“Creo en la resurrección, pero de verdad”

Por el interés generado por el anterior artículo (“El sepulcro vacío de Jerusalén”), reproducidos este artículo fue publicado por D. José Ignacio Munilla el 25 de abril de 2004 (antes de ser nombrado obispo) en El Diario Vasco de San Sebastián, respondiendo al artículo que D. Juan José Tamayo había publicado el 18 de abril del mismo año (Domingo de Resurrección), con el título de “Creo en la resurrección, pero de otro modo” (http://laicos.antropo.es/documentario/900T-JJTamayo.htm).

Con el título “Creo en la resurrección, pero de otro modo”, el teólogo Juan José Tamayo publicaba un artículo de opinión en diversos periódicos el 18 de Abril del 2004; en el que, una vez más, se nos presentaba como víctima incomprendida y maltratada por la Iglesia Católica. Ha pasado ya más de un año desde que la Comisión Episcopal de la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española hiciese pública una nota en la que descalificaba diversas teorías expresadas por el citado señor, como “incompatibles” con la fe católica. Ciertamente es muy fácil hacer pública la versión personal de una controversia, cuando uno tiene la seguridad de que la otra parte, por discreción y por talante, se va a callar o se expresará en privado. Dejo sin comentario, por lo tanto, los dimes y diretes que nos cuenta en su artículo, y me voy al tema central de la resurrección de Cristo: ¿Se puede creer en la resurrección de otra manera, como afirma el señor Tamayo? O, por el contrario, ¿sería más honesto que reconociese su ausencia de fe en la resurrección?

Una de las indicaciones que la Iglesia Católica hizo a éste teólogo fue la de negar el carácter histórico y real de la resurrección. Honestamente, no entiendo cómo se puede sentir objeto de falsas acusaciones por parte de las autoridades eclesiásticas, cuando resulta que en su último libro formula tesis como las siguientes: “la resurrección no es un acontecimiento histórico”, “la resurrección de Jesús no constituye el dato decisivo ni el núcleo central de la fe cristiana”, “la fe en la resurrección nació del recuerdo del Jesús histórico”, “ha de ser entendida en el sentido de la rehabilitación de las víctimas por parte de Dios”, “es un símbolo y una metáfora del deseo de la vida eterna del hombre”… Y, por si caben dudas de cómo interpretar estas expresiones, el Sr Tamayo asume la afirmación de Lüdemann: “La tumba de Jesús no estaba vacía, sino llena, y su cadáver no se esfumó, sino que se descompuso”.

Por lo tanto, cogiendo el toro por los cuernos, se nos plantea una pregunta que no admite componendas: ¿Cabe afirmar que Cristo ha resucitado sin que eso suponga que el sepulcro quedase vacío? ¿Se podría seguir hablando de resurrección si apareciese hoy el cadáver de Jesucristo? Ante una cuestión tan obvia, me remito al sentido común de los lectores. Pretender hablar de la resurrección de Cristo sin que esto conlleve le reanimación de su cuerpo, solo se explica desde unos clarísimos prejuicios antropológicos de partida.

Es cierto que la resurrección de Cristo es un hecho que trasciende la historia, y que, por lo tanto, no es comprobable en el orden físico. Nada que ver con la resurrección de Lázaro, por poner un ejemplo, que le hizo volver a una vida mortal. La resurrección de Cristo supone trascender el orden natural, pasando a un estado de glorificación, que está fuera de nuestra capacidad de comprobación. Pero eso no obsta para que la resurrección haya dejado huellas constatables. Es decir, por una parte estamos ante un acontecimiento que trasciende la historia humana, pero que al mismo tiempo ha dejado huellas históricas y, por lo tanto, físicamente comprobables: el sepulcro vacío, las vendas, los encuentros con los discípulos tras su resurrección, etc.

El cuerpo resucitado de Cristo es de suyo invisible. Dicho de otra forma, no tiene necesidad de esconderse a nuestros ojos. Pero con el deseo de fortalecer nuestra fe, quiso tener la condescendencia de dejarse ver y tocar en determinados momentos y circunstancias. Las apariciones de Cristo tras su resurrección están en el mismo orden de los milagros que hizo Jesús, para testimoniar su misión y fundamentar nuestra fe. La predicación que hicieron los apóstoles en la iglesia primitiva no deja lugar a dudas: “nosotros que con El comimos y bebimos después de haber resucitado de entre los muertos” (Hech 10,41).

Tampoco debemos de perder de vista que el retrato psicológico que los evangelios hacen de los apóstoles -y no me refiero solamente a Tomás- está muy lejos de describirlos como unas personas fácilmente sugestionables y crédulas. En definitiva, las escenas evangélicas de las apariciones de Cristo resucitado no pueden explicarse por la fe pascual de los discípulos; sino que la fe pascual se explica por las apariciones. Aconsejaría a los lectores que leyesen los números 639-644 del Catecismo de la Iglesia Católica. Allí podrán comprobar por ellos mismos hasta qué punto las teorías del Sr Tamayo están basadas en la Escritura, Tradición y el Magisterio de la Iglesia; o, por el contrario, son pura ideología suya.

La forma con la que la reciente película de “La Pasión” describe la resurrección de Cristo merece un comentario final, ya que sintoniza perfectamente con lo que queremos expresar en este artículo. La piedra que tapa el sepulcro es corrida, entra la luz en el sepulcro y se deshinchan los lienzos en los que había estado envuelto el cadáver. Mel Gibson ha tenido sin duda una buena asistencia teológica y escriturística a la hora de elaborar el guión de esta escena y de otras muchos de su película.

En efecto, biblistas de gran prestigio como De la Potterie, Laurentin y otros muchos, hacen notar que en el evangelio de San Juan (Jn 20, 5) se narra con mucha precisión lo que el apóstol encontró al entrar en el sepulcro vacío. La traducción más frecuente de este versículo se suele expresar así: “llegó primero al sepulcro, y habiéndose agachado, ve los lienzos en el suelo…” Pero, sin embargo, los estudios bíblicos a los que hacemos referencia hacen notar que San Juan utiliza el término griego “kéimana”para especificar que los lienzos estaban “tendidos”, “aplanados”, “alisados” en el suelo. Tengamos en cuenta que es la misma palabra griega con la que se expresa la disminución de la inflamación de una parte del cuerpo humano. Pues bien, aplicado al texto bíblico, habría de interpretarse en el sentido de que las vendas y la sábana que estuvieron abultadas por contener dentro de ellas el cadáver de Cristo, fueron encontradas por el apóstol “deshinchadas”. No estaban desdobladas, como hubiese ocurrido en el caso de que alguien hubiese robado el cadáver, sino “desinfladas”. Y aquellas huellas visibles de la resurrección, aunque no eran pruebas por sí solas, debieron de tener una gran fuerza en San Juan, ya que desencadenan su confesión de fe: “entró al sepulcro… vio y creyó”.

En resumen, el sr Tamayo es muy libre de afirmar que cree en la resurrección “de otro modo”. Nadie se lo prohíbe. Pero no tiene derecho alguno a hacerse la víctima por el hecho de que el magisterio de la Iglesia haya “osado” decirle a él y a quienes le escuchan, que su visión es contraria a la fe católica.