FeAutor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre
No creo que haya en nuestro diccionario otra palabra tan
corta -con dos simples letras- y que encierre tanto contenido como ésta: “fe”.
No es fácil hablar abiertamente sobre este tema en un periódico de información
general. Salvo honrosas excepciones, los medios de comunicación suelen renunciar
a abordar el misterio de la fe, y se limitan a las noticias eclesiásticas, mejor
o peor ofrecidas. Por ejemplo, en próximas fechas seremos testigos de un
bombardeo de informaciones y desinformaciones en torno a la renovación de cargos
en
Fe y superstición: La prueba
de la gran importancia y necesidad de la fe para una correcta cosmovisión de la
vida, es el hecho inexorable de que en la medida que nuestra cultura se vacía de
Dios, se va llenando de ídolos. Como decía Chesterton, cuando los hombres
pierden la fe en Dios, no es que dejen de creer, es que se lo creen todo. En
contra de lo que el ateísmo ha pretendido transmitir, lo contrario de la fe no
es la razón, sino
Fe y alegría: En efecto, en el
Evangelio, el miedo se describe con frecuencia como la antítesis de la fe (“¿Por
qué tenéis miedo, hombres de poca fe?” Mt 8, 26). Los cristianos somos
conscientes de que la intranquilidad, la precipitación y la angustia son
síntomas de inmadurez o de falta de fe. Dicho de otro modo, la paz interior y la
alegría son la consecuencia lógica de
La fe dignifica al hombre, ya que el amor no deja de ser un acto de fe, al mismo tiempo que la fe es un acto de amor. En realidad, podemos decir que somos tan jóvenes como lo sea nuestra fe; y somos tan viejos como lo sean nuestra dudas. La fe en el amor de Dios nos permite comprender nuestra existencia a la luz de la Providencia de un Padre que nos quiere infinitamente más que nosotros a nosotros mismos.
Fe y Revelación: Contra lo que muchos creen, la fe no se limita a hablarnos de otros mundos, sino que nos habla también de la vida presente, a la luz de nuestra vocación trascendente. La fe se abre a la luz de la Revelación, descubriendo un sentido que la razón no llega a alcanzar por sí sola. Cristo es el intérprete que nos revela el sentido de la realidad que captan nuestros sentidos y nuestra razón.
Esta apertura a la Revelación divina es una condición indispensable para que la fe pueda considerarse como tal. Lo contrario sería confundir la fe con nuestros ideales personales. En efecto, una fe que nosotros mismos pudiésemos determinar, no sería en absoluto fe. La fe es la capacidad del creyente para actuar, no por impresiones personales, consensos culturales, prejuicios o ideologías del entorno, sino guiado por la Palabra de Dios, que es tan veraz como eterna. Por lo demás, la experiencia nos dice que cuando relativizamos el depósito de la fe, inevitablemente dogmatizamos las ideologías personales.
Fe y mérito: Los católicos
afirmamos que “la fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por
Él” (Catecismo de
En otras palabras: la fe es meritoria, ya que supone un proceso interior
en el que el creyente rinde su mente y su voluntad a la Verdad suprema. De
hecho, el obstáculo principal para la fe no siempre proviene de las dudas de la
razón, sino del orgullo y de
Concluyo invocando a la creyente por antonomasia: