Manipular la causa de los pobres

¿Fidelidad a los pobres o fidelidad a la liturgia? ¿Encontrar a Cristo en los marginados o encontrar a Cristo en el Sagrario? ¿Ser hombre contemplativo o ser hombre de acción? ¿Espiritual o social? ¿Obediente al Magisterio de la Iglesia o comprometido con nuestro tiempo? ¿Estudioso de la teología o cercano y comunicador? ¿Miembro de la Iglesia jerárquica o de la Iglesia popular?…

Con demasiada frecuencia, estamos siendo testigos últimamente, de cómo se plantean este tipo de dilemas, en el contexto de las noticias que los medios de comunicación nos sirven, referentes a la vida interna de la Iglesia. No hay que ser muy avispado para caer en la cuenta de que los “mass media” que inciden en esas contraposiciones, son precisamente los más laicistas y los más hostiles a la Iglesia. Se trata de una demostración concreta de cómo poner en práctica la famosa estrategia del “Divide y vencerás”.

No queremos cargar la responsabilidad exclusivamente sobre esos medios de comunicación, especialistas en buscar el caso límite, para convertirlo en una noticia estrella. Sería demasiado cómodo. También los católicos somos culpables de la deformación del rostro de la Iglesia, en la medida en que nos prestamos a hacer el juego a esa manipulación…

Para hacer luz sobre esta delicada cuestión, me permito sugerir que apliquemos el mismo refrán “Divide y vencerás”, pero no precisamente en el sentido en que lo entendemos habitualmente, sino en su significado literal y originario: “Divide y vencerás” implica resolver un problema difícil, dividiéndolo en partes más simples, tantas veces como sea necesario, hasta que la resolución de las partes se esclarece.

Lo cierto es que, no existen tales contraposiciones teológicas: la ortodoxia (corrección en la doctrina) no está reñida con la ortopraxis (actuación coherente). No es cierto que para ser más comprometido con los pobres, haya que ser menos fiel al credo católico. Ni tan siquiera es verdad que la obediencia a la autoridad de la Iglesia nos reste libertad para entregarnos a los pobres. Muy al contrario, los católicos hemos recibido el mandato de nuestra Iglesia de servir a Cristo en los pobres. Tampoco es verdad que el cuidado y la fidelidad a la liturgia estén reñidos con los servicios sociales más comprometidos. Todas esas contraposiciones, responden más a ideologías, que al espíritu de Cristo y a la vida de la Iglesia.

El hecho es que, el sacerdote que en la celebración de la Eucaristía, coge entre sus manos, con devoción, el Cuerpo de Cristo, se está preparando con ello para ejercer de buen samaritano cuando encuentre al mismo Jesús, “tirado” en la “cuneta de la vida”. Y, al contrario, si cuando la Iglesia lleva a cabo sus obras asistenciales con los marginados, dejase en el olvido su fe, los sacramentos, los mandamientos… entonces, estaría cayendo en la tentación del reduccionismo y dejaría de presentar el misterio de Cristo en toda su plenitud.

En medio de posibles conflictos y malos entendidos, debemos confiar en el ministerio de la unidad que se les ha confiado al Papa y a los obispos, sucesores de los apóstoles. La unidad sólo es posible cuando se suman todas las dimensiones del misterio que Cristo ha puesto en las manos de su Iglesia: adhesión al credo + vivencia fiel de los sacramentos, de la liturgia y de la oración + cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios (y de forma muy destacada, del mandamiento del amor al prójimo, especialmente a los más pobres). Es muy importante el signo de la suma: “+”. A los católicos no nos es suficiente especializarnos en una de esas dimensiones, dejando las demás en el olvido. Ni tan siquiera el servicio a los necesitados lo podría justificar. Sería tanto como manipular la causa de los pobres.

Con el ingenio que le caracterizaba, Unamuno formuló una certera frase, tras quedarse perplejo ante la cerrada ovación que el público le había dirigido, en cierta ocasión: “¿Contra quién me aplauden?”. Es bastante obvio que las noticias eclesiales más codiciadas, no son las que reflejan el trabajo de la Iglesia por los pobres, sino las que pueden ser utilizadas contra la unidad de la Iglesia. Una prueba evidente de que la causa de los pobres no interesa en absoluto por sí misma, es la nula acogida que esos mismos medios de comunicación tan amantes del escándalo, dan de hecho, a las noticias informativas sobre Manos Unidas, Caritas, o cualquier otra de las muchísimas instituciones eclesiales implicadas en el servicio a los necesitados.

No quiero ocultar que dentro de la Iglesia pecamos, en no pocas ocasiones, de falta de comunión. Eso es tan cierto, como que siguen resonando en nuestros oídos las palabras de Jesucristo: “Padre, te ruego para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn 17, 21). Pero, sin embargo, me parecería profundamente injusto que no destacásemos el milagro de la unidad de la Iglesia. Lo verdaderamente impresionante es que a pesar de que seamos tan diferentes, con sensibilidades tan diversas, con circunstancias tan heterogéneas, con orígenes tan dispares… la unidad de la Iglesia siga siendo una realidad.

En la homilía pronunciada por el Papa Benedicto XVI en la solemne Eucaristía del inicio de su Pontificado, recurrió a una imagen bíblica muy utilizada por los Padres de los primeros siglos, para hablar de la unidad de la Iglesia. Se trata del episodio de la pesca milagrosa narrada en el capítulo 20 del Evangelio de San Juan. El evangelista cuenta sorprendido, cómo los apóstoles recogieron las redes llenas de peces, y su gozosa admiración llega al máximo al narrar el siguiente detalle: “Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, ¡no se rompió la red!”.  El Papa concluía su homilía con una ferviente súplica a Dios: “¡Haz que seamos un solo pastor y una sola grey! ¡No permitas que se rompa tu red y ayúdanos a ser servidores de la unidad!”.

Ciertamente, el Pastor tiene el deber de ejercer ese ministerio de “servidor de la unidad” de múltiples modos: animando, exhortando, corrigiendo, reprendiendo, acompañando… Pero, insisto… por mucho que se aireen los escándalos de turno, estoy convencido de que la verdadera noticia es la unidad de la Iglesia.