Otro te ceñirá y te llevará adonde no… “imaginabas”

Con motivo del aniversario de la ordenación sacerdotal de Mons. José Ignacio Munilla Aguirre, recuperamos este testimonio de su vocación que escribió en el Jubileo sacerdotal del 2010 para la revista Misión Joven.

Otro te ceñirá y te llevará adonde no… “imaginabas”

Empiezo por reconocer que nunca me habían pedido un testimonio vocacional escrito. No sé muy bien el porqué, pero es un hecho que los obispos, generalmente, solemos reservar el género escrito para reflexiones “magisteriales”: la enseñanza de la fe, las invitaciones a participar en la vida de la Iglesia, los discernimientos morales sobre cuestiones de actualidad, etc.

Sin embargo, en el contexto de la sobremesa o tertulia de muchos encuentros de Pastoral Juvenil, he recibido con frecuencia esta misma invitación a dar un testimonio personal: “¿Podría compartir con nosotros la historia de su vocación?”. Es verdad que el ponerlo por escrito, da un poco más de “respeto” (y quizás también de pereza)… pero no dudo de que merece la pena hacerlo, porque creo firmemente que Dios nos ha puesto a los unos en el camino de los otros. En realidad, nuestra historia personal no es tan “nuestra”, como solemos suponer; no es “propiedad privada”. Por ello, cada vez que me han solicitado mi testimonio vocacional, no he dudado en “tirarme a la piscina”, venciendo la primera reacción de rubor y timidez, que todos tenemos.

Quizás os haya podido llamar la atención el título elegido (“Otro te ceñirá, y te llevará adonde no… ‘imaginabas’ ”). Parto de un pasaje evangélico, que me resulta particularmente conmovedor… El Evangelio de San Juan nos narra cómo tras la pesca milagrosa y el encuentro con el Resucitado, Jesús le formula a Pedro, por tres veces, la misma pregunta: “¿Me amas?”. Tras escuchar sus respuestas, también por triplicado, Jesús le encomienda una tarea que comprometerá toda su vida: “Apacienta mis ovejas”. Confieso que siempre me he estremecido al leer las palabras que siguen a esta encomienda: “En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras” (Jn 21, 18).

Si he tenido el atrevimiento de cambiar en el título de este artículo la última palabra del versículo (“querer” por “imaginar”), es porque soy consciente de que nuestra imaginación nos suele jugar algunas malas pasadas, por aquello de la tendencia tan marcada que arrastramos a pretender controlarlo todo, según nuestros propios criterios y modos…

La historia de mi vocación nace en un terreno muy propicio, por el que no me cansaré de dar gracias a Dios: una familia profundamente cristiana. Cada vez soy más consciente del gran privilegio que he tenido por haber crecido en una familia humilde, austera, trabajadora, emocionalmente equilibrada, profundamente creyente… (Hoy es el día en que sigo gozando de ese privilegio, máxime en este momento en que mi madre ha venido a vivir conmigo).

Desde mi perspectiva actual, voy comprendiendo que una de las dificultades principales en las que el Señor tuvo que abrirse paso conmigo, fue el vencimiento de la timidez. Es obvio que la vocación sacerdotal no es incompatible con la timidez y la inseguridad, pero no es menos cierto que la llamada de Dios requiere nuestra determinación de romper con todas nuestras “ataduras”.

Recuerdo que allá por los once o doce años, cuando sonaba el teléfono, me escapaba a otra habitación, porque me costaba mucho hablar con un desconocido. Recuerdo también la paciencia y la contundencia con la que mi madre me reprendía: “Pero, ¿qué va a ser de ti el día de mañana? ¡Tienes que plantar cara a la vida!”. (No os podéis hacer ni idea de cómo me acuerdo de aquellos apuros, ahora que con tanta frecuencia me toca “dar la cara”, especialmente en los medios de comunicación).

El caso es que el Señor tenía su propia estrategia, y se sirvió de un instrumento muy sencillo y eficaz para ayudarme a crecer: la vida pastoral de la Iglesia. En el colegio religioso en el que realizaba mis estudios, regentado por los Hermanos del Sagrado Corazón, nos ofrecieron participar en una reunión semanal, los sábados por la mañana, para profundizar en la liturgia dominical, además de realizar anualmente los ejercicios espirituales. Al mismo tiempo, compaginábamos esta formación espiritual con el apostolado entre los más necesitados, dentro de las llamadas Conferencias de San Vicente de Paúl. Recuerdo como un avance muy importante en mi vida, la visita que semanalmente realizábamos a la prisión de Martutene, donde proyectábamos películas a los presos e incluso teníamos tertulias con ellos.

Eran años muy difíciles (1975-78), y no era fácil definirse ante los compañeros de curso y de colegio. El capellán del centro nos invitó a quienes habíamos asistido a una tanda de ejercicios espirituales (éramos un pequeñísimo grupo, comparado con los que habían declinado la invitación), a pasar por el resto de las clases para dar testimonio de lo vivido… No sé muy bien cómo, ¡¡pero lo hice…!!

Llegó el curso de COU (el actual 2º de Bachillerato), en el que -en aquel tiempo mucho más que ahora- se decantaban las opciones vocacionales. Yo ya estaba inclinado hacia unos estudios universitarios. Nunca me había planteado la posibilidad del sacerdocio, como vocación de vida. Era algo que no entraba en mi horizonte, por lo menos de una forma consciente.

Asistí a los Ejercicios Espirituales organizados por el colegio en aquel último curso. Recuerdo haberlos disfrutado, pero sin sentirme interpelado interiormente por la meditación vocacional que el predicador nos dirigió. Como colofón de aquel encuentro, el sacerdote presidió una Eucaristía en la que nos invitó a que escribiésemos nuestros compromisos de ejercicios, y a que los quemásemos en un brasero que fue colocado delante del altar. Llegado el momento del ofertorio, nos repartieron papel y bolígrafo; y me acuerdo, como si fuese hoy mismo, de que yo miraba cómo todos escribían, mientras a mí no se me ocurría qué poner. Al verme ya el último en entregar el papel, me brotó espontáneamente la idea de firmarlo en blanco, pidiéndole al Señor que Él mismo lo rellenase. ¡Tal fue mi ofrenda en aquella Eucaristía!

El caso es que el papel se debió de quemar enseguida, y supongo que el humo subió muy rápido al cielo… Aquella misma noche, por primera vez en mi vida, con una contundencia extraordinaria, me asaltó la idea de que el Señor me podía estar pidiendo dejar mis planes para seguirle… Era la víspera de mi cumpleaños. Y doy gracias a Dios, porque desde aquellos diecisiete años que cumplía entonces, hasta mis actuales cuarenta y ocho, no he dudado nunca de su llamada.

Víctima de la inexperiencia, uno cuando descubre su vocación, tiende a pensar que ya ha llegado al conocimiento pleno de la voluntad de Dios sobre su vida. Ingenuamente, piensa que ya ha terminado su discernimiento, cuando en realidad, no ha hecho más que empezar…

La experiencia del Seminario fue riquísima para mí… Me llevé una inmensa y gratísima sorpresa. De hecho, todavía hoy sigo diciendo a quien tenga la paciencia de escucharme, que aquéllos fueron los “años de oro” de mi vida. La relación entre los seminaristas era verdaderamente enriquecedora y estimulante. Al mismo tiempo, tuve grandes modelos sacerdotales cerca de mí, y todo ello fue haciendo que, de un modo natural, fuera familiarizándome con lo que en el futuro, habría de ser el ministerio sacerdotal que la Iglesia me iba a confiar… A partir de los modelos que te han rodeado, imaginas tu sacerdocio de una determinada forma, pero luego… ¡¡todo es distinto!! Nos empeñamos en ser como Fulanito o Menganito, pero el Señor quiere que sólo le miremos a Él, y que así vayamos descubriendo ese camino concreto que Él quiere que recorramos a lo largo de nuestra vida. Los referentes que nos rodean son muy importantes, pero lo único definitivo es la voluntad de Dios, que nos es mostrada poco a poco, a su debido momento…

Echando la vista atrás, veo algunos pequeños ejemplos de cómo esto se ha ido cumpliendo en mi vida: Jamás había imaginado que el Señor me pudiese tener reservado el trabajo pastoral con los jóvenes heroinómanos. Y, sin embargo, en la que fue mi parroquia de Zumárraga, durante muchos años, aquélla fue una de las ocupaciones a la que más tiempo tuve que dedicar… Jamás había supuesto que yo tuviese capacidad de liderar la construcción de un complejo parroquial, pero llegó un día en que me sorprendí a mí mismo, viéndome metido “hasta el cuello” en esa tarea… Jamás hubiese pensado que yo tuviera algo que aportar en los medios de comunicación, y ¡quién me iba a decir a mí que terminaría con el micrófono de Radio María en una mano y tecleando en el ordenador con la otra…! Y, ¿qué diré del momento presente? ¡Jamás se me hubiera pasado por la cabeza que la Iglesia pudiera llamarme algún día al ministerio episcopal!… Siempre supuse equivocadamente que los obispos estarían sostenidos por unos talentos personales excepcionales… Y ahora comprendo que las cosas son mucho más sencillas de como las imaginamos…

Pero hay otro aspecto que es fundamental para entender esta historia en clave de continuidad y de unidad interior. Es verdad que los escenarios pastorales del ministerio sacerdotal pueden cambiar mucho a lo largo de la vida; sin embargo, hay un hilo conductor que me ha permitido vivir en cada momento la misma experiencia de identificación con Cristo, de una manera profunda. Me refiero especialmente a la celebración de la Eucaristía, a la administración del perdón de los pecados, a la predicación de la Palabra… Es algo que configura tanto el alma de un sacerdote, que estoy seguro de que me resultaría igualmente familiar la vivencia del sacerdocio en otras circunstancias totalmente distintas a las que la vida me ha conducido… En este Año Jubilar Sacerdotal quiero dar testimonio de que el sentido de nuestra vida no es otro que la plena identificación con Cristo Sacerdote, Esposo de la Iglesia y Buen Pastor del rebaño. Todo lo demás –las circunstancias, el cómo, el dónde y el cuándo- es ya secundario…

Por encima de todo, creo que la clave de toda vocación está en esa especie de “cheque en blanco” que cada uno le tenemos que firmar a Dios. Nosotros nos empeñamos a veces, en rellenar ese cheque con todo tipo de detalles, para posteriormente pedir a Dios que lo firme. Ponemos la cantidad, la fecha, el lugar… y luego esperamos que Dios ponga su sello de aceptación de nuestros planes. Pero las cosas son exactamente al revés: Dios se encargará de escribir la cantidad, las fechas y los lugares; mientras que de nosotros espera que lo firmemos por adelantado, e incondicionalmente…

La historia de nuestra vida consiste en una lucha por la adecuación de nuestras “expectativas” a los “designios” de Dios. Uno de los errores principales que dificultan este proceso, suele ser el de la desconfianza hacia nuestra Madre Iglesia. Con el paso de los años, he ido comprendiendo que si bien es cierto que la vocación nace de Dios, no lo es menos que sólo la podemos llegar a conocer a través de las llamadas y de las indicaciones de la Iglesia. De lo contrario, nunca acabaremos de diferenciar entre lo que es voluntad de Dios, y lo que son nuestras ocurrencias personales.

Releo las anteriores líneas antes de concluir este escrito testimonial, y me digo a mí mismo que no puedo volver a caer en el error de pensar que, en el momento presente, ya haya concluido la historia de mi vocación. Una vez más, el Señor vuelve a decirme aquello de “Otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras”…

Y yo vuelvo a decirle al Señor que no sé lo que querrá en el futuro, pero que sólo quiero querer lo que Él quiera… Y a Santa María le pido que me alcance la gracia de que esta última frase que he pronunciado, sea algo más que un broche hermoso para un artículo.

