¡¡¡Ooooh!!!

Insistamos una vez más: La imagen del niño débil acostado en un pesebre, no es un mero signo de ternura, sino que es también una invitación a poner en práctica la doctrina exigente de Cristo: “si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos” (Mt. 18, 3).

Pero, de entrada, el problema lo tenemos en el “cómo”. ¿Cómo hacernos niños? Más aún, ¿a qué se refería el Señor cuando nos pidió, y hasta nos mandó “ser como niños”? De sobra sabemos que los niños tienen también muchos defectos, que deben ser corregidos con esfuerzo y perseverancia. ¿De qué se trata entonces?

Los niños se abren a la vida, a modo de exploradores del universo que les rodea. El conocimiento de su entorno es proporcional a su capacidad de admiración. ¡¡Conocer es tanto como descubrir!! La realidad resulta para ellos sorprendente, impactante, impresionante, prodigiosa… En su sencillez, están muy cerca de entender que la existencia es un milagro, y que el mundo no es sino un regalo del Creador.

Los corazones envejecidos, sin embargo, suponen que lo saben todo. No se sienten deudores de la realidad que les rodea. Su propia vida les aburre y, de forma indisimulada, bostezan ante una existencia que les resulta anodina.  Definitivamente, han perdido la capacidad de admiración ante la belleza en la que están inmersos.

Permítaseme traer aquí un fragmento de la canción italiana de Giuseppe Povia, “Quando i bambini fanno oh”:

…Cada cosa es nueva, es una sorpresa.

Incluso cuando llueve, los niños

dicen ¡ooooh!, mira la lluvia.

 Cuando los niños dicen ¡ooooh!

¡qué maravilla, qué maravilla!

Pero yo, mira, ¡qué bobo!,

yo en cambio me avergüenzo

porque no sé ya decir ¡ooooh!

Ya no sé columpiarme

ni hacer un collar con una hilo de lana.

 Los cretinos dicen ¡bah!

y todo sigue igual.

Pero yo quiero volver a decir ¡oooooh!

porque los niños no tienen pelos

ni en la panza ni en la lengua.

No quisiera mostrarme ingenuo ni romántico. ¡También los niños pueden tener un corazón envejecido! A muchos de ellos, se les ha sustituido la ventana de su dormitorio por la pantalla televisiva, la videoconsola o el ordenador. Su contacto con la realidad es, básicamente, virtual.  Su horizonte es muy limitado, hasta el punto de que se circunscribe a la tiranía de sus caprichos…

Pero, también es de justicia recordar que hay muchísimos ancianos con corazón de niño. ¡Bien lo pudimos comprobar con Juan Pablo II! Todo le interesaba como a los niños: lo grande y lo pequeño, lo lejano y lo cercano…  Corazón de niño que, por mucho que se debilitaba, no mermaba en sus ilusiones y en su lucha por un mundo nuevo. La experiencia del mal y del propio pecado, no consigue mermar la esperanza de la santidad en quien tiene corazón de niño.

“Nacer de nuevo” es poner por obra la principal de las bienaventuranzas: la pobreza de espíritu. Y no pensemos que estamos hablando de clases sociales. Pobres de espíritu fueron los Magos llegados de Oriente, al mismo tiempo que aquellos pastores que dormían al raso. Sin embargo, el resto de los habitantes de Belén fueron incapaces de “maravillarse” por cuanto tan cerca de ellos sucedía. Tuvieron miedo, tal vez, de rezar con palabras similares a las de Unamuno:

“Agranda la puerta, Padre,

porque no puedo pasar,

la hiciste para los niños,

yo he crecido a mi pesar.

 Si no me agrandas la puerta,

achícame por piedad.

Vuélveme a la edad aquella,

que vivir era soñar”.

Es importante que sepamos beber de las fuentes que alimentan nuestros ideales; y por ello, me tomo la libertad de haceros una propuesta concreta para vuestro regalo de Reyes. Una película que no debería faltar en nuestra videoteca es “Crónicas de Narnia”. Se trata de una novela de C. S. Lewis trasladada al cine, en la que bajo el género de fábula, se representa el misterio de la Navidad. Una obra dirigida a los niños, con la esperanza de que los mayores seamos capaces de recibirla. Ya se sabe… “¡se lo digo a los niños, para que se enteren los mayores!”.

Me queda la duda de si todas las referencias teológicas que, bajo la ficción literaria, se contienen en esta película, son percibidas por el espectador. No dudo de que la alegoría y la fábula sean adecuadas para la pedagogía del Evangelio, pero es cierto también, que la ignorancia religiosa del momento actual es inmensa y puede incapacitar a no pocos, para captar las continuas evocaciones e insinuaciones de la obra de Lewis. Por eso, sugiero una ayuda didáctica para una comprensión detallada de la película, que podréis encontrar en www.diocesispalencia.org/libros.htm

¿Cómo superaremos nuestra indiferencia y nuestra autosuficiencia? Ciertamente, hay un método infalible: Contemplemos al Niño nacido en el pesebre. Cuando descubramos en Él al Verbo hecho carne, desearemos con toda el alma nacer a una vida nueva. Entonces estaremos cerca de la deseada meta: ser como niños ante Dios.