El Amor es más fuerte que la muerte Homilía íntegra del funeral por las víctimas de la catástrofe de Gaspar Arroyo (Palencia)

Un funeral es el “adiós” de la comunidad cristiana a cada uno de sus miembros. Y en esta ocasión, el hecho de que realicemos este funeral conjunto para todas las víctimas del trágico accidente ocurrido en la madrugada del martes en Palencia, nos permite dar un cauce a tantos palentinos, que necesitan expresar sus sentimientos de dolor y de solidaridad con todas las víctimas y con todos los afectados.

Por desgracia, tenemos que reconocer que el estilo de vida de las sociedades urbanas, nos puede conducir a hacernos insensibles a las situaciones que nuestro prójimo pueda estar viviendo cerca de nosotros. Tal vez, al otro lado del tabique tambor de nuestra vivienda, estén teniendo lugar dramas personales que permanecen ocultos. Sin embargo, la conmoción producida en Palencia en estos días, demuestra que el prójimo nos importa, que el sufrimiento del vecino no nos es ajeno, que nuestro proyecto de vida no puede estar -ni está de hecho- sustentado en la indiferencia.

Dios no nos ha creado para que recorramos nuestro camino en soledad, sino en comunidad. La suerte y el destino de quienes me rodean, forma parte de mi  propia historia. Hoy recordamos y hacemos nuestras las palabras del apóstol San Pablo: “¿Quién llora, sin que yo no llore con él? ¿quién ríe, sin que yo no ría con él?”(2 Co 11, 29). ¡Ojalá nuestras preocupaciones no coincidan únicamente con “nuestras cosas” y “nuestros intereses”! ¡Ojalá cultivemos el olvido de nosotros mismos y la preocupación por los demás, como uno de los secretos de la existencia y de nuestra propia felicidad!

Pero, en esta ocasión, es también muy importante que nuestra fe cristiana nos aporte una clave de sentido en medio de esta tragedia. ¿Cómo entender y encajar el misterio del sufrimiento, el dolor y la muerte? ¿Hay alguna palabra que decir y que nos pueda transmitir luz? ¿Continúan existiendo en medio de estas circunstancias, razones para la esperanza?

El mayor enemigo de la esperanza no es el sufrimiento, ni tan siquiera la muerte. En realidad, la auténtica antítesis de la esperanza es el sinsentido, la carencia de una clave de comprensión de nuestra existencia. Hay algo mucho peor que el dolor y que la muerte: la falta de sentido para afrontarlas.

Ayer por la mañana, tuve el privilegio de compartir la Santa Misa con los enfermos ingresados en el Hospital Psiquiátrico de San Luis. Ante aquella numerosa asamblea de enfermos, asamblea “experta” en dolor y sufrimiento y de los cuales tenemos tanto que aprender, escuché con emoción unas palabras llenas de sentido que me parecen iluminadoras en el momento presente: “por encima de las nubes grises, luce el sol”. No eran unas palabras pronunciadas desde la teoría o la inexperiencia. Era una clave de sentido que se nos ofrecía desde la escuela del dolor, vivida en la esperanza.

“¡Por encima de las nubes grises, luce el sol!” Ciertamente, las nubes impiden ver el sol. Eso es indudable. Pero también es cierto que las nubes no son capaces de impedir que los rayos del sol se filtren a través de ellas, llegando la claridad hasta nosotros y permitiendo que vivamos “a la luz del día”.

Así también ocurre con el dolor y el sufrimiento. Podrán ensombrecer nuestra felicidad en múltiples ocasiones, podrán incluso hacer más difícil a muchos la comprensión del sentido de la existencia,  pero no hasta el punto de impedir que los signos del amor de Dios continúen llegando hasta nosotros, como rayos que se filtran a través de las nubes. Los sufrimientos de esta vida, por mucho que el mal apriete de forma cruel en momentos determinados, no consiguen impedir que los signos del amor de Dios sigan llegando a nosotros.

Por encima de todo, el principal de estos signos que nos da la clave de sentido de la existencia, es el signo de la Cruz. El Papa Juan Pablo II, de feliz memoria, un hombre curtido en el dolor, nos dejó en uno de sus libros esta profunda reflexión: “Si no hubiera existido esa agonía en la Cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar”. (El umbral de la Esperanza, pág. 82)

El signo de la Cruz es tan silencioso como elocuente: Dios nos ama profundamente; y a través del misterio de la muerte en Cruz de su Hijo, ha convertido el sufrimiento en instrumento de redención, y ha hecho de la muerte la puerta de la vida eterna.