+ José Ignacio Munilla Aguirre

“Beste batek heldu eta eramango zaitu…. pentsatzen ez zenuen lekura”

Hasteko onartu behar dut nire bokazioaz inoiz testurik idatzi gabe nengoela.  Arrazoia zein den ez dakit, baina egia bada, gotzainok, orohar, “maixutasunezko” gogoetak idatzi ohi ditugula: fedearen irakaskuntza, Elizaren bizitzan parte hartzeko gonbidapenak, egungo gaiei buruzko hausnarketa moralak, eta abar….

Baina Gazte Pastoraltzakoekin egindako hainbat topaketetan behin eta berriz nire esperientziaz hitzegiteko eskatu didate: “Zure bokazioaren historia gurekin partekatuko zenuke?”. Egia esan, idatziz jartzeak errespetua ematen du (eta lotsa apur bat ere bai…) baina zalantzarik ez dut merezi duenik, Jainkoak jarri gaituelako batzuek besteen bidean. Eta gure historia ez da guk uste dugun bezain “gurea”, ez da “jabego pribatua”.  Horregatik, nire bokazioaren testigantza eskatu didaten honetan ez dut zalantzarik izan eta hasierako erreparoa gaindituta,  ekinari eutsi diot.

Aukeratu dudan izenburua deigarria iruditu zaizue agian (“Beste batek heldu eta eramango zaitu… pentsatzen ez zenuen lekura”). Zirraragarria gertatu zitzaidan Ebanjelioko pasartea du oinarri…..San Juanen Ebanjelioak kontatzen digu, mirarizko arrantzaren ostean, Berpiztutakoa topatu eta Jesusek galdera bera hirutan egin zion Pedrori: “Maite Nauzu?”. Pedroren erantzunak hirutan entzun eta Jesusek Pedrori, bizitza osorako zeregina eman zion: “Bazkatu eta larreratu nire ardiak”.

Aitortzen dut beti hunkitu nautela agindu honen ondoren esandako beste hitz hauek: “Egitan, egiten diotsut: gazte zinenean zuk zeuk heldu eta nahi zenuen lekura eramaten zenuen zure burua; baina zahartzarora iritsita, zure eskuak luzatuko dituzu eta beste batek helduko zaitu eta nahi ez zenuenenera eramango”  (Jn 21, 18).

Azken hitza aldatzera ausartu naiz (“nahi”ren ordez “pentsatu”jarri dut), jakin badakidalako gure imajinazioak okerrera eramaten gaituela sarritan, gure iritzien eta egiteko eraren arabera dena  kontrolpean izateko joera daukagulako …

Nire bokazioaren historiak, behin eta berriz Jainkoari eskertzen diodan giro aproposean du iturri: kristautasun handiko familian. Gero eta argiago daukat erregalia handia izan dudala, emozionalki oso orekatua den familia apal, langile eta sinistunean hazi eta hezitua izan naizelako.… (Gaur egun oraindik erregalia handi hau gozatzen jarraitzen dut eta are gehiago nire ama nirekin bizitzera etorri denetik).

Gaur egun dudan ikuspegitik, Jainkoak niregan izan zuen oztoporik handiena nire lotsa gainditzea izan zela uste dut. Lotsati izateak eta segurtasun ezak ez dute galarazten apaizgorako bokazioa, baina era berean Jainkoaren deiari behar bezala erantzutzeko ezinbestekoa da “lotura” guztiak haustea.

Gogoan dut, hamaika-hamabi urteko mutil koxkorra nintzenean, telefonoz norbaitek etxera deitzen zuenean, beste gelaren batera egiten nuez ihes ezezagunekin hitzegitea oso gogorra zitzaidalako. Gogoan daukat ere bai, nire amak pazientziaz beteta, aserré, zera esaten zidala: “Baina, zer egingo duzu etorkizunean? Bizitzari aurre egin behar diozu!” (Gaur bizi bizi ditut une haiek, “aurre egiteko” beharra oso sarritan sortzen bait da, eta zer esanik ez komunikabideetan!).

