El Padre Mariano La santidad al alcance de la mano

Hoy domingo 5 de noviembre, es beatificado en Sao Paulo (Brasil) un hijo de nuestra Iglesia palentina: el padre Mariano de la Mata Aparicio, religioso agustino, nacido en 1905 en Barrio de la Puebla, en la Valdivia (Palencia). Su muerte se produjo hace tan solo 23 años (en 1983), lo que hace de su beatificación algo excepcional. No es frecuente que se abran y se concluyan los procesos de beatificación con tanta rapidez. La fama de santidad del Padre Mariano extendida entre los pobres de Brasil, donde vivió más de 50 años, ha sido el elemento determinante que lo ha posibilitado.

Es verdad que hay santos cuya vida, envuelta en prodigios, es más propia de ser admirada que imitada. Se trata de casos impresionantes que Dios suscita en ocasiones y que suelen estar rodeados de hechos milagrosos, para testimoniar ante el mundo que la gracia lo puede todo y que no hay nada imposible para Dios. Pero existen también otro tipo de santos, admirables e imitables al mismo tiempo. A este segundo orden pertenece el padre Mariano. Su santidad se forjó en la vida sacrificada a la vez que alegre, en el olvido de sí mismo, en la atención incansable a los enfermos, en su predilección por los niños, en el estilo de vida pobre, en su sensibilidad hacia la naturaleza… y todo ello sostenido por una devoción a la Virgen María llena de ternura y en un profundo amor a la Eucaristía. No busquemos en su vida nada heroico, o mejor dicho, aprendamos a apreciar la auténtica heroicidad: aquella que tiene al amor como motor, hasta de nuestras mínimas acciones.

¿Se puede ser santo sin haber hecho milagros en vida? En contra de lo que muchos piensan, la Iglesia no pide milagro alguno en la vida de un santo para elevarlo a los altares. En el proceso de beatificación se solicita la existencia del hecho milagroso obrado por intercesión del beato “después de muerto”, como prueba de que está en el Cielo. La heroicidad del Padre Mariano se cifró en el grado en que vivió todas esas virtudes a las que antes nos hemos referido: alegría heroica, oración y sacrificio en grado de perfección, amor heroico por los pobres, enfermos y los niños, etc.

El modelo del Padre Mariano nos sirve para rescatar el ideal de la santidad del polvo del retablo. La vocación a la santidad la hemos recibido todos y cada uno de nosotros junto con el sacramento del Bautismo y en absoluto está reservada para unos privilegiados. Una anécdota en torno a la Madre Teresa de Calcuta lo ilustra bien: En una espontánea rueda de prensa, un periodista le preguntaba: “Hay personas que creen que usted es como una santa viviente. ¿Qué reacción le produce eso?” Ella, sin dudarlo dos veces, le respondió al periodista: “Usted debe ser santo en el lugar que ocupa, y yo debo serlo en el lugar en que Dios ha querido ponerme. Así que, ser santo no es nada extraordinario. La santidad no es el lujo de unos pocos; la santidad es sencillamente un deber para usted y para mí. Para eso hemos sido creados.”

La figura del P. Mariano rompe con falsos estereotipos muy extendidos en la Iglesia posconciliar. ¿Quién ha dicho que los místicos no pueden ser pastores cercanos al pueblo? ¿Quién ha dicho que conviene  “secularizar” nuestras expresiones para ayudar a conectar el Evangelio con la cultura contemporánea? El caso es que el P. Mariano era muy humano y muy sobrenatural (veía a Dios en todo). Su sensibilidad le lleva, tras una operación de cataratas, a ponerse ante una imagen de la Virgen, diciéndole en voz alta: “Ahora veo todos tus colores, Madre mía”. Y al mismo tiempo, tras su fallecimiento, los pobres de Sao Paulo acuden en masa a preguntar por el “padre de la batiña” (el padre del hábito).

La Iglesia de Palencia no está edificada sobre su arqueología románica o prerrománica, sino sobre piedras vivas. Llama poderosamente la atención la concentración tan grande de santos en nuestra reciente historia. Todavía hace muy pocos años que el Padre Polanco, natural de Buenavista de Valdavia, era igualmente beatificado, sin olvidar al Hno Rafael o a D. Manuel González. ¡Qué gran honor para nuestra Diócesis! Pero antes que un honor, se trata de una llamada a la santidad, para cada uno de nosotros.