San Antolín, patrono y mártir (Homilía en la catedral de Palencia, 2-9-08)
Autor: Mons. José Ignacio Munilla Aguirre
Un año más, el Señor
nos ha concedido la gracia de vernos reunidos en esta Catedral -corazón
de la Diócesis palentina- edificada sobre la
ancestral cripta de San Antolín -signo
elocuente de las raíces cristianas sobre las que se asienta la tradición de
nuestro pueblo- para conmemorar a nuestro Santo
Patrono mártir, San Antolín.
Somos hijos
de mártires
Todavía tenemos muy reciente la emotiva elevación a los altares que tuvo lugar en octubre del año pasado en Roma, de nuestros cincuenta y un palentinos, víctimas de la persecución religiosa. Durante estos meses de julio y agosto que acaban de concluir, son muchos los pueblos palentinos en los que, de una u otra forma, se ha celebrado la memoria de estos nuevos beatos, aprovechando la visita de tantos palentinos que se han acercado hasta nosotros este verano.
Pero dicho esto, hoy queremos recordar que no sólo
somos hijos de mártires, sino que, como consecuencia del Bautismo que un día
recibimos, todos los cristianos estamos llamados a vivir la espiritualidad
martirial como un elemento esencial de nuestro seguimiento a Jesucristo.
Perseverancia final
En efecto, no se trata de hablar del martirio exclusivamente, en referencia a las persecuciones violentas de determinados momentos históricos. Aun siendo muy importante que guardemos memoria de nuestros antepasados mártires, es necesario también concretar y traducir a nuestra situación actual, esta espiritualidad martirial a la que me quiero referir.
En realidad, la perseverancia en el seguimiento de Jesucristo es ya, de por sí, una especie de martirio. En efecto, Jesucristo nos advirtió que “muchos son los llamados y pocos los escogidos” (Mt 22, 14), poniéndonos en guardia contra la “inconstancia” como uno de los enemigos principales de la vida cristiana: De muchos es el comenzar, pero de pocos, el llegar a término.
Estamos en un momento cultural muy proclive a la inconstancia… Somos solicitados continuamente por multitud de novedades que, paradójicamente, tienen una fecha de caducidad muy próxima. ¡Nos ilusionamos y nos desilusionamos con muchas cosas en un espacio muy corto de tiempo! Nuestra cultura actual tiene la característica de ensalzar algunos paradigmas hasta la idolatría, para, al cabo de un tiempo, dejarlos fácilmente en el olvido. Decía el Papa Benedicto XVI a los jóvenes, en el contexto de las Jornadas Mundiales de la Juventud celebradas en Sydney (Australia), que una de las formas de idolatría más evidentes de la cultura contemporánea, consiste en confundir lo “novedoso” con lo “bueno” o con lo “verdadero”.
Ahora bien, esto no quiere decir que los cristianos vivamos fuera de este tiempo y del contexto social presente. Ni mucho menos. Los cristianos estamos llamados a ser hijos de nuestro tiempo, pero –y este es el matiz importante- sin ser esclavos de nuestro tiempo. No en vano, somos seguidores del Dios vivo que se encarna en la historia humana, pero que, al mismo tiempo, trasciende todo tiempo y lugar.
Por ello, en este modelo cultural tan cambiante, muy fácilmente solemos caer en la tentación de abandonar el seguimiento a Jesucristo, por la inconstancia en las prácticas religiosas. La “infidelidad” es la tentación de nuestros días y la “perseverancia hasta la muerte”, es la respuesta del mártir.
En realidad, no lo olvidemos: martirio no es sólo
la resistencia ante la hipotética amenaza de la espada, de los fusiles o de la
guillotina, sino principalmente, el martirio es la fidelidad ante las
seducciones de la mentalidad del momento presente. Con mucha agudeza, decía San
Agustín, que “de dos maneras se ha perseguido a los cristianos a lo largo de la
historia: atemorizándolos por la violencia, o por una seducción mundana”.