Gauza zera da, Jainkoak bere egiteko modu berezia dauka eta niri hazten laguntzeko tresna eraginkorra erabili zuen: Elizaren bizitza pastorala. Nire ikasketak egin nituen ikastetxe erlijiosoan, Bihotz Sakratuko apaizek zuzentzen zuten hartan, larunbatero biltzea eskeini ziguten, igandeko liturgian sakontzeko asmoz eta urtean behineko ariketa espiritualetan parte artesa ere bai. Horrez gain, Pauleko San Vicenteren Batzarretan,  behartsuenen artean apostoladutza egiten genuen. Nire bizitzan aurrerapauso handia izan zen esate baterako, astean behin Martuteneko presondegira egiten genituen bisitaldiak eta presoekin izan ohi genituen zine emanaldiak eta hizketaldiak.

Urte gogorrak ziren (1975-78), eta ez zen lan erraza ikaskideen aurrean definitzea. Halere, eskolako kapellauak, Ariketa Espiritualetan parte hartzen genuenei, gelaz gela gure esperientziaz hitzegitera gonbidatu gintuen (oso gutxi ginen, beste guztien aurrean) … Eta ez dakit nola lortu nuen baina,… egin nuen!!

Azken urtea iritsi zen (gaur egungo Batxillergoko 2.a). Etorkizunari begira aukera egiteko garaia. Nik unibertsitateko ikasketak egingo nituela argi nuen. Inoiz pentsatu gabe nengoen ordea apaizgoa bizibide izan zitekeenik. Ez zegoen nire aukeren artean, era kontziente batean, behinik behin.

Ikastetxeak antolatutako Ariketa Espiritualetara joan nintzen azken urte hartan eta gozatu nituen bai, baina ez nuen aintzat hartu predikatzaileak zuzendutako bokaziorako deia. Amaieran, apaizak Eukaristia ospatu zuen eta bertan Ariketetan hartutako konpromezuak idaztzi eta aldarearen alboan ezarritako suan erretzeko gonbitea egin zigun. Eskaintzaren unean, papera eta bolaluma banatu zituzten; eta gaur izango balitz bezalaxa dut gogoan, besteei begira gelditu nintzela, zer idatzi ez nekiela. Papera emateko garaia iritsi zenean, zuriz sinatzea otu zitzaidan eta Jaunari berak betetzea eskatu nion. Hura izan zen Eukaristian egin nuen eskaintza!

Ba arazoak arazo, antza denez suak berehala jan zuen nire papera eta kea azkar batean iritsi omen zen zerura…. Izan ere, gau hartan bertan, lehen aldiz zera pentsatu nuen: “Jainkoak nire ordurarteko planak alde batera utzi eta hari jarraitzeko deia egiten ari zitzaidala”…. Nire urtebetetze egunaren bezpera zen. Eta Jainkoari eskerrak ematen dizkiot, egun hartan bete nituen hamazazpi urte haietatik gaur egunerarte inoiz ez dudalako Haren deiaren gainean inolako duda izpirik izan.

Esperientzia eza dela eta, norberaren bokazioa aurkitzen dugunean Jainkoak gure bizitzaregandik nahi duena badakigula pentsatzen dugu. Erabakiak hartzeko garaia amaitu dela sinisten dugu, baina egitan hasi besterik ez da egin…

Seminarioa oso aberasgarria izan zitzaidan…. Ezusteko handia eta atsegina izan zen oso. Egiaz, haiek nire bizitzako “urrezko garaiak” izan ziren. Seminaristen arteko harremana benetan aberasgarria eta suspergarria zen. Era berean, apaiz eredu handiak izan nituen alboan eta hori guztiaren ondorioz, Elizak nire eskuetan jarriko zuen ministeritza zer nolakoa izango zen jakiten joan nintzen … Inguruan izan dituzun apaizetan oinarrituta hasten zara ikusten zure apaizgoak nolakoa behar duen izan, baina gero…. dena oso ezberdina da!! Honako honen edo beste haren antzekoak izan nahi dugu baina Jainkoak Hari bakarrik begiratzea nahi du eta horrela joango gara topatzen Hark guk egitea nahi duen bidea. Gure inguruan ditugun ereduak oso garrantzitsuak dira, baina behin betikoa den bakarra, Jainkoaren nahia da, gutxinaka gutxinaka, une jakin batean erakusten zaiguna …

