Ecumenismo “casero”

 

Dice el refrán que “la caridad bien entendida, es la que empieza por casa”. Lo mismo diríamos del ecumenismo: el verdadero deseo de unidad entre las iglesias cristianas, es el que empieza por casa.

Sé muy bien que, en el día a día, estamos siendo testigos de muchísimos signos de verdadera y profunda comunión, en el seno de nuestra Iglesia. Yo mismo -es de justicia que lo señale- me he sentido vivamente impresionado al comprobar cómo la comunidad católica se une como una sola familia en torno a su obispo. Pero, dicho esto, no sería bueno que nos durmiésemos en las “mieles”, ignorando que también existen las “hieles”. Hemos de reconocer que caemos en contradicciones, desde el momento en que anhelamos la unión con los hermanos protestantes, anglicanos y ortodoxos, y al mismo tiempo tenemos la parroquia dividida.

Me dispongo, por ello, a describir brevemente cuatro heridas que dañan la unidad interna entre los católicos, con el deseo de que hagamos todos los posibles por sanarlas:

1.Falta de paciencia

La misericordia de Dios, tiene la característica de amarnos a cada uno de nosotros, tal y como somos. Él no se incomoda ni se desespera por nuestras torpezas, por nuestros ritmos tan distintos… Jesucristo fue el primero que sufrió con paciencia los defectos de sus discípulos, sin arrepentirse en ningún momento de haberlos elegido.

He aquí uno de los enemigos más habituales de la unidad: ¡la impaciencia! ¡Cuántas veces nos hemos sentido exasperados ante unas ancianas que rezan el rosario a un ritmo que nos resulta insufrible, avergonzados por los cantores del coro que desafinan, crispados ante el sacerdote que no termina de aterrizar en el sermón, enojados por un grupo de niños que no paran quietos, incómodos por el bebé que llora en su cuna durante la Misa…! ¡Es curioso…! ¿Y no se nos ha ocurrido nunca pensar que tanta exasperación no es sino el reflejo de nuestra falta de paz interior, al mismo tiempo que una tentación disfrazada de razones aparentes?

2.Incomprensión de los carismas ajenos

¿No es cierto que en ocasiones solemos escuchar, de labios de católicos militantes, reproches de desavenencia y desamor dirigidos hacia otros movimientos, cofradías, comunidades religiosas, o simplemente, hacia realidades eclesiales distintas a la suya? A veces, podemos llegar a tener unas miras tan cortas, que llegamos a juzgar la Iglesia desde nuestra sensibilidad, olvidando que el Espíritu Santo sopla donde quiere, y que nosotros no somos quiénes para meterle en una jaula, y pretender que cante nuestra tonadilla favorita.

Hay personas que son más dadas a “restar” que a “sumar”, hasta el punto de que, en ocasiones, parecen más preocupadas por quiénes se acercan a la Iglesia, que por los que se alejan de ella. A veces, consumimos más energías en nuestros roces personales y grupales, que en el desarrollo de celo apostólico en favor de nuestros hermanos alejados de Dios y de la Iglesia. Hay un pasaje evangélico -pocas veces citado- que merece mucha más atención y sobre todo, aplicación: “Juan le dijo: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros.» Pero Jesús dijo: «No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea  capaz de hablar mal de mí.  Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros.»” (Mc. 9, 38)

3.Afán de protagonismo

Una buena parte de las fricciones que puedan darse en el seno de nuestras parroquias, está causada por el afán de protagonismo y los celos personales. Ante esto, necesitamos hacer nuestra la expresión de Juan Bautista: “Es preciso que Él crezca y que yo disminuya.” (Jn. 3, 30), así como aquel otro consejo de Jesús: “Que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha.” (Mt. 6, 3)

Es cierto que estamos hablando de un mal moral que se manifiesta en todos los sectores de la sociedad. Pero, sin embargo, de los que somos seguidores de Cristo, cabría esperar que tuviésemos mayor altura de miras. El mismo Jesús detectó y afrontó este problema en el grupo de los apóstoles: “Llegaron a Cafarnaúm, y una vez en casa, les preguntaba: «¿De qué discutíais por el camino?»  Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor.  Entonces se sentó, llamó a los Doce, y les dijo: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos.»” (Mt. 9, 34)

4. Ideologías y Magisterio

Una de las causas principales de la falta de comunión en el seno de la Iglesia, la tenemos en la pretensión de sobreponer nuestras sensibilidades e ideologías al Magisterio de la Iglesia y a la propia Palabra de Dios. Se cuenta la anécdota de un orador, que introducía una parte de su discurso de la siguiente forma: “Como decía Jesucristo, y en parte tenía razón,…”

Desgraciadamente, el problema al que me refiero, no es ninguna broma, aunque me haya tomado la libertad de utilizar esta ironía. Se trata de una falta de acogida a la Revelación de Dios en la Escritura y al Magisterio de la Iglesia. Corremos el riesgo de aceptar la Palabra de Dios, en la medida en que confirma nuestro pensamiento, mientras que la ignoramos o rechazamos, si no se adecua a nuestra forma de ver las cosas. Un ejemplo concreto lo tenemos en las ideologías políticas: en determinadas ocasiones, a los católicos militantes o simpatizantes de algún partido político, se les plantea un dilema de fidelidades. Suelen ser ocasiones determinantes para conocer nuestra jerarquía de valores: ¿Qué prima en esos casos? ¿nuestra sensibilidad política o la religiosa?

Recordemos aquella oración que Jesús dirigió al Padre, después de la Última Cena: “Padre, que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.” (Jn. 17, 20). Aquella súplica no ha sido estéril. De hecho, el Espíritu Santo está siempre suscitando nuestra unidad -afectiva y efectiva- como lo hizo el día de Pentecostés. ¡Seamos dóciles a su acción, testimoniando nuestro amor en la unidad!