobre el origen de
las cosas. Creo que es posible y evidentemente también lo cree el evolucionista o de lo contrario no
hablaría de la evolución. Y la frase radical de todo el teísmo cristiano, fue ésta: que Dios fue un creador,
como es creador un artista. Un poeta, está tan separado de su poema, que habla de él como si fuera una
insignificancia que ha “arrojado”. Aún al proyectarlo es como si se despojara de él. Este principio de que
toda creación o procreación es una ruptura, por lo menos tratándose del cosmos, es tan consistente como
el principio evolucionista, que dice que todo crecimiento es una ramificación. Una mujer al tener un hijo
pierde un hijo. Toda creación es separación. Un nacimiento es una separación tan solemne como la
muerte.
El primer principio filosófico cristiano era que este divorcio existente en el acto divino de crear (tal
como se separa el poeta del poema y la madre del recién nacido), fue la verdadera descripción del acto
por el cual la absoluta energía hizo al mundo. Según muchos filósofos, Dios haciendo al mundo, lo
esclavizó. Según el Cristianismo, lo liberó al hacerlo. Al hacer al mundo, Dios escribió no tanto un poema
como una pieza teatral; una pieza que había planeado perfecta, pero que necesariamente hubo de ser
confiada a actores, escenógrafos y empresarios humanos, que desde entones la embarullaron toda. Luego
discutiré la veracidad de esta teoría. Aquí sólo debo destacar con qué suavidad asombrosa solucionó el
dilema tratado en este capítulo. De esta forma, por lo menos es posible estar tanto feliz como indignado,
sin necesidad de degradarse hasta ser un optimista o un pesimista.
Con este sistema podría combatirse contra todas las fuerzas de la existencia sin desertar la bandera
de la existencia. Sería posible estar en paz con el Universo y no obstante estar en guerra con el mundo.
San Jorge pudo pelear contra el dragón por grande que fuera el bulto del monstruo sobre el cosmos;
aunque fuera más grande que las ciudades poderosas y que las interminables colinas. Si hubiera sido tan
grande como el mundo, pudo aún ser matado en nombre del mundo. San Jorge no tuvo que considerar
evidentes disparidades o proporciones en la escala de las cosas, sino solamente el secreto de sus
finalidades.
Puede golpear al dragón con su espada aunque el dragón sea el todo; aunque los cielos vacíos sobre
su cabeza, sólo fueran la inmensidad arqueada de sus garras abiertas.
Y luego siguió una sensación difícil de describir. Era como si desde mi nacimiento hubiera estado
perplejo entre dos maquinarias enormes e ingobernables, de estructura distinta y sin aparente conexión, el
mundo y la tradición cristiana. En el mundo había encontrado este hueco: había que hallar cierta manera
de amar al mundo sin creerle; cierta manera de amarle sin que lo mereciera. Aquel rasgo prominente de la
teología cristiana me pareció algo así como una recia estaca: la dogmática insistencia de que Dios era
personal y había hecho al mundo separado de Sí. La cuña del dogma calzó exactamente en el hueco que
había encontrado en el mundo -era evidente que la destinaba a calzar en él- y luego comenzó lo más
extraño. Una vez que estas dos partes de las dos máquinas quedaron unidas, una después de otra, todas las
demás partes coincidieron con una precisión estupenda. Pude oír cómo todos los pestillos de la máquina
caían en su lugar con una especie de “chic” de alivio. Teniendo una parte correcta, todas las demás partes
observaban y repetían esa corrección, como un toque tras otro toque, el reloj llega a dar medio día.
Instinto más instinto se satisfacía con doctrina y más doctrina. O para variar de metáfora, me sentí como
si hubiera avanzado por un país enemigo para tomar una fortaleza. Y al caer la fortaleza, todo el país se
rendía y se consolidaba a mis espaldas. La tierra toda se iluminó como antes; volvía a los primeros
campos de mi infancia. Todas las ciegas imaginaciones de la adolescencia que en el cuarto capítulo en
vano intenté trazar sobre la oscuridad, repentinamente se volvían transparentes y sensatas.
Estaba en lo cierto cuando sentí que las rosas eran rojas por una especie de elección: era la elección
divina.
Estaba en lo cierto cuando sentí que diría más bien que el pasto no tenía el color adecuado que decir
que necesariamente, el verde, era su color: pudo en verdad ser de otro color cualquiera.
Mi sensación de que la felicidad pendía del hilo loco de una condición, adquirió un significado
cuando todo se hubo dicho: significaba toda la doctrina de la Caída. Aún aquellos vagos e informes
monstruos, esas nociones que no pude describir, y menos defender, aun esas entraron tranquilamente en
sus lugares, como cariátides colosales de una creencia. La imaginación de que el cosmos no era vasto y
vacío sino pequeño y confortable, ahora tenía un significado; porque cualquier obra de arte puede ser
pequeña para la mirada del artista; para Dios, las estrellas sólo pueden ser pequeñas y queridas como
diamantes. Y mi instinto de que, de alguna forma, el bien no era puramente un instrumento para ser usado
sino una reliquia para ser guardada, como los bienes del barco de / Crusoe, aún eso, era un desesperado
asirse de algo originariamente correcto, porque conforme al Cristianismo, éramos de verdad
sobrevivientes de un naufragio, tripulación de un barco de oro que se hundió antes de comenzar el mundo.
Pero lo importante era esto: esa doctrina daba vuelta por completo a la razón del optimismo. Y en el
momento en que se obraba la reversión se sintió bruscamente el bienestar que se siente cuando un hueso
vuelve a su órbita. Con frecuencia me había llamado optimista, para rehuir la tan evidente blasfemia del
pesimismo.
Pero todo el optimismo de la época había sido ,falso y desalentador; por esta razón: siempre trataba
de probar que calzábamos muy bien en el mundo. El optimismo cristiano se basa en el hecho de que no
calzamos bien en el mundo. Intenté alegrarme, repitiéndome que el hombre era un animal como otro
cualquiera a quien Dios le procura su alimento. Pero ahora fui realmente feliz, porque había aprendido
que el hombre es una monstruosidad. Estaba en lo cierto cuando sentía que todo me era extraño, porque
yo mismo era peor y mejor que todo. El placer del optimista era prosaico porque se debía a la naturalidad
que hallaba en todas las cosas; el placer cristiano era poético, porque a la luz de lo sobrenatural, todo lo
hallaba extraño.
El filósofo moderno me decía una vez y otra que estaba en mi lugar. Pero oí que no estaba en mi
lugar y mi alma cantó de gozo como el pájaro canta en primavera. Este conocimiento descubrió
iluminadas habitaciones olvidadas en la oscura casa de la infancia. Supe al fin por qué el pasto me había
parecido extraño como la barba verde de un gigante y por qué en mi propio hogar pude sentir nostalgia.