La otra cara
del martirio
Nosotros estamos acostumbrados a hablar del
martirio, generalmente, desde el punto de vista del mártir, destacando su
testimonio, su fe, su valentía, etc. Sin embargo, a buen seguro que también nos
resultaría provechosa y aleccionadora, la aproximación al hecho del martirio
desde la otra cara: es decir, desde la perspectiva de los verdugos y sus
cómplices. El Evangelio que hemos leído (Mc 6, 17-29) nos resultará de gran
ayuda, ya que narra el martirio de Juan Bautista, apresado y decapitado por
Herodes, por causa de haberse atrevido a denunciar la ilicitud del matrimonio
del rey Herodes con Herodías, mujer de su hermano Felipe.
¡Que apaguen
esa luz!
De Herodías se dice en el Evangelio que: “aborrecía
a Juan y quería quitarlo de en medio”. No es difícil suponer el motivo: al que
anda en tinieblas, le resulta molesta
La reacción de Herodías es la de aquellos que gritan enrabietados: “¡que apaguen esa luz!, porque me hiere la vista acostumbrada a la penumbra”. “¡Que silencien esa voz!, porque me dice las verdades que no estoy dispuesto a escuchar”.
¡Ojalá acogiésemos siempre en nuestras vidas el testimonio de los profetas, aunque nos resulte exigente y hasta molesto! ¡Ojalá pudiéramos decir que en nuestra vida, nunca hemos apagado su luz, aunque nos haya resultado mortificante!
La
complicidad del cobarde
Pero en el Evangelio hay otro personaje que es determinante en el martirio de Juan: el rey Herodes. Paradójicamente, de él se dice que: “respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre honrado y santo, y lo defendía. En muchos asuntos seguía su parecer y lo escuchaba con gusto”. Sin embargo, y aquí está la paradoja, fue él quien lo apresó, y quien terminó por dar la orden de su decapitación. La seducción de Herodías se transforma en un falso deber de complacencia hacia ella, hasta el punto de llegar a traicionar su conciencia. ¡Cuántas similitudes con aquel Pilatos que entrega a Jesucristo al martirio, aún a sabiendas de que se trata de un hombre justo!
En pocas palabras, el martirio y la persecución de
los justos, no sólo se explica por el rechazo de algunos exaltados cegados por
el odio, sino sobre todo, por la cobardía y la dejación de otros muchos, que
terminan por sucumbir a la complacencia o, simplemente, a la tentación de
evitarse problemas, a costa de traicionar la voz de Dios en su conciencia.
Un recuerdo
a nuestros difuntos: accidente de Barajas
En este día de nuestro Patrono, San Antolín, hacemos una mención especial a todos los palentinos que han fallecido en este último año. De una manera muy especial, recordamos a los tres palentinos fallecidos en el accidente de Barajas: Francisco Javier Valles Marcos, Mariano García Povedano y María Esperanza Borge Calle.
Un accidente de estas dimensiones, suscita una gran conmoción en todos nosotros, porque deja patente nuestra fragilidad, así como el hecho de que el progreso humano es inseparable de los fallos técnicos, de los errores humanos, etc.
Un suceso como éste, nos invita -por no decir que,
nos obliga- a reflexionar con mucha humildad sobre el sentido de
Pues bien, nuestro Santo Patrono, San Antolín, tiene una clave de sentido para darnos. Su martirio aclara y da respuesta a muchas preguntas. En realidad, la vida es para buscar a Dios; la muerte, para encontrarle; y la eternidad, para poseerle.
Como decía Kierkegaard: “Cuando el tirano muere, su
reino termina. Sin embargo, cuando el mártir muere, su reino comienza”.
Ofrecimiento por todos los palentinos
Además de por nuestros difuntos, ofrecemos esta Eucaristía también por todos aquellos palentinos que están padeciendo momentos difíciles, bien sea por la soledad, por enfermedades, por la crisis económica, o simplemente, por la falta de fe para la búsqueda de sentido en sus vidas.
¡¡Que Cristo sea la razón de nuestra existencia, como lo fue de San Antolín, nuestro Patrono!! ¡¡Que Santa María en su advocación de Nuestra Señora de la Calle, nos indique el camino para llegar a su Hijo Jesús!!