“Esperanza” y “esperanzas”

El 24 de abril tuvimos entre nosotros la visita del Obispo de San Sebastián, Mons. Uriarte, invitado a nuestra Diócesis para hacer una presentación de la encíclica “Spe Salvi” (Salvados en la Esperanza). Sus reflexiones nos ayudaron a comprender hasta qué punto la felicidad del hombre está condicionada a la vivencia intensa de esta virtud, a pesar de que, al decir de algunos, la esperanza parece haber sido relegada a la condición de “cenicienta” de las virtudes teologales.

La primera constatación es que nuestra sociedad occidental padece una notable crisis de esperanza. Afirmaba Mons. Uriarte que “nuestro mundo occidental es muy rico en medios y muy pobre en fines”, hasta el punto de que “la depresión se ha convertido en la dolencia psíquica característica de nuestro tiempo”. Paradójicamente, los países desarrollados padecen con especial intensidad la desesperanza. Es un contraste que el hombre haya alcanzado cotas tan altas en el dominio del mundo, y que al mismo tiempo no tengamos claro adónde nos dirigimos y cuál es el sentido de la existencia.

No cabe duda de que hoy muchas personas construyen sus vidas persiguiendo solamente metas “parciales”, tales como abrirse paso en la profesión, sacar la familia adelante, ganar en calidad de vida, etc. Incluso parecen no necesitar de un sentido profundo y trascendente que dé una unidad a su vida. Pero, sin embargo, también los hay que se hacen la pregunta por el sentido definitivo de la vida: “¿es esto todo lo que da de sí la vida y todo lo que puedo hacer en ella?”.

El drama del hombre consiste en comprobar amargamente que, si no hay una “esperanza” definitiva, nuestras “esperanzas” están abocadas, tarde o temprano, a la frustración. Con fina ironía, Mons. Uriarte citaba en su conferencia las palabras del cómico Groucho Marx: “Vamos de victoria en victoria, hasta la derrota absoluta”. En efecto, ¿de qué le sirve al hombre ilusionarse en las metas parciales, si al final todo queda reducido a la nada? El hombre que no piensa en el sentido último de la existencia, es como un empresario al que no le preocupara el balance de su negocio.

El verdadero opio del pueblo

la teoría marxista acusó a la religión en general, y al cristianismo en particular, de ser el “opio del pueblo”. La esperanza en el más allá sería una manipulación de las clases dominantes a los pobres, de manera que pospongan su deseo de justicia en esta vida, a un destino eterno. La acusación de Karl Marx a la religión se resume en que ésta pretende que el hombre se evada de sus “esperanzas humanas”, para consolarlo con la “esperanza teologal”.

Sin embargo, han pasado muchos años desde que el marxismo formulase aquella ideología y, entre tanto, hemos sido testigos –por poner un ejemplo emblemático- de cómo los obreros católicos de Polonia comunista se apoyaban en la esperanza teologal, para ver realizadas sus esperanzas de un mundo más justo. Su testimonio, así como el de otros muchísimos cristianos, nos demostró que -como afirma el mismo Benedicto XVI en “Spe Salvi”- la esperanza en Dios no es sólo “informativa” sino “preformativa”; o dicho de otro modo, nuestra fe fundamenta y sostiene todos y cada una de las esperanzas de la vida en curso. En otras palabras, la experiencia cristiana ha superado la sospecha hacia una esperanza alienante: el presente carece de futuro, si el futuro no transforma el presente.

En realidad, lo que hoy estamos comprobando es que, el verdadero opio del pueblo es el materialismo –“pan y circo”-, ya que conduce al hombre a la renuncia de sus ideales más nobles en servicio a los demás, para encerrarlo en un egoísmo feroz. La falta de una “ESPERANZA” con mayúsculas, ha motivado que las esperanzas terrenas se hayan diluido en el bazar de nuestros egoísmos. Como apuntaba Mons. Uriarte en su conferencia, “muchos idealistas de ayer son los escépticos vividores de hoy, porque les ha faltado la esperanza teologal para sustentar sus esperanzas”.

Nuestras “esperanzas” abiertas a la “esperanza”

Esperar es inherente al ser humano. Es imposible vivir sin esperanzas. Pero el gran reto está en integrar “esperanzas” y “esperanza”. Es cierto que no tendría sentido una esperanza teologal que no se tradujera en esperanzas concretas. Pero también es verdad que el mundo presente corre el grave riesgo de devaluar tantas “esperanzas”, si no las abre a la trascendencia.

Para que nuestras esperanzas sean verdaderamente “humanas”, han de estar abiertas al infinito… Así lo afirmaba Mons. Uriarte: “El hombre es insaciable, y permanentemente insatisfecho. Cuando logramos una meta esperada, al poco surge espontáneamente en nosotros una inquietud por una meta más elevada. En realidad, el corazón humano es un ser limitado con un ansia ilimitada (…) Esta desproporción entre su ser limitado y su aspiración ilimitada, este “desajuste”, ¿no será signo de una llamada de Dios, portadora de una promesa en plenitud?” (…) El análisis del deseo humano puede ayudar a descubrir la radical vocación trascendente del hombre”.

Por todo ello, a pesar de que hayamos comenzado diciendo que nuestra sociedad occidental padece una crisis de esperanza, en realidad, debemos rechazar tanto la tentación del pesimismo, como la del optimismo ingenuo. Ninguno de los dos son cristianos. La esperanza cristiana consiste en vivir el presente con intensidad de “amor”, desde la “fe” en el futuro que nos ha sido regalado en Cristo.