El pensamiento débil

Quizás ya nos resulte familiar la expresión. Aunque se le suele dar distintos matices, según quién la utiliza, nosotros designamos como “pensamiento débil” a la lógica de razonamiento y de discernimiento que se está extendiendo en nuestra sociedad occidental, una vez que ésta va quedando huérfana de los principios y valores filosóficos, morales y espirituales sobre los que estaba sustentada.

La flaqueza de pensamiento se contrapone a la firmeza de la reflexión cristiana, que no se apoya en la debilidad de la carne, sino en la fortaleza del espíritu. Baste recordar aquel texto de San Pablo que decía: “Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error, antes bien, siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta Aquel que es la Cabeza, Cristo” (Ef. 4, 14‑15)

No es fácil definir en pocas palabras las características del pensamiento débil, máxime cuando no hablamos sólo de una filosofía, sino de una forma de vida. Como afirmaba un profesor universitario, se han cambiado las tres preguntas esenciales de la vida: “¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos?”, por estas otras: “¿Cómo lo has pasado? ¿Cuánto ganas? ¿A dónde vamos a… comer?”.

Aun a riesgo de simplificar, describimos con los siguientes rasgos el llamado “pensamiento débil”:

.- Es aquél que está totalmente condicionado y hasta impuesto por los hábitos y costumbres de vida. Aquello que dice el refrán: “Si no vives como piensas, acabarás pensando como vives”. En realidad no se trata de “lo que pienso”, sino de dar una cobertura ideológica a “lo que hago”. Es una autojustificación, más o menos inconsciente.

.- Otra característica de esta forma de pensamiento es el rechazo hacia los compromisos y metas que se plantean a medio o largo plazo. La “debilidad” es incompatible con la perseverancia, y uno de los recursos de quien no quiere sentirse decepcionado por sus fracasos, es el de no plantearse metas, si no son muy cercanas.

.- Más todavía, el pensamiento débil es incapaz de distinguir entre “lo que quiero” y “lo que me apetece”. La voluntad deja de ser una facultad del alma, para confundirse con un sentimiento instintivo. El hombre no elige, sino que es arrastrado o atraído.

.- Es muy típica también la dificultad de mantener un pensamiento propio al margen de las circunstancias y del ambiente. La aceptación y la consideración de los demás, se convierten en un peaje obligatorio para quien carece de otro punto de referencia.

.- Confusión entre lo bueno y lo rentable: en la medida en que el hombre ha perdido conciencia de su dignidad natural y sobrenatural, se sustituye la estima del “ser” por la del “tener”. Aquello que dice el refrán: “El dinero no nos hace felices, pero es lo único que nos consuela de no serlo”.

.- Alergia a las preguntas últimas o definitivas. El pensamiento débil no acostumbra a preguntarse si algo es verdad o mentira, ni siquiera si es bueno o malo. Más bien, los planteamientos se derivan hacia otros matices menos comprometidos: practicidad, conveniencia…etc.

.- En consecuencia con lo anterior, otra característica es la tendencia a poner las certezas bajo sospecha. Si algunos filósofos ya habían recurrido a la duda como método para alcanzar la certeza, ahora se da un paso más para convertir la duda en un fin en sí misma. La certeza es sospechosa de dogmatismo, mientras que la duda sistemática es equiparada a la tolerancia.

Frente a estos contravalores sobre los que se apoya el pensamiento débil, el cristianismo no plantea un “pensamiento soberbio”, ni la búsqueda de falsas seguridades. No se trata de que nos creamos con “receta” para todo, ni de que busquemos en la Biblia respuestas que nos dispensen de discernir, ni de que minusvaloremos las dificultades. El pensamiento fuerte cristiano no se traduce en terquedad, incomunicación, desprecio de las cuestiones terrenales… etc.

Sencillamente, aquello que lo caracteriza es la confianza en que “Dios ha elegido lo necio de este mundo para confundir a los sabios, y ha elegido lo débil para confundir a los fuertes” (1Cor. 1, 27). El pensamiento firme es sinónimo de sabernos “anclados” en Cristo, roca sobre la que hemos de edificar nuestra casa (Cf. Mt. 7, 24). Como tenemos clara conciencia de la contradicción que supone llevar ese tesoro en vasijas de barro (Cf. 2Cor. 4, 7), nos sentimos más impulsados a confesar a Cristo como la Verdad que nos libera: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn. 8, 31‑32)