Tal vez, considerando las circunstancias en las que ha tenido lugar la muerte de estos hermanos nuestros, posiblemente nos veamos reflejados en aquel pasaje del Evangelio que nos presenta la muerte como un ladrón que viene de noche: “Velad, pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.  Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora de la noche iba a venir el ladrón, estaría en vela y no  permitiría que le horadasen su casa.  Por eso, también vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre” (Mt 24, 42).

Qué duda cabe que la muerte tiene algo de ladrona, porque no avisa, porque nos roba nuestros planes, porque nos exige un absoluto despojo… Pero, por otra parte, también es cierto que aunque las circunstancias que rodean nuestro fallecimiento son impredecibles, no es menos cierto que no hay cosa más segura y predecible que el hecho incuestionable de la muerte. Vivir de espaldas a esta realidad, sería vivir en el engaño.

Por lo tanto, la muerte no puede ser explicada exclusivamente con la imagen del ladrón que llega a media noche. Se trata de una imagen iluminadora, pero insuficiente. Por ello, el pasaje del Evangelio que hoy hemos leído, del capítulo 25 de San Mateo, nos habla de la muerte bajo la imagen de unas doncellas que esperan la llegada del novio, para celebrar su banquete de bodas. ¡La muerte es descrita con la imagen de un desposorio, de una boda! ¡Qué imagen tan distinta a la del ladrón que llega sin avisar!

Decía un autor católico, Gustavo Timón, que “si no recibimos la muerte como a una novia, la acabaremos recibiendo como a nuestro verdugo”. Y la conclusión es bastante clara: el cristiano debe vivir su existencia de cara a Dios, para que llegue a morir también de cara a El. La muerte no es el encuentro con lo desconocido, desde el momento en que Dios no debería resultarnos desconocido o extraño para los que somos sus hijos… Si la vida es el tiempo de la búsqueda de Dios, la muerte es el momento del encuentro definitivo y la eternidad es su posesión absoluta.

Fijaos en que hemos comenzado diciendo que los funerales son el “adiós” de la comunidad cristiana a sus hijos. No sé si caemos en la cuenta del significado de esta expresión cotidiana –“adiós”- tan utilizada en nuestro lenguaje habitual. Adiós significa “hacia-Dios”, significa “a Él nos dirigimos”, “hacia Él caminamos”, “somos peregrinos”. La palabra “adiós” ha llegado a ser un saludo coloquial, que la mayoría de las veces utilizamos de forma inconsciente, desconociendo su etimología, pero que refleja claramente las profundas convicciones de nuestra fe y tradición cristianas. Es una de esas expresiones que encierra una clave de sentido que hoy y aquí nos es muy necesaria.

Curiosamente, cuando saludamos diciendo “adiós”, con frecuencia recibimos por contestación un “hasta luego”.  Tan cierto es que el funeral es una “despedida”, como que también es un “recordatorio” de nuestro destino común con los que nos han precedido, con los cuales nos volveremos a encontrar.

No podemos olvidar que los cristianos no rezamos para no morir, sino para morir bien. Nuestra meta no es la vida física, sino la vida eterna. Y buena prueba de esto la tenemos en los mártires, quienes han preferido morir, antes que perder la “Vida”.

Quiero concluir dirigiendo  una palabra especial de cariño a los heridos y damnificados, así como a las familias de los fallecidos y desparecidos. ¡Ojalá que las muestras de afecto y solidaridad de las que os sentís rodeados, sean un signo de que el Amor es más fuerte que la muerte!

También deseo agradecer a todas las autoridades, funcionarios y voluntarios, que estáis llevando a cabo este dispositivo de emergencia, todavía en marcha. De forma especial quiero agradecer a las Hermanitas de los Ancianos Desamparados su acogida y apoyo. Son tantos los palentinos, asociaciones y particulares, que se han volcado incondicionalmente en este momento trágico, que sería imposible mentarlos con detalle. Le pido a Dios que toda esta solidaridad no sea circunstancial y puntual, sino que tenga el debido seguimiento.

Ofrecemos el Sacrificio de la Santa Misa con dolor, pero con esperanza. Le dirigimos al Señor una súplica sincera por el eterno descanso de los difuntos, por el consuelo de sus seres queridos, por el restablecimiento de los heridos, y le pedimos que esta tragedia sea también una ocasión de gracia para despertar sensibilidades dormidas, para suscitar nuestra mutua unión, solidaridad y fraternidad. En definitiva, para abrirnos al mensaje de esperanza que se encierra en la Cruz de Cristo.