Atzera begiratuta, esandakoa nire bizitzan nola bete den ikus dezaket: inoiz pentsatu gabe nengoen Jainkoak drogomenpekotasunean eroritako gazteekin pastoraltza lanean jarriko nintuenik. Eta aitzitik, Zumarragan nire parrokia izan zen hartan denborarik gehien haiekin eman nuen… Inoiz pentsatu gabe nengoen parrokia eraikinaren lanak gidatu beharko nituenik, baina  buru belarri sartu nintzen lan horretan…. Inoiz pentsatu gabe nengoen komunikabideei zerbait esateko nuenik eta nork esango lidake Radio Mariako mikrofonoaren aurrean hitzegingo eta ordenagailuaren aurrean komunikabideetarako idatziko nuenik! Eta zer esan dezaket gaur egun bizi dudan uneari buruz? Pentsatu ere ez, Elizak Gotzaitegia eramateko deia egingo dizanik!… Beti uste izan nuen, oker uste ere, gotzainak talento aparteko gizonak direla…. baina gauzak uste baino askoz ere errazagoak eta sinpleagoak dira.

Dena dela, bada oinarrizko beste alderdi bat, honako historia barne jarraipen eta batasun klabean ulertzeko. Egia da apaizgoaren ministerioaren inguruko eskenatokiak oso aldakorrak izan daitezkeela bizitzan zehar; baina uneoro Kristorekin erabateko batasunaren esperientzia bizi ahal izatea ahalbidetu didan elementua bada: Eukaristiaren ospakizunaz ari naiz, pekatuen barkamenaz, Hitza predikatzeaz,…. Honek guztiak apaizaren arima osatzen du, eta ziur nago egoera oso ezberdinetan ere apaizgoaren esperientzia oso beretsua izango litzatekeela niretzat. … Apaizgoaren Jubileoaren urte honetan azpimarratu nahi nuke gure bizitzaren zentzua Cristo Apaizarekin, Elizaren Senarrarekin eta artaldearen Artzain Onarekin bat egitean datzala. Beste guztia- egoera ezberdinak, nola, non eta noiz- bigarren mailan gelditzen da…

Beste guztiaren gainetik uste dut bokazio ororen gakoa, bakoitzak Jainkoarenkin sinatu behar duen “txeke zuria” dela. Guk txekea gorabeherez bete nahi izaten dugu eta gero Jainkoari eman, hark sinatu dezan. Kantitatea, data, lekua,…. idazten ditugu eta gero Jainkoari gure planak onartu eta zijilua jartzeko eskatzen diogu. Baina gauzak alderantziz gertatzen dira: Jainkoak zehazten ditu zenbatekoa, datak eta lekuak; eta guri aldez aurretik eta baldintzarik gabe sinatzeko eskatzen digu.…

Gure bizitzaren historia guk “nahi eta espero duguna” Jainkoak “erabaki eta zehaztu” duenarekin bateratzean datza. Eta bide horretan egin ohi dugun okerrik nagusienetarikoa, Eliza Amarenganako mesfidantza da.  Urteen joan etorrian zera ulertu dut: bokazioa Jainkoarengandik jaiotzen bada ere, Elizaren deiei eta oharrei esker ezagutu eta ulertuko dugula. Bestela inoiz ez gara gai izango Jainkoaren nahia eta gure burutazioak bereizteko.

Aurreko lerroak irakurri eta nire buruari gogoratzen diot ezin dudala berriz ere nire bokazioaren historia amaitu dela pentsatu, oker handia litzatekeelako. Jainkoak behin eta berriz esaten dit, “Beste batek helduko zaitu eta nahi ez duzun lekura eramango….”

Eta nik berriro Jainkoari, ez dakidala nigandik etorkizunean zer nahiko ote duen, baina nik Hark nahi duena besterik ez dudala nahi.… Eta Amabirjinari eskaera: azken esaldi hau ez dadila izan honako artikulua amaitzeko era eder bat soilik.

+ José Ignacio Munilla Aguirre