Aprendizaje y ejercicio de la Esperanza

La segunda encíclica de Benedicto XVI, Spe Salvi, se ha centrado en la virtud teologal de la esperanza, después de que la primera lo hiciese en la caridad, Deus Caritas est. Este itinerario seguido por nuestro Papa es una buena muestra de su firme convicción de volver a lo sustancial e incidir en el abecé de nuestra religiosidad: redescubrir la fe, la esperanza y la caridad.

Laín Entralgo decía que “el hombre es un animal que espera”. Vivir es esperar. Más aún, “somos esperanza” (Landsberg). Sin embargo, la encíclica papal nos enseña a distinguir entre “esperanzas” y “ESPERANZA”. La esperanza a la que se refiere el Papa es la teologal. La esperanza cristiana es vivir el presente desde el futuro que nos ha sido dado en la Resurrección de Jesucristo.

En el presente artículo, nos queremos centrar en la parte final de la encíclica, donde se nos habla de los “lugares de aprendizaje y ejercicio de la esperanza”. Pues bien, tres son los “lugares” que el Papa nos propone para aprender y, al mismo tiempo, para ejercitar esta virtud:

1.- Oración y esperanza

Decía el Beato Santiago Alberione que “la oración es la respiración de la esperanza”. ¡Dime cómo rezas, y te diré lo que esperas! San Agustín define la oración como una escuela de esperanza.

El hombre ha sido creado para ser colmado por Dios; pero el problema es que nuestro corazón es demasiado “pequeño”, y nuestros deseos y esperanzas necesitan ser purificados. Con frecuencia, Dios no nos concede de forma inmediata los dones que le pedimos, tal vez porque no nos convienen o, quizás, porque necesitamos tener más conciencia de gratuidad…  “En la oración, el hombre ha de aprender qué es lo que verdaderamente puede pedirle a Dios, lo que es digno de Dios. Ha de aprender que no puede rezar contra el otro. Ha de aprender que no puede pedir cosas superficiales y banales que desea en ese momento, la pequeña esperanza equivocada que lo aleja de Dios. Ha de purificar sus deseos y sus esperanzas”. (Spe Salvi, 33).

El ejercicio de la oración de petición es similar al del marinero que, desde su barquichuela, lanza una soga al lugar de amarre del puerto. Después de tirar con fuerza de la soga, lo que consigue no es precisamente que el puerto se acerque a su barca, sino al contrario: es él quien se acerca al puerto.

2.- Sufrimiento y esperanza

La lucha por la construcción de una sociedad más justa conlleva inevitablemente el sufrimiento. Aunque nosotros podamos y debamos procurar atenuar nuestro sufrimiento, no nos es posible eliminarlo: forma parte de nuestra existencia. El mensaje de la encíclica es bien claro: “Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido mediante la unión con Cristo, que ha sufrido con amor infinito”. (Spe Salvi, 37). En el sufrimiento también hay esperanza. Más aún, la capacidad de sufrir por amor a la verdad es un criterio de humanidad.

A la “aceptación” del sufrimiento, el Papa añade el “ofrecimiento”. Nuestros sufrimientos pueden ser libremente ofrecidos a Dios en favor de nuestros hermanos. De esta forma estaremos participando en esa misma ofrenda voluntaria que hizo Cristo de sí mismo al Padre, en la Cruz. Los cristianos tenemos la firme convicción de que no existe sufrimiento inútil ni estéril, sino que cada cruz de nuestra vida lleva implícita una vocación corredentora.

3.- Juicio eterno y esperanza

Con frecuencia, nosotros hemos opuesto el concepto de justicia al de misericordia. Si Dios es infinitamente misericordioso, entonces tiene que cerrar los ojos ante nuestras faltas y renunciar a hacer justicia. Por el contrario, si es infinitamente justo, entonces no puede ser misericordioso. Sin duda alguna, ese dilema es falso. “El Juicio de Dios es esperanza, tanto porque es justicia, como porque es gracia”. (Spe Salvi, 47).

Citando una escena de la novela Los hermanos Karamazov de Dostoievski, Benedicto XVI nos recuerda que los malvados no se sentarán indistintamente a la mesa del banquete eterno junto a sus víctimas, como si no hubiera pasado nada. En efecto, la existencia del infierno es expresamente afirmada en la encíclica, porque “puede haber personas que han destruido totalmente en sí mismas el deseo de la verdad y la disponibilidad para el amor” (Spe Salvi, 45); de la misma forma que también habrá personas santas, perfectamente purificadas y preparadas para entrar a ver el rostro de Dios en el Cielo.

Sin embargo, el Papa se atreve a mostrar su convicción personal: “Según nuestra experiencia, ni lo uno ni lo otro son el caso normal de la existencia humana. En gran parte de los hombres –eso podemos suponer– queda en lo más profundo de su ser una última apertura interior a la verdad, al amor, a Dios. Pero en las opciones concretas de la vida, esta apertura se ha empañado con nuevos compromisos con el mal; hay mucha suciedad que recubre la pureza…” (Spe Salvi, 46). En efecto, el Papa habla del estado del purgatorio como un último ofrecimiento de la misericordia de Dios, que nos purifica y santifica, restableciendo así también la justicia. La posibilidad de la purificación de nuestros pecados, en esta vida y más allá de ella, es motivo de esperanza para nosotros.

Los cristianos estamos invitados a orar y a entregarnos a favor de las almas del purgatorio, participando y cooperando en el misterio de la comunión de los santos. Concluye el Papa diciendo: “Como cristianos, nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación personal”. (Spe Salvi, 48).